Historia & Arte, Ocio — 08/09/2017

Para el común de los vecinos: las fuentes borbónicas de la ciudad de León

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«Por la salud pública y adorno de la ciudad»

Esta frase, que aparece grabada en piedra en algunos rincones de León, es un buen ejemplo de esa parte de la historia que se escribe con letra pequeña y que pasa desapercibida a los ojos, aunque aluda de manera directa, como es el caso, a uno de los momentos más importantes en el avance de León hacia la modernidad: la llegada del agua corriente a las calles.

Fuentes Borbónicas Leotopía

Cada una de las páginas de la crónica de la humanidad, habla de los denodados intentos de cualquier pueblo del mundo por tratar de domesticar el curso de las aguas y su caprichoso comportamiento, pero no sería hasta época reciente, alcanzada la modernidad de la sociedad urbana, cuando se pudo disponer de un circuito ordenado y de suministro público. Entretanto, el agua se movía libremente, sin las ataduras artificiales de los embalses, las presas o las canalizaciones; completaba ciclos de manera natural, fluía por los manantiales, descendía hacia las tierras bajas siguiendo el cauce de los ríos y se posaba en el suelo en forma de precipitación. Los ciudadanos aprovechaban sus virtudes a diario, aunque la necesidad del acarreo para el consumo en el hogar, hacía imprescindible una secuencia de prioridades en las que la higiene privada pasaba a un segundo plano. ¿Qué decir entonces de la pública, aquella que tenía que ver con la limpieza de las calles?

En el caso particular de la ciudad de León los primeros pasos en la canalización se remontan al tiempo de la ingeniería romana, esa que perfeccionó los entresijos del campamento de las legiones trazando una conducción que llevaba el agua hasta el interior de las murallas. Una parte infinitesimal del acueducto leonés todavía se puede contemplar hoy en el jardín del Cid, mientras parece aguardar, impasible, a que los expertos en la materia se animen a profundizar en su estudio.

El relato histórico nos habla de ciudades que anhelaron contemplar el agua corriente durante siglos, sin que semejante comodidad fuese una realidad palpable. Para cualquier ciudadano contemporáneo del mundo occidental, caminar por una ciudad del pasado resultaría una experiencia sensorial inenarrable, bajo el acoso de un sinfín de olores, texturas ambientales y costumbres propias de un entorno en el que la higiene era un bien escaso, mientras las calles se convertían en terreno abonado para las epidemias y las enfermedades infecciosas. Esta era la realidad de cualquier urbe española de hace tan sólo doscientos o trescientos años. Sólo la llegada de los reyes del siglo XVIII trajo consigo nuevas ideas, y con ellas, el cambio.

Carlos III Fuentes Borbónicas Leotopía
Carlos III, por Antón Rafael Mengs (1765). Fuente: Museo del Prado

Mientras avanzaba el Siglo de las Luces y la Ilustración iluminaba como un faro el saber europeo, la casa de Borbón —dinastía recién llegada a España bajo la tutela del Rey Sol de Francia—, ocupó un papel protagonista en el devenir del país. Con la coronación de Carlos III en 1759, quedaron expuestas todas las evidencias propias de un territorio sombrío, atrasado, donde las ciudades conservaban un aspecto decadente y rural. El monarca fue uno de los primeros en asumir la responsabilidad del cambio, atrayendo las novedades urbanísticas que había contemplado durante su etapa de gobierno en Nápoles y Sicilia. Un conjunto de estrategias revolucionarias y europeas, no siempre bien entendidas por los españoles, dieron paso a una necesaria renovación urbana que comenzó en la capital, Madrid, bajo la tutela de algunos hombres de confianza del nuevo rey, como Leopoldo di Gregori —marqués de Esquilache—, o el genial arquitecto Sabatini. Se ampliaron las calles y los espacios abiertos en un intento por impulsar la ventilación, se embelleció la ciudad con adoquinado y obras colosales, se ordenó el alumbrado nocturno y el agua llegó a las plazas a través de fuentes diseñadas bajo la inspiración de los mitos clásicos.

Tanto Carlos III como su hijo Carlos IV estamparon su firma en obras singulares que aún hoy se conservan en las calles, manteniendo intacta su funcionalidad y esa belleza sonora que desprende el agua chapoteando sobre el agua

Y si en Madrid los cambios eran necesarios, ¿qué podía esperarse de una ciudad de provincias como León? Aquí el lavado de cara era más que una prioridad. Toda una apuesta «por la salud pública y adorno de la ciudad» que se materializó en el circuito del agua corriente y el modelado de las fuentes monumentales. En una sucesión de fechas casi consecutivas, tanto Carlos III como su hijo Carlos IV estamparon su firma en obras singulares que aún hoy se conservan en las calles, manteniendo intacta su funcionalidad y esa belleza sonora que desprende el agua chapoteando sobre el agua. Aquí presentamos un rápido recorrido por las fuentes borbónicas de la ciudad de León:

 

PUERTA CASTILLO

El mismo lugar por donde la mano de obra romana había dispuesto el paso del acueducto hacia el interior de las murallas, fue el lugar elegido para ubicar un depósito principal que hoy ya no se conserva, que resultaba visible desde cualquier terreno de la Era del Moro y que a modo de fuente, trataba de atender las necesidades básicas de la población leonesa.

 

SAN MARCELO

En 1786, apurando los últimos años del gobierno de Carlos III, se construye la fuente de San Marcelo fuera del recinto amurallado. Obra de Isidro Cruela —cuyo nombre aparece grabado en el monumento justo debajo del rey—, hoy se ha convertido en punto de encuentro y lugar de reposo de muchos leoneses, que aprovechan el emplazamiento de esta burbuja en el corazón de la ciudad para disfrutar de algunos de los edificios más emblemáticos para el turismo y el gobierno local.

 

SAN ISIDORO

El mismo autor es el responsable del caño que adorna la plaza de San Isidoro, fechado un año más tarde, en 1787. Aquí encontramos esas evidencias clásicas que también inspiraron los diseños de las fuentes madrileñas, con la cabeza de la gorgona Medusa que deja caer el chorro de agua por su boca. Pero más llamativo resulta si cabe, el homenaje a quienes se consideraba entonces que habían sido los fundadores de la ciudad, los soldados de la Legio VII Gemina. La escena no puede resultar más simbólica: en la parte más alta del conjunto, un león sostiene entre sus garras una columna que alude al arte clásico, y junto a ellos, una señal a modo de escudo aparece adornada con las signa militares.

 

CAÑO BADILLO

Uno de los ejemplos más olvidados y tristemente descuidados de la ciudad es la fuente del caño Badillo, datada en el año 1788, a medio camino entre los reinados de Carlos III y Carlos IV. Como la de San Marcelo, está situada extramuros, aunque en este caso se adosa a la ampliación del recinto amurallado por la calle del mismo nombre, justo al sur del torreón de los Ponce, dando la espalda a la Plaza Mayor.

 

FUENTE DE NEPTUNO

Situados ya en el tiempo de Carlos IV, asistimos a la construcción de las obras monumentales. La primera de ellas, quizás la más impresionante, es a la vez la más viajera. Aunque ahora descansa en los jardines de San Francisco entre cedros, castaños y tilos, durante mucho tiempo la fuente de Neptuno vigiló la catedral desde la plaza de Regla y también estuvo colocada en la Plaza Mayor. El escultor Mariano Salvatierra firma en 1789, junto a Isidro Cruela, una obra cargada de simbolismo oceánico y referencias clásicas: el dios del mar alzando su característico tridente rodeado de elementos acuáticos, y querubines con escamas que contemplan la belleza de lo divino.

 

PLAZA DEL GRANO

La segunda fuente monumental del reinado de Carlos IV aparece en uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad, símbolo en el último año de la discrepancia entre quienes defienden la conservación de lo tradicional y los que apuestan por lo moderno y lo funcional: la plaza del Grano o de Santa María del Camino. Data del mismo año que la de Neptuno (1789), y en su comparativa referencial se aproxima a la de San Isidoro, ya que sus autores recurren nuevamente a un tema que habla de la fundación de la ciudad. Lo que aquí se muestra, en contexto simbólico, es a dos infantes que sostienen una columna clásica que representa el origen antiguo de la capital leonesa, siendo ellos la humanización de los dos ríos que habrían de delimitar el espacio urbano, esto es, el Torío y el Bernesga.

 

CAÑO DE SAN MARTÍN

 La última referencia es la de un surtidor que puede presumir de ser uno de los más antiguos de la ciudad. Nace en un contexto de reurbanización de las calles del Barrio Húmedo, esas que hoy situamos entre la Plaza Mayor y la de San Martín. Aunque la fábrica original data de finales del siglo XVII, sabemos por la cartela allí dispuesta que fue renovada por la Junta de Fuentes en el año 1801, coincidiendo con el inicio de una de las décadas más importantes de la historia de España en el contexto de la Europa napoleónica.

Sirva este pequeño recorrido por algunos hitos de la ciudad que remiten a su historia, para despertar el interés del paseante, del turista y del ciudadano de a pie por descubrir las evidencias de lo que se cuenta en los libros, y que a menudo, está al alcance de la mano. Solo hace falta un poco de ánimo y una mano que guíe para descubrir la ruta en la que se esconde la magia…

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