Historia & Arte, Sociedad — 09/10/2017

Genaro González: el curtidor del Páramo y la última generación de un oficio milenario

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Genaro González Leotopía

LA HISTORIA

A finales del siglo XIX, Santa María, cabecera del Páramo leonés, era una localidad de más de un millar de habitantes que avanzaba en imparable marcha por la senda del desarrollo industrial. Dentro de su recogido perímetro, rodeado por el inmediato vacío del que tomaba su nombre, se habían levantado fábricas de aceite de linaza, manufacturas del  chocolate, molinos de harina, y desde 1887 la curtiduría de Froilán González Prieto, una de las cinco que llegaría a tener el pueblo durante las primeras décadas del siglo siguiente. A pesar de que sus vecinos mantenían la actividad agropecuaria exprimiendo el cereal de la tierra y cuidando rebaños por el beneficio de la lana, la presencia de las curtidurías dio trabajo a muchos, además de impulsar otros negocios paralelos relacionados con el tratamiento de la piel, su almacenamiento o el trazado de las redes comerciales.

Aunque parte de la materia prima con que se abastecía la curtiduría procedía del entorno del Páramo, la zona era tierra habitual de paso de arrieros, que a lomos de sus animales, cubrían las rutas a pie en cualquier dirección y facilitaban la llegada de otro tipo de pieles de caza y ganado procedentes de la Montaña. Hubo algunos que supieron ver en el tránsito una oportunidad de negocio. Los caminos estaban dispuestos, las materias primas llegaban por el comercio a cambio de otras mercaderías y al alcance de la mano se abría un mercado potencial que pronto se beneficiaría de la inversión industrial, aunque ésta avanzara a cuentagotas por cada rincón del país.

La fábrica de curtidos de piel de Froilán González e Hijos creció a buen ritmo en poco tiempo. La bonanza y el desparpajo empresarial permitieron a su fundador ser también el propietario de la fábrica de harinas de Santa María del Páramo, de una tienda de comestibles y de algún otro negocio relacionado con el sector del vino. A partir de ahí la tenería —término este castellanizado del francés—, pasaría de mano en mano a través de las generaciones durante más de cien años, manteniendo casi intacta la fábrica original y el modelo de producción artesanal apoyado en la industrialización del siglo XIX, lo que a día de hoy aún define su razón de ser.

Genaro González Leotopía

 

EL CURTIDOR Y LA FÁBRICA

Apartando la mirada de una fotografía en la que aparece su tatarabuelo Froilán, donde el fundador de la curtiduría posa con gesto orgulloso acompañado por sus cinco hijos varones, Genaro González Alonso (Santa María del Páramo, 1962) pronuncia la sentencia con la que acaba su relato: «Esta es la historia que mi padre oyó de su abuelo y que después me contó a mí».

Genaro González Leotopía

Actualmente él es responsable del negocio y custodio de la tradición. A buen seguro ha narrado decenas de veces la sucesión de su genealogía ligada al negocio de la Fábrica de Curtidos de la Familia González, tanto a esos clientes del cuero que le piden que no abandone el trabajo como a la prensa local o nacional, a los curiosos que llaman a la puerta de la casa junto al olivo, o a los académicos, interesados en conservar lo que nunca se debería perder. A cambio sólo pide una firma estampada en el cuaderno de visitas.

Genaro se presenta con aspecto sencillo, mono azul como uniforme de trabajo y una boina que va y viene: «Ahora no la llevo puesta siempre porque hace calor, pero en invierno no me la quito», dice. Su trato atento le distingue como buen anfitrión, proyecta una personalidad desbordante y en la conversación es ágil y rápido. Con una sonrisa que revela más ironía que felicidad, afirma no saber «cómo todavía mantengo esto abierto». Son muchos los que se han referido a él como el último representante de su oficio en la provincia de León, y en su opinión, levantarse cada día sabiéndose un punto y final, no es motivo de orgullo. «Siento más pena que otra cosa, sobre todo por lo que el oficio del curtido de la piel supuso para el pueblo. Me gustaría que esto pudiera seguir hacia adelante, pero sé que no va a ser así».

El uso de la piel animal y su proceso de curtido —con mayor o menor efectividad—, ha estado presente entre la especie humana más tiempo que la propia escritura. Desde los modos más primitivos de curtir la piel al aire o al humo para evitar su putrefacción, hasta la actualidad, pasando por momentos relevantes de nuestra historia —como las leyes proteccionistas de Carlos III, que impedían esquilmar los bosques de encina o alcornoque cuya corteza se usaba en el proceso de transformación química—, el curtido de la piel ha servido para fabricar todo tipo de productos de uso cotidiano: ropa, calzado, tapicería, recipientes impermeables para conservar líquidos, utillaje para la ganadería o incluso las hojas de pergamino que sirvieron para conservar por escrito el saber. Es fácil imaginar que hoy las cosas han cambiado, y que el modo artesanal de trabajar ha sido reemplazado por la completa industrialización de los procesos, que agilizan la producción a costa de una merma inevitable de la calidad.

La apuesta de Genaro resulta llamativa porque es otro de esos casos en los que el protagonista nada a contracorriente. Cuando la tendencia actual es la plena automatización de los procesos de producción, él sigue haciendo las cosas como aprendió de quienes estaban antes, observando, trabajando y corrigiendo sus errores. «Yo no fui a la escuela de tenería ni hice cursos de química relacionados con el tratamiento de la piel. Para mí todo ha sido enseñanza oral. Aprendí de mi padre como él aprendió del suyo, del abuelo y del bisabuelo». Pese a ser un maestro en el oficio conserva la humildad del que acaba de llegar y no duda en reconocer que «todavía no lo conozco todo, intento aprender y estoy dispuesto a escuchar los consejos de otros curtidores, aunque ya no quedan muchos. En León no hay nadie más, pero sí en Villarramiel (Palencia) y en Galicia, pero sobre todo en Cataluña, porque ahí estaban las fábricas más importantes de curtidos».

Cataluña se ha caracterizado por una temprana y progresiva modernización en el proceso industrial, y eso le convierte en una excepción dentro del sector nacional del cuero, que siempre se ha distinguido por la pequeña empresa —casi siempre familiar—, de manufactura tradicional y escasa inversión en maquinaria. Así sucedió al menos hasta la década de los ochenta, con la llegada de grupos empresariales más fuertes que acabarían copando el mercado desde sus centros a orillas del Mediterráneo.

El caso particular de la tenería de Santa María del Páramo ha sido tratado por los grandes nombres de la antropología leonesa. Tanto Joaquín Alonso como la infatigable Doña Concha Casado († 2016) abogaron de manera clara por sus modos típicos de trabajar y por la conservación de la fábrica, que hoy está considerada como una de las joyas del patrimonio industrial leonés, tanto por lo visible —la construcción del edificio y la maquinaria que todavía se emplea dentro—, como por lo intangible —la herencia y la memoria oral—. Cuenta Genaro González, que en tiempos de su padre se intentó actualizar el procesado de la piel, «pero el resultado no era bueno, así que decidimos volver a lo tradicional», conservando un equilibrio perfecto entre la mano humana y el apoyo de la máquina, dando protagonismo a la primera por ser al fin y al cabo, la clave de la artesanía. «Aquí tenemos maquinaria antigua, algunas incluso del siglo XIX. Eso incrementa mucho los costes de mantenimiento, porque cuando algo se estropea no hay recambios disponibles, y la única manera de arreglarlo es fabricando de nuevo la pieza necesaria».

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El edificio, de considerables dimensiones dentro del callejero de la localidad, conserva de la obra original el suelo de madera, sus techos y vigas y las paredes de tapial que se levantan alrededor de un patio central. Recorriendo sus distintas dependencias, Genaro no puede ocultar su preocupación por el estado de conservación ni por el imparable avance de la carcoma. En su interior el trabajo del artesano es lento y laborioso. Desde que la materia prima llega al taller hasta que el producto final termina empaquetado y dispuesto para el envío, la piel ha sido sometida a una veintena de procesos que garantizan las palabras de alabanza de los clientes, fundamentalmente guarnicioneros, otra de esas profesiones en riesgo de desaparecer. «Trabajo por encargo y apenas tengo stock. Vendo todo lo que hago a clientes de toda la vida, que destacan por encima de todo la calidad de esta piel. Es algo especial, se hace como se hacía tiempo atrás y no es fácil encontrar algo parecido por ahí».

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EL PROCESO

Al hablar en el siglo XXI de métodos de trabajo casi ancestrales o de una maquinaria decimonónica que funciona gracias a piezas de metal, madera y correajes, el conjunto de la tenería parece desprender una esencia irreal, como si asistiéramos a una impecable recreación museística o todo alrededor hubiera decido anclarse voluntariamente a otro tiempo, olvidado ya por la mayoría. Para no resultar anacrónica, la pequeña oficina desde la que se gestiona la administración y el papeleo parece haberse contagiado de la sensación general; un rápido vistazo al interior sin reparar en detalles revela un teléfono de ruleta todavía capaz de hacer su función y una máquina de escribir Olivetti con cincuenta años a cuestas. Genaro afirma seguir  usándola, aunque confiesa que ya ha dado el salto hacia la informática y el mundo de lo digital.

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Llegados a este punto es fácil imaginar que el proceso del curtido comienza y termina como lo ha hecho siempre, con la llegada de los pellejos al taller y su transformación definitiva en pieles —ahora ya casi siempre de vaca—, de reconocida calidad: «Mucho de lo que tengo aquí es de vaca frisona, la que da leche. Las pieles más gordas son las de las razas asturianas y gallegas, las propias de los valles, que llegan a tener cinco o seis milímetros de grosor», explica. El primer paso es una buena dosis de sal…

 

La piel debe estar perfectamente limpia antes de empezar el proceso de curtido, de manera que el lavado y el descarnado resultan imprescindibles. Aquí entran en juego dos máquinas: la molineta, que remueve un depósito de agua en el que se ha sumergido la piel usando un sistema de ruedas y paletas de madera, y la descarnadora, provista de un sistema de cilindros y cuchillas en espiral.

 

La manipulación química entra en juego. Un baño con sulfatos y ácidos en el agua es capaz de eliminar todos los restos orgánicos de la piel que hubieran podido resistir a los procesos previos.

 

En el proceso histórico de la curtición, uno de los avances más interesantes llegó con la introducción de los bombos, cilindros de madera de gran tamaño que giran empujados por la energía eléctrica como descomunales lavadoras. En su interior las pieles y los productos curtientes se mantienen en constante movimiento. El bombo vino a reemplazar el uso del pozo o noque, que también se conserva en el taller de Genaro.

 

El tanino es la clave del proceso, un elemento químico vegetal presente en la corteza de algunos árboles como la encina, el olmo o el sauce, que evita la putrefacción de la piel y la convierte en cuero. «Antiguamente se curtía con corteza, sobre todo de encina, porque era el árbol más abundante de esta zona. Esto se picaba en los molinos que había en cada fábrica, y se echaba en los pozos». En la actualidad se usan también árboles sudamericanos como el quebracho, que llega al mercado en forma de extracto pulverizado listo para la disolución en agua. «Suelo preparar una mezcla del quebracho y la mimosa, que viene bien para las pieles más fuertes, como las de las suelas. Lo que yo hago aquí es una curtición natural, a través de productos vegetales».

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Pasados unos días en los que las pieles se han escurrido, cortado a la mitad para facilitar su manejo y de nuevo sumergido en una solución aceitosa para darles elasticidad, se cargan al hombro y se llevan al piso de arriba: «Las pieles son muy pesadas, algunas de buey pueden llegar a los setenta kilos, aunque las normales vienen pesando entre treinta y cinco y cuarenta kilos».

Al otro lado de las escaleras la construcción mantiene intacta su combinación de madera y adobe encalado. El primer piso es un espacio multifuncional, donde la luz y el aire fresco entran a raudales por las ventanas abiertas para secar las pieles, que penden inmóviles en perchas de las vigas más altas. Sobre ellas se dispone el armazón de la techumbre con troncos redondeados, cañas y maraña vegetal. Por los resquicios de los tablones del suelo se puede ver la dirección de los rayos de sol que se cuelan debajo y, afinando la vista, hasta el polvo inerte que flota en ellos. Lejos, de fondo, se escucha un suave murmullo de voces humanas que llegan a la fábrica a través de las ondas del aparato de radio. Dice el curtidor que la radio siempre suena en su casa. Es un medio de comunicación que a diario acompaña su trabajo y que no resulta desconocido para alguien como él, que ha intervenido en más de una ocasión desde los micrófonos explicando el por qué de su negocio. Una de las últimas veces, en el programa Esto me suena. Las tardes del Ciudadano García, de RNE. «La radio y los perros son los que a mí me hacen compañía. Trabajo escuchando la radio, de todo, y cuando me cabrea lo que estoy oyendo cambio de emisora».

 

Además de esfuerzo y dedicación, el curtido de la piel exige del artesano maña y habilidad para evitar arrugas y deformidades. Por eso el producto debe someterse a varios procesos de paciente estirado sobre una mesa de mármol, empleando una herramienta de bronce cuyo nombre lo dice todo: la estira. «Yo todavía hago el estirado de las pieles como un proceso artesano y manual», dice. El raspado viene después, con una máquina provista de cuchillas helicoidales que rebaja el grosor de la piel a gusto del artesano.

 

Genaro González Leotopía

Para diferenciarse del resto y darle a su piel otra nota de calidad, Genaro recurre a la pasta de talco y a una reflexión personal que suena a lamento: «Este acabado es una de mis señas de identidad, porque casi nadie le da talco a la parte trasera de las pieles. En León teníamos algunas de las mejores minas de talco pero, como ahora ya no hay, lo único que me quedan son un par de sacos que me dieron en Boñar. Cuando se me acabe el talco me jubilo, ¡y ya está! [ríe]».

El recorrido por la fábrica regresa al piso inferior, donde aguarda una máquina pulidora provista de un brazo mecánico de vaivén con un vidrio compacto en su extremo, que emplea el rozamiento y la fricción sobre la piel para dar al cuero un acabado brillante. Llegados al final, sólo queda aplicar una mezcla de aceites vegetales y minerales que le dan, si cabe, mayor flexibilidad a la piel, e iniciar el empaquetado para el envío a los clientes.

 

EL PORVENIR

Asumiendo que renovar la empresa mediante la mecanización de los procesos «resultaría inviable en este edificio, ya que tendríamos que hacer una inversión enorme y salir de aquí», y que el futuro no va a tener continuidad en otra generación, Genaro González trabaja para conseguir la protección de la Junta de Castilla y León. Reconoce que «es algo que va despacio» pero al mismo tiempo, «sin el apoyo de las instituciones, cuando yo acabe mi trabajo aquí todo terminará por caerse y eso sería una pena». Apuesta por un proyecto de musealización en el que él, como máximo experto, tenga voz y opinión. «Esto es historia de aquí, del pueblo, y quedaría muy bien como un museo de la curtiduría y de la guarnicionería, no sólo de la fabricación del cuero sino también de los productos que se hacían con ese cuero. Aunque Santa María del Páramo es un pueblo de 3.500 habitantes con servicios de los que no dispone todo el mundo, no tiene nada que atraiga al turismo», confiesa el curtidor.

 Con la esperanza de que a corto o medio plazo su propuesta pueda convertirse en un proyecto firme, Genaro sabe que el paso de los años sólo puede ir en contra de la conservación del taller, un edificio que todavía hoy es historia viva de la manufactura del cuero en la provincia de León. Por el momento él continuará trabajando para satisfacer la demanda de sus clientes habituales, los que saben reconocer la calidad de un producto elaborado lenta y concienzudamente.

Y aquellos que llamen a la puerta de la casa junto al olivo, tal vez tengan la suerte de recorrer los entresijos de la fábrica mientas descubren la historia de una dinastía de curtidores contada por el último de sus protagonistas. Sólo así podrán experimentar en su propia piel la sensación de que, allí adentro, el tiempo avanza más despacio.

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