Museos — 16/01/2017

Museo del Ferroviario de Cistierna: el refugio del Hullero

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Cistierna reposa entre los primeros copos del año. Faltan cinco minutos para las tres de la tarde, aunque no es necesario consultar la hora. El traqueteo del tren resuena entre los bloques de pisos del barrio de La Chimenea. Ya no llega entre nubes de humo, pero pita y avisa de su entrada en la estación como si fuera un visitante cortés. Forma parte del mapa urbano del municipio desde el 11 de agosto de 1894, cuando quedó inaugurada la línea férrea que unía La Robla con Valmaseda. Un total de 345 kilómetros que la convertían en la senda de vía estrecha más larga de Europa. A escasos metros de la estación, en el antiguo economato del Ferrocarril de La Robla-Bilbao, Cistierna protege del olvido sus años gloriosos como ciudad ferroviaria. El Museo del Ferroviario abrió sus puertas el 10 de julio de 2009 y lo hizo como primer museo de España dedicado no a los trenes, sino a sus trabajadores. Un enfoque particular, que sin duda condiciona la estructura del espacio y logra aproximar al visitante a la parte más humana de la profesión. No cuenta con máquinas, trenes ni vagones, pero sí con toda clase de documentos, utensilios y herramientas relacionadas con el día a día del trabajador y, cómo no, del propio viajero.

Interior del Museo del Ferroviario de Cistierna
Manuel Suárez, responsable del Museo del Ferroviario de Cistierna

Manuel Suárez, Concejal de Industria del municipio, maquinista jubilado y miembro de la Asociación de Ferroviarios de San Fernando, es el encargado de abrir sus instalaciones y ofrecer visitas guiadas. Lo hace con el cariño y la dedicación de aquel que ha vivido amando su oficio, y también con el orgullo de haber jugado un papel fundamental en la puesta en marcha del museo. El proyecto, eso sí, no se concibe sin la ayuda y colaboración de muchas de las familias cuyas vidas giraron en torno al ferrocarril.

 

Cuenta Manuel que, en los orígenes, el tren únicamente cubría la necesidad de trasladar el carbón de la rica zona minera de León y Palencia al País Vasco, y que, con el tiempo, la línea pasó a ofrecer un servicio mixto de mercancías y viajeros. Aquel ingenio se convirtió en el motor económico de la zona, actuando también como un puente que brindaba a los oriundos la posibilidad de salir de su casa en busca de otras oportunidades laborales.

La primera de las salas que conforman este sentido homenaje al ferroviario, está dispuesta en lo que otrora fue la tienda del economato. En ella, se suceden decenas de objetos y documentos que recrean el quehacer diario, independientemente del cargo o categoría a la que perteneciesen. Ahí reposan los banderines —amarillo precaución, rojo parada, verde vía libre— del jefe de estación, las briquetas empleadas por el fogonero para avivar la combustión de la locomotora, el capote del guardafrenos o el viejo uniforme que ya no viste el maquinista.

Son objetos inanimados, pero hablan de costumbres y necesidades de épocas pasadas. El Museo del Ferroviario revela que el miedo a los accidentes, por traer aquí un ejemplo, se intentó paliar instalando botiquines con dotación médica en cada una de las dependencias del tren, ya desde mediados del siglo XIX. Y ahí están, en el museo, como mudos testigos del tiempo. También las básculas, que cargaban las mercancías y marcaban el precio de facturación.

Y es que, en un momento en el que el tren era el medio de transporte más utilizado, en sus vagones de carga había espacio para el carbón y los paquetes, para los animales camino de las ferias, e incluso para los cuerpos de los vecinos fallecidos lejos de casa. Viajes duros, viajes largos, fríos la mayoría. Todos se llevaban mejor con el estómago lleno. Para poder comer caliente, maquinistas, fogoneros y guardafrenos idearon la olla ferroviaria.

 

Más de medio siglo después, cocinar en las ollas es costumbre en la festividad de los ferroviarios. Cada año, el fin de semana más próximo al 30 de mayo, día de San Fernando, Cistierna rememora esta bonita tradición gastronómica con su concurso de ollas, que en la última edición de 2017 reunió a más de cincuenta participantes de origen leonés, pero también cántabro o asturiano. Es otro ejemplo de la capacidad de aglutinación del tren, de sus maneras de enlazar paisajes, gentes y formas de vida. El conocido como  «Hullero» ofrecía sus servicios a pasajeros de todo orden y condición. Los más románticos se referían a él como el «tren de la amistad», a propósito de las relaciones nacidas entre desconocidos, que tras horas y horas de viaje ya no lo eran tanto al llegar a la estación de destino.

El Museo del Ferroviario recrea la elegante oficina de circulación del jefe de estación, donde el visitante puede ser testigo del importante salto tecnológico vivido en el contexto ferroviario. Es un rincón para los plumines, la tinta y la comunicación basada en el código Morse, que la compañía explotaba a través de sus propios hilos de teléfono paralelos a la vía. Este sistema universal logró perdurar en el tiempo gracias a su simplicidad y a la posibilidad de recibir y emitir mensajes de manera rápida y efectiva. Su uso ha dejado para la posteridad otro inconfundible recuerdo sonoro asociado al oficio:

 

Este y otros sonidos, como el de las campanas de la estación —convertidas en piezas de exposición desde la llegada de la megafonía— o el de las cornetas reemplazadas por silbatos, forman estampas inseparables en la historia del ferrocarril, tanto como las despedidas al borde del andén cuando la maquinaria se pone en marcha.

El sonido, el olor, la estética, la nostalgia… el mundo del tren desprende ese «algo» tan especial que le ha convertido en un icono recurrente para la expresión artística. Literatura, fotografía, pintura, y todas esas artes unidas en el universo de la cinematografía han buscado inspiración entre vías y andenes.

Todo esto no los hemos encontrado el visitar el Museo del Ferroviario. Piezas rescatadas de rincones insospechados, donaciones cargadas de sentimiento y corazón, imágenes en blanco y negro que parecen sacadas del celuloide, documentos que hablan de accidentes y víctimas, máquinas que parecen pedir a gritos otra oportunidad, carteles publicitarios que promocionaban sus productos en las fachadas de las estaciones, y sobre todo, recuerdos que se resisten a ser olvidados.

Después de su integración en RENFE-ADIF en enero de 2013, la antigua FEVE de vía estrecha no pasa por su mejor momento. Hace más de un siglo el tren llegó para estimular la economía, el transporte y a fin de cuentas, el futuro; pero hoy, los recortes en plantilla, en distribución y en servicios generan desconcierto entre los viajeros y los vecinos que temen que su ausencia apuntille la vida de los pueblos más pequeños. Los mismos a los que el tren abrió una vez las puertas del mundo.

Oficina de circulación del jefe de estación en el Museo del Ferroviario de Cistierna

Museo del Ferroviario

Lugar: Avda. Peñacorada, 1, 24800 Cistierna, León

Para visitar el Museo o concertar visitas guiadas a grupos es necesario llamar para reservar a los teléfonos:

987 700 002 o 638 025 850

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