Museos — 20/11/2017

Donde la madera se deja tocar: La Casa de las Gentes de Balboa

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A La Casa de las Gentes de Balboa se llega dejando a un lado el camino de los peregrinos, casi al borde de la frontera entre leoneses y gallegos. Hacia el corazón de los Ancares, entre pequeños valles de roble y castaño, los pueblos y las aldeas se mimetizan con el paisaje manteniendo casi intacta una esencia tradicional que parece rebosar de magia en los últimos meses del año. Porque es bien sabido que en la tierra de las pallozas, donde conviven de la mano la piedra y la madera, cuando se anuncia el magosto empieza el tiempo de las castañas y los relatos cerca del fuego. El otoño ha despertado con un zarandeo multicolor que inunda de belleza cada rincón del bosque. Tal vez ahora, antes del solsticio de diciembre, sea el mejor momento para sentir el hechizo que desprende Balboa y su Casa de las Gentes.

Casa de las gentes Leotopía

La construcción ya resulta llamativa antes de cruzar la Pasarela de los Besos, el puente curvado de Domingo González que permite salvar las tranquilas aguas del rio. Pronto descubriremos que la mano de este poderoso artista local, apodado de Canteixeira, está presente en cada rincón, modelando la naturaleza a su antojo y dotando al entorno de una inolvidable sensación onírica. Y así, entre hórreos, pallozas y la mirada implacable del castillo moribundo que vigila el valle desde hace siglos, entramos en La Casa de las Gentes.

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Nuestra guía en la visita es Lorena Gutiérrez Frade (Balboa, 1986), coordinadora y responsable de La Casa, quien confiesa que ha regresado al pueblo «porque quiero vivir aquí», consciente de las dificultades que a día de hoy, entrañan imaginar el futuro en un escenario rural devastado por la despoblación. «Ahora mismo viven en el pueblo unas sesenta personas, la mayoría muy mayores. Por eso los pocos jóvenes que estamos por aquí tenemos mucho trabajo por hacer, pero lo más importante es poder vivir tu vida exactamente en el lugar que quieres». Al otro lado de la puerta se respira un ambiente distinto, como si hubiéramos atravesado la pared imperceptible de una burbuja que nos aísla del resto del mundo. El olor de la madera lo inunda todo, la luz ilumina en tonos cálidos y suenan de fondo notas de fado portugués, un lamento nostálgico que acompaña a la perfección —sin proponérselo, como un milagro cultural—, el lento caminar de los visitantes de La Casa de las Gentes. «Lo de los fados es cosa mía, me gustan mucho», nos dice Lorena.

 

A propósito de los visitantes, los que llegan por vez primera, comprenden de inmediato que están en un lugar distinto, donde los sentidos se afinan y la piel se empapa de una extraña sensación de reflexión y quietud. Al mirar alrededor la vista se detiene en cualquier lugar, casi todo resulta llamativo, novedoso y reconocible al mismo tiempo. Más tarde, cuando salgamos de allí, recordaremos la escalera que conduce al segundo piso, de estética tan pulida y elaborada como las que se describen en los relatos de los seres mágicos que habitan los bosques.

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Una vez arriba, leeremos un papel en el que una voz escrita toma la palabra bajo un tronco tallado con forma de mano abierta: «Como ser vivo que soy, disfruto del tacto de tus dedos. ¡Acaríciame!». Lorena nos explica otra de las virtudes de La Casa de las Gentes: «Este es uno de los pocos museos en los que no solo dejamos tocar las piezas, sino que pedimos a la gente que lo haga, porque muchas veces se ven las cosas completamente diferente con los dedos. Además las texturas cambian muchísimo al tacto, ya que las piezas están hechas de distintos tipos de maderas. La madera es un ser vivo que sigue en continua evolución, de manera que es interesante poder sentirla».

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La Casa de las Gentes es un museo en su misma concepción estética, pero también por albergar la obra de Domingo de Canteixeira —responsable asimismo del diseño del entorno—. «Aquí dentro se expone de manera permanente una parte de su obra artística, muy especial, muy particular. Son esculturas y cuadros de madera en relieve que van desde el realismo a la abstracción, de pequeño tamaño y de tamaño gigante. Es una obra ecléctica, con mucha fuerza, y por eso conecta con muchos tipos de gente».

Pasados unos minutos empezamos a familiarizarnos con su estilo artístico, de aristas pulidas y formas redondeadas, donde las figuras se retuercen vivas y petrificadas a la vez en una amalgama imposible de nudos y canales de madera. Apunta Lorena Gutiérrez que «la característica principal de su obra es que él siempre trabaja con la forma original de la madera, aprovechando las formas de los troncos o de las raíces. Él es capaz de ver lo que luego nos enseña a nosotros».

Abiertas a la interpretación individual, las piezas nos hablan de seres que cambian de forma al variar la perspectiva del observador, esculturas zoomorfas que caminan por el suelo o se encaraman a los árboles, escenas de lucha y símbolos de paz representados en una caricia, tablas cargadas de escenas ocultas, e ideas que se proyectan desde la mente del artista. Junto a la ya mencionada escalera central, destaca —nos dicen que suele ser opinión general—, una pareja tallada a partir de una sola pieza de castaño que en el piso inferior se abraza en lo que parece ser una danza infinita.

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Es desde la parte inferior donde mejor se puede apreciar el detalle de la barandilla —obra también del de Canteixeira—, que por tener el aspecto pretérito de una escritura antigua, se ha transformado en el emblema de La Casa de las Gentes.

La institución abrió sus puertas hace más de un lustro, una vez vencidas las barreras del proyecto impulsado por el equipo gestor del conocido alcalde José Manuel Gutiérrez Monteserín. Fue la ausencia de nuevas generaciones de jóvenes en el pueblo que pudieran aprovechar las instalaciones del polideportivo, y el intento de crear un foco cultural que atrajera la atención tanto de vecinos como de turistas, lo que motivó el diseño de un complejo espacio en el que el reto principal pasaba por integrar la artesanía tradicional sobre las estructuras preexistentes. «Se añadió un corredor y se crearon dos espacios a partir de uno solo, un salón de actos y un museo», explica Lorena. Además se estructuró un piso superior destinado a exposiciones, en el que, tanto la corporación municipal como el artista-diseñador, tenían claro que debía recordar a la cultura tradicional de Ancares. «Por eso aparecen los corredores y se apuesta por una decoración que imita a la fábrica de las pallozas, algo que vemos en el techo de la entrada con los cañizos, varas que se cuelgan encima del fuego en la palloza para que las chispas no puedan alcanzar la techumbre de paja».

Los dos pisos principales de La Casa de las Gentes se estructuran en torno a un espacio central que se emplea para la celebración de todo tipo de eventos, «desde bodas a danza, música o presentaciones de libros», afirma nuestra guía. A esto hay que sumar el ya citado salón de actos, con un escenario completamente funcional y listo para recibir cualquier representación teatral, y un encantador rincón en la parte más alta del complejo —todavía por explotar— en el que se reserva un hueco para la lectura y la proyección audiovisual del documental de Federica Romero, Balboa 5.5.

El piso inferior todavía esconde un último atractivo bajo un pórtico de gruesas columnas, destinado en parte a la exposición del resto de la obra de Domingo González y a la exposición temporal titulada El Año Castaño. Porque si  de tradiciones se trata, una de las más arraigadas en Balboa —y en toda la comarca berciana— por su antigüedad milenaria, es la del aprovechamiento del fruto del castaño en los meses de octubre y noviembre, que aquí se celebra en magostos transformados en festivales con la castaña como protagonista: «Aquí hacemos una fiesta con música dentro de las pallozas, con un clima recogido que ayuda mucho… siempre lo organiza la gente del pueblo y por eso le tenemos un cariño muy especial».

Para la exposición El Año Castaño se ha montado todo un escenario boscoso con la presencia de útiles tradicionales y la recreación de procesos de manufactura o costumbres ancestrales de los habitantes del lugar, como por ejemplo, una oriceira, un almacén entre los árboles para el excedente de castañas, que, conservadas en óptimas condiciones de temperatura y humedad, quedaban además protegidas de los animales.

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A través de los paneles informativos sabremos que el castaño vive cientos de años, que a partir de los veinte ya produce fruto y que con el tiempo, sus troncos tienden a quedarse huecos de manera natural pasando a ser llamados en la zona carocos. Conoceremos su tronco y su raíz, la forma de sus hojas y las distintas especies de castañas, el proceso de la castañicultura y su influencia favorable en el desarrollo económico rural y la conservación de los ecosistemas forestales.

La vinculación de Balboa y La Casa de las Gentes con la protección del castaño y su difusión cultural, comenzó con otra iniciativa del ex-alcalde Monteserín, consistente en apadrinar castaños: «Fue un éxito absoluto», afirma Lorena. «Lo lanzamos como una prueba en el año 2010 e inmediatamente se apadrinaron veinticinco árboles. Al año siguiente había ya doscientos y tres años después cuatrocientos. Ahora ya no tenemos más castaños disponibles, y la lista de espera es larga». El proyecto tenía un objetivo divulgativo y turístico, pero exigía un compromiso por parte de los padrinos durante un periodo de cuatro años, en los que «tenían que venir por lo menos una vez al año para limpiar el trozo del monte que ocupaba el castaño. A cambio podrían recoger las castañas de su árbol siempre que quisiera. Era una buena forma de mantener limpio el bosque y de atraer gente al pueblo», nos dice.

La Casa de las Gentes continúa su empeño por ser un punto de encuentro de la cultura de Balboa. Las cifras lo avalan. Oscilan entre los doce y quince mil visitantes anuales, «gente que viene de todas partes, aunque nuestro público por excelencia es gallego. Estamos pegados  y tenemos mucho vínculo cultural con ellos». De eso somos testigos en el tiempo que pasamos por allí. ¿Cuántos leoneses aún no conocen este lugar cargado de magia? En eso pensamos un instante antes de salir.

El mundo real sigue ahí fuera, al otro lado de la puerta, bañado por los colores del cielo y de la naturaleza. Dentro queda la madera a la espera de otras manos que la toquen, el sentimiento hecho música en el fado y la esencia pura del otoño, atrapada como un valiosísimo tesoro en un recipiente de cristal.

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