Historia & Arte, Ocio — 17/11/2017

Con Papel: origami creativo plegado en León

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¿Quién no ha intentado, con mayor o menor maña, convertir una simple servilleta en un avión de papel sentado en la terraza de un bar? Todos hemos caído alguna vez en la tentación de improvisarnos, por un instante, en fabricantes de pajaritas. Pero no nos llamemos a engaño. Hacerlo, plegar el papel de manera armoniosa y capaz, es todo un arte —el del origami— al que sólo unos cuantos virtuosos han dedicado su vida.

Ana Fernández Rodríguez (León, 1978) se enamoró del papel, de sus texturas, de su olor y su sonido cuando todavía era una chiquilla. En su plegado encontró la manera de amainar su nervio, dar rienda suelta a su creatividad y alimentar el espíritu luchador y metódico que la caracteriza. «De pequeña me hacía yo misma las muñecas de papel, con sus vestidos y todo, pero fue a raíz de este libro [Papiroflexia, el arte de realizar objetos doblando el papel, de Emanuele Azzità] cuando empecé a hacer figuras con diagramas, paso a paso», nos cuenta con el ejemplar en la mano. «Me lo compraron mis padres en una Feria del Libro de León, en la Plaza de las Palomas, y, desde entonces, no paré hasta saber hacer cada una de las figuras. Me gustan los retos, no lo puedo evitar», explica sonriendo.

Con Papel Origami Leotopía

Empezó haciendo, cómo no, pajaritas. El mismísimo Miguel de Unamuno cayó rendido ante los encantos de esta disciplina artística. Tanto, que acabó descubriendo modelos propios y formas de creación personal —las llamadas pajaritas de «Don Fulgencio»—, tras años de práctica y perfeccionamiento de lo que denominó como «Cocotología [1]», en alusión a la palabra cocotte (pajarita en francés) y logos (tratado en griego). Para Unamuno el plegado de papel iba mucho más allá del mero entretenimiento o distracción, tal y como deja reflejado en algunos de sus escritos:

«Le aseguro que es una de las cosas más serias que hago y que más me ha servido para desarrollar el sentido de la forma. Le digo con toda sinceridad que eso supone mucha más imaginación y agudeza que escribir un poema, y sobre todo mucho más que preparar un discurso parlamentario para provocar una crisis ministerial… Hay que saber jugar y hay que saber hacer juguetes. Inventar un juguete es uno de los mayores servicios que se le puede hacer a la Humanidad…[2]».

Ana asiente. «Tiene razón. ¡Qué voy a decir! [ríe] Me parece especialmente útil para ejercitar la memoria y la paciencia. A mí también me relaja muchísimo. Como a todos los que les gusta la papiroflexia, necesito tener algo en las manos», nos dice Ana. No sólo nos lo dice. Frente a su taza de café se acumulan una pareja de grullas y más de una docena de estrellas. Todas hechas con papel y todas durante nuestra conversación. Ana pliega mientras habla, repite de manera ya inconsciente los más de sesenta diagramas que su mente ha retenido con el paso de los años, y lo hace de manera exquisita.

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«También me parece que ayuda a perfeccionar otros sentidos, como el de la vista o el tacto», prosigue. Por razones como estas el pedagogo alemán Friedrich Fröebel (1782-1852) promovió su aplicación en las escuelas, al considerar que facilitaba un mayor razonamiento lógico entre los más pequeños. La formación de Ana en el arte del origami es puramente autodidacta. «He aprendido a base de libros y, sobre todo en los últimos tiempos, de tutoriales de YouTube. Me licencié como ingeniera agrónoma, e incluso durante un tiempo trabajé como tal, pero con la crisis me quedé en el paro. Aproveché entonces para aumentar la familia y retomar mi pasión por la papiroflexia. Ha sido como el Guadiana, ha ido y ha vuelto, pero siempre ha estado cuando lo he necesitado», afirma.

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En el origen de su proyecto empresarial —Con Papel— está, precisamente, una rosa de papel que aprendió a hacer con paciencia y tesón tras largas horas de tutoriales. «La primera vez que haces una figura un tanto complicada, lo más normal es que no te salga muy bien. Hay que ser constante y repetir hasta conseguir la perfección. Para eso soy muy cabezona, soy cazurra y tengo mucha paciencia, [ríe]». Un mes, nos cuenta, tardó en alcanzar esa excelencia. «Le regalé a mi suegra un ramo hecho con estas rosas por su cumpleaños. Lo colgué en mi muro de Facebook y, de repente, tuve seis pedidos para el Día de la Madre. Ni me lo creía».

Puede que en los orígenes de Con Papel la casualidad jugara un papel importante, pero desde ese mayo de 2013, Ana trabaja meticulosa y detalladamente en cada uno de los pedidos que le encargan, de momento, sólo vía redes sociales. «La web está en camino. Por ahora recibo todos los pedidos por las redes, donde todo comenzó».

Es en estas redes donde Ana define su trabajo como «origami creativo», aunque se resiste a definirse únicamente como origamista o papirofléxica. «Lo que soy es amante del papel [3]», afirma tajante.

 

¿ORIGAMI O PAPIROFLEXIA?

La pregunta es inevitable, aunque a lo largo de este texto ya hemos dado las claves de su respuesta. Se han usado de manera indistinta porque, en realidad, aluden a un mismo concepto.

Los eruditos en la materia apoyan el doble origen del término, es decir, coinciden en diferenciar esta doble acepción, únicamente por su ascendencia geográfica. Por un  lado, el japonés origami —de Ori, plegar y Kami, papel— en alusión a la tradición japonesa de envolver (cuidando con esmero sus diferentes maneras de doblado) las ofrendas (o noshi) que se hacían a las personas queridas. Por el otro, en el origen de la papiroflexia española, se encuentra el juego infantil de la Pájara Pinta, un divertimento que ya aparecía reflejado en el primer diccionario de la RAE [4], allá por 1737.  Por eso, la pajarita es la figura papirofléxica por excelencia en España (existe hasta un monumento en un parque público de Huesca en su honor), mientras que en Oriente, lo es la grulla. El ya mencionado Unamuno es uno de los precursores de este arte en Occidente, junto con otros nombres relevantes como el de Vicente Solórzano Sagredo, de origen burgalés aunque afincado en Buenos Aires, a quien se atribuye la creación del término papiroflexia.

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A pesar de todo, y tal y como apunta la propia Ana, la cuestión nominal no está exenta de debate: «Esta primavera, en Santiago, durante la  XX Convención Internacional de la Asociación Española de Papiroflexia, asistí a una discusión entretenidísima entorno a este tema entre un señor ya jubilado y un chico jovencísimo. El primero defendía que había que llamarlo papiroflexia, entre otras cosas, porque no se podía perder la palabra, mientras que el chico alegaba que, por antigüedad, tocaba denominarlo origami. Fue divertidísimo», nos cuenta. «Quizá la gente use más el término origami en estos momentos, tal vez por la musicalidad de la palabra, y porque, erróneamente, asocian la papiroflexia a la elaboración de figuras más sencillas».

No es el único de los «mitos» al respecto. Ana nos cuenta, por ejemplo, que es cierto que una de las formas principales del papel a la hora de comenzar cualquier papirola[5] es el cuadrado —aunque también se usa mucho el rectángulo o las tiras de papel—, pero que éste no tiene por qué medir 15×15 centímetros de lado. «Es verdad que se venden muchos paquetes de papel así, pero, de hecho, este tamaño limita la complejidad porque no puedes dar muchos dobleces. Varía, porque cada figura necesita un tipo de papel concreto».

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El mito que Ana no nos ha podido desmontar, es el de la preeminencia del hombre en la disciplina. Los grandes referentes del mundo del origami son, de momento, hombres, como también lo son la mayoría de los que lo practican de manera habitual. «Ahora empieza a haber más mujeres, pero es verdad que hasta en las convenciones y encuentros el porcentaje es de un 75-25%», nos confirma. Toshikazu Kawasaki es reconocido por sus modelos geométricamente innovadores y, en especial, por su sistema de plegado de la rosa. Robert J. Lang es considerado como uno de los principales artistas del origami a nivel mundial por impresionantes creaciones como el Black Forest Cuckoo Clock y Akira Yoshizawa (al que muchos reconocen como mejor origamista moderno) contribuyó a la unificación de la papiroflexia con la invención de un código internacional [6] para representar los dobleces. Una de estas excepciones es Lillian Oppenheimer pionera origamista de Estados Unidos, con multitud de publicaciones y fundadora del New York Origami Center.

Los logros y avances teóricos y prácticos alcanzados en la materia por estos y otros muchos más nombres, no se han reducido al ámbito artístico, sino que han encontrado aplicación y desarrollo en áreas, en principio, tan alejadas como la medicina, la ingeniería o la moda. «El perfil del origamista habitual es el de un hombre con un nivel de formación muy alto, que incluso ha dejado su trabajo de éxito como médico, ingeniero o arquitecto, para dedicarse a investigar las posibles aplicaciones prácticas del origami», cuenta Ana. Es el caso, por ejemplo, de Ryan Mario Yasin, recientemente galardonado con el premio de diseño James Dyson 2017 en Reino Unido por su línea de ropa sostenible, que crece a medida que los niños la utilizan, inspirada, precisamente, en la ancestral técnica japonesa del origami. O de la propia Estación Espacial Internacional —NASA—, que este pasado verano lanzaba un reto a todos los expertos en origami para la construcción de un escudo espacial capaz de proteger a naves y astronautas en viajes al espacio profundo, como las misiones a Marte.

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CON PAPEL, Y MUCHO MÁS

Ana no sólo dobla papel. Sabemos que comenzó su periplo empresarial con un ramo de rosas «y mucho ánimo por parte de mi círculo más cercano. Mis amigas me daban muchas ideas, incluso el nombre de Con Papel surge de una de ellas», dice. Ahora sus creaciones han crecido y se han diversificado en varios sentidos.

A pesar de que existe una tendencia a considerar superiores aquellos trabajos elaborados utilizando un único cuadrado de papel —sin recurrir a hacer cortes, pegar o dibujar—, Ana reconoce que ella no es tan purista. «No me ciño sólo al origami. Lo bonito es ir más allá, investigar y generar tus propias creaciones, no sólo circunscribirte a las pautas del diagrama. Yo por ejemplo, pinto algunas figuras y también empleo en algunas ocasiones pegamento. Lo importante es usarlo sólo cuando tienes que hacerlo, no como costumbre».

En su caso, su creación estrella —un cuadro personalizado inspirado en El Principito— no puede ser más evocadora. Es una delicia artística que ha ido evolucionando con el tiempo, tal y como nos cuenta la propia Ana: «Al principio seguía un modelo de Principito creado por una chica japonesa, pero no me parecía ético, no estaba a gusto, así que decidí hacer uno propio, diseñado enteramente por mí». Ahora guarda mayor similitud con la ilustración original, tiene mayor movimiento y forma, le ha incorporado un marco de madera…

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Su composición, además, une dos de las figuras más especiales e icónicas del mundo origami. Las lucky stars (estrellas de la suerte) y las grullas (símbolo de la paz). Entorno a estas últimas, se encuentra no sólo la publicación más antigua sobre origami —el Hiden Senbazuru Orikata (Cómo plegar unas mil grullas) fechado en 1797—, sino también la hermosa leyenda protagonizada por Sadako Sasaki, una de las pequeñas víctimas de la bomba de Hiroshima, según la cual el mayor deseo de alguien le será concedido si es capaz de doblar mil grullas de papel (千羽鶴). La pregunta es inevitable. «Yo ya llevo más de mil, segurísimo», nos responde Ana. «¡Si casi las hago de una tacada!», dice señalando el techo del local donde nos encontramos.

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Efectivamente, una bandada de cuatrocientas cincuenta grullas han encontrado su mejor refugio en la parte más elevada del Tribeca de León. No ha sido su único encargo «a gran escala». Hace un año asumió parte de la decoración y el photocall de un evento celebrado en el Palacio de Santa Coloma de Madrid por la revista Yo Dona y el Club de Malasmadres, y el pasado verano expuso su obra Pendón, compuesta por 252 piezas y fruto de más de diez mil dobleces, en el Museo Etnográfico de León

Posted by Con Papel on Thursday, July 13, 2017

 

Esta última, por cierto, se incluye dentro de una de las modalidades surgidas  en la última década del pasado siglo XX con gran pujanza: la papiroflexia modular. Consiste, básicamente, en hacer figuras a partir del empalme de varios módulos de papel y resulta ser, a día de hoy, la técnica favorita de Ana.

 

Trabaja desde casa, donde nos cuenta, tiene un pequeño espacio reservado en el salón, aunque, al final «el papel rebosa por todos los lados. Decía una vez una amiga que tenía papel ya comprado para doblar el resto de su vida y no tener que comprar más, pero es un vicio [ríe]. Normalmente uso rollos de papel kraft, que es barato y resistente, pero el papel más especial lo tengo que comprar online porque aquí no es fácil de conseguir». Igualmente nos confiesa que no es capaz de doblar en silencio, y que, según el día, le da por escuchar música relajante, podcast de La Rosa de los Vientos («Los habré escuchado mil veces, pero a veces todavía me pongo las tertulias 4C de La Rosa de los Vientos de Cebrián. ¡Me encantaba!»), o series de televisión.

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Recibe encargos para bodas, bautizos, cumpleaños, para regalar por Navidades, y también (sí, por lo visto sigue pasando) para los profesores de los más pequeños cuando llega fin de curso. Y los recibe, además, no sólo a nivel local y nacional, sino que sus creaciones ya han alcanzado cierto éxito en Latinoamérica o Estados Unidos. «Hoy en día, simplemente a través de un hastag como #origami publicado en Instagram, puedes llegar a gente de todas partes del mundo, es una maravilla». Como también lo es, según nos cuenta, cada una de las historias que sus más de diez mil seguidores comparten con ella: «Soy muy activa en redes, porque además me gusta mucho el trato con la gente. Me escriben, me preguntan y me cuentan historias preciosas. Además son súper agradecidos. Es muy satisfactorio».

La historia de Ana es la de aquellos privilegiados que pueden convertir su pasión en su forma de vida. «Me dedico a ello, pero en mis ratos libres sigo necesitando hacerlo, sigue siendo mi hobby. No me he cansado, no le he cogido manía», nos dice mientras rebusca en su bolso modelo origami —«tuve que comprarlo, no podía vivir sin él»— el material necesario para hacer realidad un capricho nuestro: convertir, frente a la cámara, un pedazo de papel en una grulla de la suerte. Sólo nos queda fijarnos bien en sus manos y practicar, practicar, practicar… así, tal vez, algún día se cumpla nuestro deseo.

¡Feliz Plegado!

[1] «Apuntes para un tratado de Cocotología». Apéndice de su libro Amor y Pedagogía (1902).
[2] En Variaciones, Ramón Gómez de la Serna. Ed. Atinas, vol. 44, 1922
[3] De origen chino, inventado hacia el siglo II d. C, llegó a Europa de la mano de los árabes, hacia el 750. La primera fábrica de papel conocida en Europa estuvo enclavada, precisamente, en Játiva (Valencia). Los españoles, a su vez, llevaron el papel al continente americano.
[4] «PAXARA PINTA: Juego que se usa para divertirse en las visitas y se hace entre un número de personas sentadas en rueda, que cada uno toma su color, y el que gobierna el juego pregunta a uno: ‘¿Dónde pica la páxara pinta?’ Y el preguntado responde en tal color pica, y el que tiene el color debe responder: ‘¡Oh! Que no pica’, y el preguntado aquel ‘Pues, ¿dónde pica?’, responde a otro color. Esto se executa con alguna celeridad, y el que no responde tan pronto paga una pena».
[5] Se entiende por papirola cualquier modelo de pape plegado. El término fue acuñado por Vicente Solórzano Sagredo para evitar llamar pajaritas a aquellos modelos que no tengan forma de ave.
[6] En el origami, según el sistema de símbolos internacionales, todos los pliegues se representan gráficamente con varios tipos de líneas y una flecha asociada a dichas líneas. Las indicaciones que se usan son imágenes. Cada imagen muestra dos elementos: el aspecto del modelo (el objeto que estás haciendo) después de haber realizado el paso anterior, y lo que debes hacer a continuación.

 

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