Jesús Callejo: «La radio crea la confianza necesaria para que el mensaje no sólo llegue a la mente, sino también al corazón»

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Valderas es más que tierra de campos y horizontes, lo es de historia y bacalao al ajo arriero, y puede que también, ¿por qué no?, de hadas, gnomos y duendes. Si hay alguien en la zona que pueda hablar con autoridad de todos los seres elementales que se esconden en la naturaleza, ese es Jesús Callejo Cabo (Valderas, 1959), uno de sus vecinos más conocidos gracias a su voz en las ondas, a sus relatos orales y a sus textos escritos. Cuando apenas acabamos de conocernos (al menos él a nosotros), descubrimos el orgullo que siente por sus raíces, la felicidad que experimenta ejerciendo de cicerone por las calles de su pueblo y su buen hacer como anfitrión. Lo que ya sabíamos era que nos esperaba una tarde interesante, porque si de Callejo se puede afirmar algo con certeza, es que es todo un «tusitala», un cuentista, pero de los de verdad.

Jesús Callejo Leotopía

¿Con qué apodo o sobrenombre es conocido Jesús Callejo en su Valderas natal?

Por el de mi abuelo, que luego heredó mi padre, y ahora mis hermanos y yo: «Revocato», o los «Revocatines» [ríe].

Pero no es un apodo, es el nombre original de mi abuelo. Le pusieron el santo del día, y coincidió que fue así de raro y estrambótico. Hasta los habitantes de Valderas creían que era un mote, pero no.

Pensé que podría guardar relación con tu nick en Twitter, «@jcallejo007»…

No, el 007 es un homenaje, y no a James Bond, sino a John Dee, un personaje fascinante de la Inglaterra del siglo XVI. Era mago y espía, de manera que las cartas que enviaba a la reina las firmaba con un par de 00 —sólo para sus ojos— y un 7, que era una especie de firma o autógrafo personal. Con el tiempo, Ian Fleming se inspira en él para construir su personaje de 007, y alcanza la fama de esa manera, pero el verdadero origen del mismo está en Dee.

De todas formas en algún otro nick sí que he utilizado el nombre de Revocato. Y en alguno de mis libros también. De hecho, en la única novela que he publicado —Los enigmas del país borroso—, homenajeo a mi abuelo y a Valderas poniendo su nombre al abuelo semiprotagonista.

Precisamente trasladando el protagonismo a Valderas te voy a pedir que hagas un  ejercicio de memoria sinestésica. ¿Con qué sabor, olor o sonido está asociada tu infancia y primera juventud?

Con el Heno de Pravia del anuncio aquel famoso [ríe]. La verdad es que tengo muchísimos recuerdos asociados a Valderas. Fue la primera etapa de mi vida, para mí fundamental, porque es donde se genera un poco el carácter, el entusiasmo, las ilusiones y los proyectos.

Me acuerdo sobre todo de los castillos, de esos dos torreones donde jugué muchísimo y tiré tantas piedras… Piedras que forman parte de la historia y con las que jugué sin saber de su importancia y sin saber que, al final, me dedicaría a investigar de alguna u otra manera.

Fueron momentos muy felices. Era una época en la que no había televisión y nos pasábamos todo el día en la calle. Apenas pisábamos la casa. Ahora lo pienso, la verdad es que con lo bestias que eran muchos juegos y la de peligros que teníamos a nuestro alcance, ¡si estamos aquí casi es de milagro [ríe]!

Tengo muchísimos recuerdos asociados a Valderas. Fue la primera etapa de mi vida, para mí fundamental, porque es donde se genera un poco el carácter, el entusiasmo, las ilusiones y los proyectos

¿En Valderas también se cazaban gamusinos?

¡Hombre claro! En el momento en el que veíamos algún despistado, ahí que le mandábamos a cazar gamusinos, faltaba más [ríe]. Y a nosotros mismos nos tocó pasar por ahí, pero es la parte bonita, la parte ingenua que todos hemos tenido y que es necesario pasar para despertar.

Vamos con ese despertar, con esa segunda etapa de tu vida. Al finalizar tu formación básica, te decantas por estudiar Derecho, y además, pese a ser una carrera con cierto prestigio en León, te decides a cursarla en Valladolid.

Sí, mis padres pensaron que en Valladolid tanto mis hermanos como yo tendríamos más expectativas a nivel universitario, así que nos trasladamos a vivir allí.

Pero cuando llegamos todavía no sabía qué iba a estudiar. Mi primera opción era Medicina. Siempre me ha gustado ayudar a los demás y pensaba que podía ser una carrera factible para mí, pero en aquel momento el corte para entrar era muy alto y no entré. Así que, aunque me atraían otras carreras de humanidades, finalmente me decanté por Derecho.

Dices no arrepentirte de la elección, porque lo que buscabas era encontrar un futuro más estable. ¿Tan mal pintaba ya en ese momento el porvenir para historiadores o periodistas?

Sí, sí pintaba mal. Las carreras de Periodismo e Historia me gustaban, pero también la de Derecho y, de las tres, la que tenía más futuro sin ninguna duda, entonces y ahora [ríe], era Derecho. Fue una cuestión práctica. En mi familia no hay antecedentes de juristas, de hecho, nadie ha hecho nada de lo que yo he hecho [ríe], he sido pionero en todo esto. Para bien y para mal, me he convertido en un rara avis.

Con Derecho podía ser desde abogado a procurador, pasando por notario, registrador de la propiedad o, como elegí finalmente, hacer unas oposiciones. Gracias a eso, me he podido dedicar de una manera más holgada a lo que era mi pasión, mi devoción y que, finalmente, se ha convertido en mi profesión.

Jesús Callejo Leotopía

Hablamos ya de tu faceta como divulgador de lo misterioso en las ondas, que comienza, además, durante ese primer año de carrera. ¿Cómo se llamaba ese programa de La SER presentado por Guillermo Gallardo?

Hago mis primeros pinitos en el mundo del misterio en La Tarde, donde tenía una sección semanal. Guillermo fue el primero en darme una oportunidad, así que le estaré eternamente agradecido. Cada semana llevaba a personajes «extraños» —un curandero, un contactado— para hablar de temas que a mí ya me apasionaban por entonces. En Valladolid hice mis primeras psicofonías, mis primeras visitas a casas encantadas… Fue una experiencia vital y global.

Con Guillermo estuve una temporada y luego continué con María Jesús Gallardo. Ella me pidió que centrara la sección en el ámbito literario, así que buscaba libros raros, chocantes, muchos de ellos relacionados también con el mundo del misterio, y estaba encantado, porque otra de mis grandes pasiones ha sido siempre la literatura. Incluso he llegado a escribir obras de teatro, y alguna la llegué a representar aquí, en Valderas, donde creamos el grupo teatral Camuñas [ríe].

¿Eran obras de teatro de misterio?

No, era más teatro del absurdo. Siempre me ha gustado mucho el toque absurdo pero con sentido del humor, al estilo de Eugène Ionesco o Jardiel Poncela. Podía aparecer algún elemento misterioso, pero iba más por la astracanada, el reírte, el juego de palabras…

Una vez en Valladolid, empiezo a descubrir toda esa pasión por la historia, y, de manera inevitable, por el misterio. Porque cuando estudias historia te das cuenta de que el misterio está ahí, justo bordeando la esquina.

Sobre todo cuando hablamos de la «otra» historia, de la heterodoxa. De ahí tu querencia por autores como Pauwels, Bergier, o Jacques Vallé.

Exacto. Sus libros eran distintos a todo lo que había leído hasta entonces. El retorno de los brujos [1960] y La rebelión de los brujos [1971] de Pauwels y Bergier tocan todos los palos de la ciencia y de las letras. Hablan de historia, pero también de astronomía, de misterios oceanográficos, de civilizaciones perdidas como Atlántida y Lemuria, del esoterismo nazi…

Dos autoridades como ellos —no el clásico cantamañanas que escribe refritos con pseudónimo que con el tiempo fui descubriendo— me abrieron las puertas y las perspectivas, porque me ayudaron a darme cuenta de lo que a mí me gustaba, que no era otra cosa que «picotear» en todos los terrenos y poder hilarlo y transmitirlo de manera tan atractiva. Me marcaron tanto que casi me aprendí sus libros de memoria, porque como no incluían índices onomásticos, me hacía los míos propios a medida que iba leyendo para poder visualizar los nombres y lugares que citaban de manera más rápida [ríe].

Y Pasaporte a Magonia [1969] de Vallé lo descubro un poco más tarde, pero también me marcó por algo parecido: conecta las leyendas y el folklore con el mundo ufológico. Que alguien como Jacques Vallé, astrofísico y luminaria tocara temas tan heterodoxos y marginales —incluso mal vistos—, y que lo hiciera con esa genialidad…

Es una de las grandes verdades que descubrí en aquel momento: para poder unir campos como la historia, la astronomía o la genética y encontrar explicación a determinados fenómenos era necesario tener unos conocimientos multidisciplinares. Todavía no sabía que me iba a acabar dedicando a esto, pero me di cuenta de que ahí estaba la verdad, de que por ahí iban los tiros. Y creo que acerté [ríe].

Sí, porque nos vamos acercando a esa tercera etapa de tu vida, la que se desarrolla en Madrid tras aprobar las oposiciones y en la que ya te dedicas a estos temas con mayor fruición.

Al terminar de hacer el servicio militar, me presento a las oposiciones y me traslado a vivir a Madrid, exacto. Por cierto, no sé por qué la gente despotrica de la mili. Yo me lo pasé muy bien. Me dediqué a leer todo lo que había en la biblioteca del cuartel en el que estaba destinado.

¿Dónde te tocó?

En Ibeas de Juarros —Burgos—, muy cerca de Atapuerca. ¡Quién me iba a decir que al final se iban a descubrir allí los primeros homínidos! [ríe]. ¡Qué curioso los guiños del destino!

A propósito del destino, una de sus jugadas fue haceros coincidir a ti y a Carlos Canales.¿Cómo os conocéis?

Nos conocemos en la Dirección Provincial de Trabajo y Asuntos Sociales, donde yo era letrado de cooperativas —asesoraba a la gente que quería montar una cooperativa— y Carlos llega como apoyo. Congeniamos rápidamente, nos dimos cuenta de que teníamos muchos elementos comunes, y de una de las muchas tertulias que hacíamos en mi despacho —lo llamábamos el microondas por el calor que hacía [ríe]— salió Duendes: Guía de los seres mágicos de España [1994].

Jesús Callejo Leotopía

¿Cómo se llevaba entonces eso de ser un abogado elficólogo [1]?

Elficólogo, ¡qué bueno! [ríe]. Era raro, pero como yo ya estaba acostumbrado a hacer cosas raras, tampoco pasaba nada. Para mí, las materias jurídicas, mis trabajos en la administración, me servían para tener los pies en el suelo y poder al mismo tiempo divagar con mi mente en el cielo.

Sí es verdad que una vez publicado el libro, era llamativo que en las entrevistas nos rotularan o se refirieran a nosotros como «expertos en duendes», o que al secretario general del BOE —Carlos desempeñaba ese cargo en ese momento— le preguntaran por las características del trasgu asturiano[2] [ríe]. La gente que nos conocía únicamente en el ámbito administrativo se extrañaba al principio, pero luego empezaron a distinguir que una cosa era nuestra profesión y otra nuestra pasión o devoción, que eran los temas fronterizos con la ciencia. No nos tacharon de locos y nos permitieron seguir con nuestra carrera.

¿Cuál es el truco de las hadas para que sigamos creyendo que son fruto de la fantasía?

[Ríe]. El truco de las hadas es el mismo que el del demonio. Hace todo lo posible para que no se crea en él [ríe], pero sin embargo, ahí está. Se han encargado de que todas sus historias formen parte de la leyenda, pero nunca van a dar las pruebas visibles de su existencia.

Un año después llega Seres y lugares en los que usted no cree (1995), el libro por el que Juan Antonio Cebrián te llama por primera vez para entrevistarte en Turno de Noche. Fueron cuarenta minutos, a las tres de la mañana de un 24 de septiembre de 1996 que, cuentas, cambiaron el resto de tu vida. 

Sí. Fíjate que Seres y lugares nace como descarte de todo lo que no pudimos incluir o no encajaba en Duendes, y al final se convierte en un libro con personalidad propia en el que ponemos nombre por primera vez a la teoría de la intrusión [3] que con el tiempo hemos ido desarrollando.

Y sí, uno de los ejemplares cae en manos de Juan Antonio Cebrián y de Silvia Casasola.

 

Y de no conocer el programa, a convertirte en un auténtico murciélago [4]

Pues sí, porque al poco tiempo me volvieron a llamar y en esta segunda entrevista conocieron también a Carlos —que nunca te deja indiferente cuando lo conoces y con ellos no hubo excepción— y provocó una mayor empatía todavía entre nosotros.

Cebrián vio que hacíamos una especie de pareja de hecho del mundo del misterio —«el Zipi y Zape del misterio» nos decía [ríe]—, y empezó a contar con nosotros. Nuestro primer monográfico es en La Red, pero una vez termina este programa, nos mete ya de hoz y de coz, de hecho y de derecho en La Rosa de los Vientos hasta incluso más allá de su muerte.

En el prólogo de tu Breve Historia de la Brujería (2006) Cebrián dice que eres un druida de más de dos mil quinientos años y que, de haber sido él un personaje,  tú serías su tutor. ¿Quién fue Juan Antonio para ti?

Fue muchas cosas. Compartíamos una forma común de entender el mundo, que al final, se resume en una frase dicha por otro referente para ambos como lo fue Baden-Powell: «Trata de dejar a este mundo en mejores condiciones de como lo encontraste». Él desde luego lo llevó a gala, y yo espero hacerlo también.

Cebrián fue una de las grandes personas que ha tenido España, y como tal, muchas veces olvidado o no reconocido públicamente. Era de esa clase de personas que dan luz a este mundo por sus conocimientos, por su simpatía, por su saber estar y, sobre todo, porque tenía esa capacidad —que no tiene todo el mundo—, de sacar lo mejor de cada uno, la parte más creativa, más luminosa.

Era de esa clase de personas que dejan huella, que te marcan. Toda su vida fue un sembrar semillas que luego recogió. Por ejemplo, con sus Pasajes de la Historia. No te imaginas la cantidad de gente a la que contagió el interés por la historia. Ojalá hubiera más personas como él. Todavía a día de hoy sigue marcando un hito y un camino a seguir.

Yo ya tenía mis impulsos radiofónicos, pero Cebrián fue el que me descubre de forma definitiva. Él fue quien nos hizo sentir a Carlos y a mí como comunicadores radiofónicos, quien confió en nosotros, y en nuestra sección de misterio, de la que pensaba que marcaría un hito dentro de este sector. Y acertó. ¡Siempre acertaba!

Juan Antonio Cebrián era de esa clase de personas que dan luz a este mundo por sus conocimientos, por su simpatía, por su saber estar y por su capacidad de sacar lo mejor de cada uno, la parte más creativa, más luminosa

¡Y tanto! La comunidad de oyentes de La Rosa de los Vientos —«rosaventeros» o «mejillones [5]»— ha sido incluso objeto de estudio académico por su fidelidad e ingenio a la hora de recopilar y salvaguardar vuestros programas. Cuando la cadena todavía no contaba con un servicio de podcasting verdaderamente articulado, los propios usuarios optaron por la creación de sus propios canales en los que colgaban los programas completos y un archivo por secciones con una calidad mejor que el de la propia cadena.

Me consta, sí. Es un orgullo.

Vuestros «Monográficos zona cero», por ejemplo, son una reliquia conservada como un tesoro para muchos oyentes. Te lo tengo que preguntar. Las célebres psicofonías radiofónicas o parafonías que protagonizaron muchos de ellos, ¿daban risa, miedo o respeto?

Siempre que se habla de psicofonías se busca su entorno morboso, y por eso a mucha gente le dan miedo. Creo que precisamente por eso, porque nosotros no las tratábamos desde ese punto de vista, nuestros monográficos de las psicofonías gustaron tanto.

 

Hablábamos de ellas con naturalidad, porque es lo que son. Están ahí, no sabemos bien su origen, pero —por lo menos en lo que respecta a las que nosotros emitíamos— no eran un fraude.

Jesús Callejo Leotopía

Vamos con más hitos. Hace unos meses, el 5 de julio, se cumplieron 20 años de esa primera Alerta Ovni Universal [6] (5J) en la que Cebrián logró reunir a todos los que, en ese momento, formabais parte de la «familia del misterio». Duró cinco horas y congregó a más de un millón de personas.

Sí, recuerdo esa noche de una manera muy cariñosa. Fue mi primera y mi última alerta ovni. Sabía que estaba formando parte de una noche histórica porque había movilizado tierra, mar y aire. No sólo estábamos implicados todos los grandes investigadores y ufólogos que había en España, si no también fuera de nuestro país. La que había montada allí fue picuda… Eso sólo lo puede conseguir la radio, y un conductor con el carisma de Juan Antonio Cebrián.

Tu participación se produjo desde la misma silla de Felipe II en El Escorial de Madrid. ¿Lo escuchamos de nuevo?

¡Claro!

 

Formar parte de esto, además en un momento en el que todavía no participaba de manera tan activa en el programa, para mí fue todo un orgullo y una muestra de confianza.

Estabais sentando en cierta medida las bases de lo que iba a ser el periodismo especializado en el misterio, en la historia… ¿Erais conscientes de ello y del alcance de vuestras tertulias de las cuatro Cs —Cebrián, Callejo, Canales y Cardeñosa—?

No, por lo menos yo no era consciente. Sabía que estábamos haciendo algo que era más que un programa de radio. Estábamos creando una familia. Y eso no es fácil. Para empezar, sólo puede suceder cuando cuentas con un paterfamilias con su carisma.

Es ahí cuando te das cuenta deque Juan Antonio Cebrián no sólo era un comunicador, un buen periodista, un buen escritor, un buen locutor o un buen historiador, sino que era la persona que canalizaba todos los intereses que había en esa comunidad del misterio. Consiguió que mucha gente se acercara y formara esa familia rosaventera, esa familia de los mejillones [ríe]. Esa era otra de sus cosas buenas. Su capacidad para crear slogan o personajes.

El «Fuerza y Honor».

Sí, el «Fuerza y Honor» es el más conocido, pero había muchos más. Sacaba lo mejor de cada uno de nosotros, y también el personaje que tenemos dentro, porque todos somos personas, pero cuando estás en la radio, de alguna manera, también eres un personaje. El caso de Juan Ignacio Cuesta tal vez sea de los más representativos, como profesor Bacterio o Fray Juan Ignacio de la Cuesta.

Fue un buen mentor, un buen tutor, un buen chamán, un buen brujo [ríe] que, luego, alrededor de la hoguera virtual que es la radio, conseguía hacer aflorar las historias de manera fluida y amena.

En La Rosa de los Vientos sabía que estábamos haciendo algo más que un programa de radio. Estábamos creando una familia. Y eso sólo puede suceder cuando cuentas con un paterfamilias con el carisma de Cebrián

Lo conseguía también sobre el papel. Tú lo sabes bien, como parte «responsable» de su faceta como escritor a través de la editorial Corona Borealis.

Era un paso casi casi obligado. Nos gustaban mucho los libros, y montar nuestra propia editorial —entre Carlos y yo— era una forma de «controlar» el producto y de dar la oportunidad de publicar a personas que en ese momento apuntaban grandes valores y un gran futuro. Fuimos los primeros en publicar las obras de Pablo Villarrubia, Nacho Ares, Iker Jiménez o Juan Antonio Cebrián.

En el caso de Cebrián, cuando sacamos sus Pasajes de la Historia confirmamos la idea inicial que nos llevó a proponérselo: Cebrián era una «vaca sagrada» en el mundo de la historia y del misterio, donde había muchísima gente que estaba deseosa, hambrienta de degustar los platos que él les ofrecía.

Te quedaron ganas para más experimentos. También eres promotor de la iniciativa turística Anima Mundi: rutas por la Iberia Mágica, y del Museo de la España Mágica en Toledo.

Siempre me meto en líos, sí [ríe]. Soy culo inquieto, me interesa todo lo divino y lo humano, y como el destino te va poniendo en el camino a muchas personas afines, hizo que conociera a gente estupenda de Toledo que había creado por su cuenta lo que se llama la OTO —Orden del Toledo Oculto—: Gonzalo Rodríguez y Julio César Pantoja. Con ellos nace la iniciativa de ofrecer rutas interesantes, no sólo por Toledo, sino por toda España.

 

Y con el Museo pasó algo parecido. No existía nada así, así que pensamos que era una buena idea. Fue un trabajo muy arduo —conseguir que alguien de un solo vistazo vea la riqueza cultural, antropológica y mágica que tenemos en nuestro país—, pero muy bonito. Creo que quedó un museo pequeñito, recoleto y molón, bastante molón. Sólo el lugar en el que se encuentra —una cueva islámica del siglo X, con dos manos de Fátima dibujadas en el umbral de la entrada— tiene una resonancia, una vibración, una energía muy especial…

Hablando de lugares mágicos y resonancias, comentábamos hace poco con Ricardo Magaz lo idóneo de la radio para lo misterio y lo fantástico…

¡Claro! La radio es esa transmisión del poder de la palabra, donde ésta llega a muchísima gente, pero, sobre todo, llega con la textura, la tonalidad y el enfoque que tú le quieras dar.

Mucha gente cree que la palabra sólo sirve para comunicar, pero también sirve para transmitir sensaciones. La radio —más aún la radio nocturna— te da ese estado por parte del oyente de confianza, de conspiración, de empatía… Te permite recrear mundos. ¿Qué es lo que hacía Juan Antonio Cebrián  con los Pasajes de la Historia? Contaba un episodio que el oyente podía más o menos conocer, pero al recrearlo con la voz, con la textura y, sobre todo, con los matices que él le daba, le permitía ir añadiendo en ese puzzle imaginario sonoro las piezas que faltaban.

Esa es la magia de la radio. Crea la cercanía, confianza y confidencialidad necesaria para que el mensaje no sólo llegue a la mente, sino también al corazón.

Jesús Callejo Leotopía

En todo el tiempo que llevamos conversando, salvo Silvia Casasola, todavía no ha salido el nombre de una mujer. ¿El misterio es territorio masculino?

Hombre espero que no [ríe]. Es cierto que hasta hace muy poco los que escribían sobre estos temas eran casi siempre hombres, pero curiosamente luego los que compran esos libros y acuden a este tipo de rutas o congresos, son en su mayoría mujeres.

¿Qué quiere decir? Que por la circunstancia que sea, hasta día de hoy —aunque ya va cambiando poco a poco—, las mujeres están más en el papel de alimentarse de este tipo de información que de transmitirla. Pero ya está cambiando, cada vez hay más mujeres que escriben, que investigan, que viajan y que se sienten más partícipes y más activas en todo este tipo de temáticas.

Te mantienes al lado de Silvia Casasola en La Rosa de los Vientos hasta 2012, momento en el que anuncias a través de un comunicado tu despedida del programa después de 15 años ¿Difícil decisión?

Bueno, es un tránsito que nunca sabes en qué va a acabar… Tomé la decisión porque tenía otro tipo de inquietudes, de proyectos, y entendí que mi etapa en La Rosa había terminado, igual que lo entendieron Carlos Canales o Juan Ignacio Cuesta. Faltaba ese factótum que de alguna forma nos estaba uniendo.

Pero al poco tiempo, en marzo de 2013, os reunís de nuevo entorno a los micros. Nace La Escóbula de la Brújula.

Sí, las tres Cs que ya formábamos parte de La Rosa estábamos ahí, y a este proyecto se unen, en un primer momento, otras personas como David Sentinella o Marcos Carrasco, un gran pintor al que le dimos el reto importantísimo de que transmitiera obras de arte en la radio. Imagínatequé marrón… [ríe], y sin embargo, lo hizo de forma genial.

Surge como un proyecto pequeñito, y, burla burlando, hemos llegado a la sexta temporada con un programa que cada vez está más consolidado, cada vez tiene más oyentes y poco a poco ha ido consiguiendo esa magia de la que hablábamos antes.

La de generar una gran familia, en este caso de «escobuleros».

Exacto. Nuestros oyentes no valoran sólo lo que contamos, sino cómo lo hacemos. Intentamos hacer no sólo un programa de radio, sino un espacio con más ramificaciones y puntos de encuentro como rutas, viajes o congresos.

De nuevo, la magia de la palabra aúna y se enriquece con los oyentes, porque como decía un gran poeta francés: «Amor no es mirarse el uno al otro, sino mirar los dos en la misma dirección». Un programa de radio no sólo consiste en mirar al micrófono, sino en mirar junto a los oyentes en una misma dirección. Y eso es lo que estamos consiguiendo, que mucha gente se una a nuestro proyecto, que se esté subiendo a nuestra escóbula voladora [ríe].

Un programa de radio no sólo consiste en mirar al micrófono, sino en mirar junto a los oyentes en una misma dirección. Y eso es lo que estamos consiguiendo en La Escóbula de la Brújula

¿Estás familiarizado con el nombre de Francisco Vera Saz?

No, no me suena…

¿Si te digo Radiochips?

Sí, ahora sí.

Este blog lleva, desde 2009, analizando la actualidad radiofónica de nuestro país. En abril de 2013 publica la entrada La rosa sin pétalos, en la que comenta: «Tengo la sensación de que La Rosa de los Vientos ya no es lo que era. (…) Poco a poco, en plan goteo, [los colaboradores habituales] se han ido yendo del programa. Me refiero sobre todo a Carlos Canales y Jesús Callejo, pero bueno, hay más». Habla de una especie de escisión en la familia del misterio.

No, yo no creo que haya escisión. De hecho, muchos «rosaventeros» son «escobuleros», o sea, escuchan los dos programas.

Como director de La Escóbula, desde el primer momento dejé claro —y de hecho en los primeros programas lo decimos— que somos herederos tanto de los grandes programas de la radio como Espacio en Blanco o La Rosa de los Vientos, como de los adalides del misterio como Germán de Argumosa o Jiménez del Oso. Somos herederos de su espíritu, del espíritu, por ejemplo, que nos inculcó Cebrián de ser joviales, divulgativos y dejar a un lado los elementos polémicos. Siempre nos dijo: «Nunca habléis de política, nunca habléis de fútbol». Y efectivamente, eso hacemos [ríe].

Desde el principio teníamos claro que nuestro objetivo no era crear un programa que compitiera, sino todo lo contrario, hacer un programa hermano. De hecho, por La Escóbula han pasado muchísimas personas que han seguido estando activas en La Rosa de los Vientos.

Siempre hemos intentado aunar y nunca hemos entrado en esa posible polémica. Otra cosa son los pareceres, las teorías, las opiniones de ciertas personas que sí quieren crear una cierta confrontación. Está claro que la actual Rosa de los Vientos es una Rosa de los Vientos completamente diferente a la de la época de Cebrián. Eso está claro, y hay gente a la que le gusta y gente a la que no. Nosotros no entramos en esa polémica.

Jesús Callejo Leotopía

Desde el comienzo habéis ido «viajando» de un formato a otro. De Radio Vallekas al podcast, pasando por Radio 4G y, ahora, con Spain Media Radio.

Para que veas que todos los proyectos que están vivos, nacen de una manera, se desarrollan y van creciendo en función de las oportunidades y del buen o mal hacer que tengas.

En nuestro caso estamos muy agradecidos, primero, a Radio Vallekas, porque son los primeros que nos ofrecen unos estudios para empezar un programa que no sabíamos qué futuro iba a tener. Prácticamente partíamos de cero. Más tarde, a José Antonio Abellán, que nos permitió formar parte de su proyecto de Radio 4G, con el que continuamos creciendo. Si somos lo que somos es gracias a que fuimos lo que fuimos, así que les estamos muy agradecidos.

Y desde hace poquito estamos con Spain Media Radio, que a nivel técnico nos ofrece prácticamente lo mismo, pero tiene un respaldo más mediático y además hacen algo casi insólito en este país: pagar por nuestro trabajo [ríe].

Está la cosa complicada, sí [risas]. Pero sí que habías explorado diferentes vías de monetización. Desde el mecenazgo, a la venta la venta de merchandising relacionado con la temática del programa.

Sí, sí, y seguiremos explorando. Porque nos hemos dado cuenta de que la cultura gratis no se valora.

Es verdad que en algunos casos tiene que ser gratuito e incluso benéfico, pero cuanto más gratuito sea, a veces, menos se valora. Hay que cambiar el chip, y cobrar, no grandes cantidades, pero sí lo suficiente como para que se reconozcan y se pongan en valor ciertas actividades.

No es que ahora tengamos un sueldo, ni vayamos a poder vivir sólo de la radio, pero al menos, el que nos paguen una cierta cantidad por hacer el programa es un gesto que dignifica un poco la profesión y de alguna forma a nosotros nos permite también hacer según qué tipo de cosas.

¿Qué libro te aprenderías de memoria para poder radiarlo y preservarlo en caso de un Fahrenheit 451?

[ríe] Buena pregunta. A ver… Creo que sería El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Parece un libro pequeño y breve, pero es impactante y reúne todas las características de lo que es un buen contador de historias.

Un «tusitala [7]», como también te reconoces…

Soy un contador de historias, es verdad. Me reconozco como un cuentista en el buen sentido de la palabra [ríe]. El cuento es una forma fantástica de llegar a la mente y al corazón de la gente y sobre todo de despertar conciencias. Como decía Anthony de Mello, el camino más corto entre la verdad y el ser humano es un cuento.

Jesús Callejo Leotopía

Si España es Fabulosa, La Rioja es mágica y Madrid es insólito, ¿qué es León?

Ya se nos van acabando los adjetivos ¿no? [ríe] A ver, León… ¿Qué te diría? Resumido en una palabra, ¿no?

Sí.

Para mí León es la fascinación. Es fascinante a todos los niveles. No sólo es la Pulchra leonina, no sólo es la basílica de San Isidoro, sino todo lo que tiene de origen romano, y de todas las culturas que han pasado por aquí. Porque León es lo que es gracias a todos los grandes pueblos que han dejado su impronta. No por casualidad tiene una de las catedrales más bonitas de Europa, y una de las reliquias más fascinantes…

¿El Santo Grial? Fíjate, mucho antes de todo lo que se ha formado entorno a esta pieza, en 2003, escribiste un relato con el Grial como protagonista. ¿Recuerdas Está Aquí [8]?

Sí [ríe]. Creo que nunca se va a poder demostrar cuál es el Grial auténtico de todos los que dicen que hay por Europa. Para mí prácticamente todas las grandes reliquias de la cristiandad son falsas, pero por el simple hecho de que no comenzaron a aparecer hasta el siglo IV… ¿Qué ha pasado antes? Son todo leyendas.

Además, tengo la teoría de que, en realidad deberíamos estar hablando no de uno, sino de trece griales, uno por cada comensal en la última cena. Posiblemente el grial más divertido sería el grial maldito, el de Judas, pero ese nadie lo busca [ríe].

Creo que nunca se va a poder demostrar cuál es el Grial auténtico de todos los que dicen que hay por Europa. Para mí prácticamente todas las grandes reliquias de la cristiandad son falsas...

En estos cuarenta años de dedicación al mundo del misterio ¿en qué has dejado de creer por tener información que avala que no era cierto y en qué has dejado de creer por perder la ilusión?

He dejado de creer en los vendedores de sueños, en esas personas que, aprovechándose de estas temáticas, intentan sacar su propio provecho. Pero no dejo de creer en todo lo demás. Sigo creyendo en la magia y en aquello que nos hace mejores personas, y cuanto más investigo y más estudio estos temas, más creo en ellos y más me doy cuenta de que lo que nos cuentan no es verdad. Pensar que lo sabemos ya todo es un síntoma de ignorancia. No podemos perder la capacidad de descubrir, de explorar… y de creer en la intuición, en lo que no se ve.

Tan importante es la razón, la documentación, las pruebas, como esas cosas que no puedes saber de forma empírica, sólo de manera intuitiva. Creo en esa magia, en ese más allá, en todo el mundo invisible que nos rodea. Y creo que hay interruptores que de pulsarse, nos abrirían las puertas a ese mundo de par en par…

Jesús Callejo Leotopía

[1] Pierre Dubois es considerado como el «padre de la elficología» al acuñar este término en referencia al estudio de los elementales de la naturaleza.
[2] Duende propio de la mitología asturiana.
[3] La teoría de la intrusión es propuesta por Jesús Callejo y Carlos Canales en un intento de explicar la realidad del fenómeno OVNI. Según ésta, los avistamientos sin explicación aparente se deben a una distinta percepción del tiempo y del espacio por parte del observador.
[4] Nombre que recibían los seguidores del espacio radiofónico Turno de Noche de Onda Cero, en antena desde 1991 hasta 1997.
[5] El mítico programa La Rosa de los Vientos regresó a los micrófonos de Onda Cero en septiembre de 2004 tras caerse de la parrilla la temporada anterior. Su conductor, Juan Antonio Cebrián, recurrió a un lema atribuido al esclavo rebelde Espartaco: «“Volveremos y seremos millones”, porque vosotros así lo habéis querido». Con el sentido del humor que le caracterizaba, el locutor mutó los «millones» en «mejillones» durante una tertulia de madrugada y los oyentes recogieron el guante con cariño, pasando a autodenominarse así en esta nueva etapa del programa, sin olvidar términos más clásicos como el ya citado «rosaventeros».
[6] Con motivo de la conmemoración del 50º aniversario del supuesto accidente de un ovni en la localidad de Roswell —Nuevo México— el 6 de julio de 1947, Cebrián logró reunir a todos los investigadores serios del misterio en la que se llamó «La noche de los cazadores de ovnis».
[7] Nombre que le dieron los indígenas de Samoa al escritor Robert Louis Stevenson, queriendo decir con ello que era «un narrador de historias», capaz de embelesar y sorprender con cada uno de sus relatos.
[8] Del 23 de abril al 3 de mayo de 2003, el tren turístico de FEVE, el Transcantábrico, se embarcó en un innovador proyecto de carácter cultural bajo el nombre de Sobre raíles. Veinticuatro escritores realizaron el viaje desde Ferrol hasta León, escribiendo un relato. Jesús Callejo escribió Está aquí. Dice así: «Busco el Grial. Mejor dicho, lo buscaba. (…) Somos muchos los que hemos buscado el Grial y esta palabra contiene su secreto y su error. Soy uno de tantos que se han afanado por saber lo que es y dónde se encuentra. (…) Hace tiempo que me di cuenta de que la documentación era básica para cualquier búsqueda y mucho más para encontrar el Grial pero también me di cuenta que el engaño de la mente estaba precisamente en esa información acumulada durante años. (…) Les voy a revelar el primer secreto: el cáliz de la Última Cena de Jesús de Nazaret no es el Grial, no al menos como yo lo concibo. (…) ¿Por qué sé que este tren guarda un secreto? (…) El Grial no es el Arca de la Alianza de los judíos, ni el cáliz de la Última Cena de los cristianos, ni un cofre, ni una espada, ni una mesa, ni un linaje, ni una piedra caída del cielo… Es algo que estaba en el Templo de Salomón, que llegaron a custodiar los caballeros templarios, que pasó a manos de magos, que estuvo escondido en templos de varios países y que ahora está en España. Y tiene que estar en continuo movimiento, camuflado entre otros espejos, a la vista de todos para que nadie lo vea por mera rutina… (…) Está aquí, en este tren. No me corresponde revelarlo a mí todo. Hay que buscar y conocer las cualidades que dicen las leyendas que posee y guarda el Grial: un objeto que otorga una sabiduría infinita teñida de inmortalidad. (…) Les revelo el segundo secreto: la mejor manera de ocultar un objeto de valor a la vista de nadie es que esté a la vista de todos».

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