Ciencia & Tecnología, Ocio — 11/09/2017

Radios antiguas de Juan Reyero: el coleccionista de voces dormidas

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La radio. Ese aparato mágico capaz de generar imágenes en la mente del oyente a través de la palabra, la música, los efectos y el silencio. El mismo que, de la mano de Reginald Aubrey Fessenden, logró transmitir la primera radiodifusión de audio de la historia en la Nochebuena [1] de 1906. La «caja musical» que David Sarnoff quiso incorporar en cada hogar americano en 1915 y que se convirtió en un activo comunicativo clave durante la Primera Guerra Mundial. Aquella que en España se encargó de anunciar en exclusiva la victoria franquista del 1 de abril de 1939 y el fracaso del golpe de estado del 23 de febrero de 1981 en la que se conoció como «la noche de los transistores». La radio.

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Esa misma radio no sólo nos ha contado —y nos cuenta— como ningún otro medio la última hora informativa. A su alrededor fluyen muchas historias. La que hoy presentamos es la de Juan Reyero Riaño (Vitoria, 1934), músico de profesión y radiotécnico de corazón. El relato puede comenzar con su nacimiento en el País Vasco, donde está destinado su padre, de origen riañés. Con apenas doce años llega a León, ciudad donde con el tiempo, comienza su formación musical. «Estudié música por correspondencia en el Instituto Mózart de Barcelona, un centro de enseñanza de acordeón», cuenta Juan. Y es así, al ritmo de su acordeón, como acaba asentándose en el Páramo leonés. «Tras tocar en otras orquestas, coincidí con unos chicos de Urdiales del Páramo y formamos nuestro grupo. Íbamos de allá para acá, donde nos llamaban. Después conocí a mi mujer, y decidimos quedarnos en Santa María del Páramo». Durante un tiempo, Juan también trabaja como técnico de reparación de aparatos eléctricos. Es su primer contacto con un mundo que, desde pequeño, le llama poderosamente la atención.

 

La primera vez que desmonta un aparato de radio apenas ha cumplido veinte años. Comienza a leer revistas sobre el tema y, finalmente, opta por formarse algo más en la materia. «Hice un curso por correspondencia de radiotécnico, pero no de manera oficial, por eso no tengo diploma. Conocía a un chico en León que lo había hecho y me dejó todos los materiales. Lo hice todo por mi cuenta. Llegué incluso a montar un aparato de lámparas con pilas, nada de corriente», cuenta orgulloso, «aunque en ese momento no guardé nada, y ahora me pesa no haberlo conservado», confiesa.

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Habría sido, sin duda, una pieza especial con la que comenzar la exposición que nos ha llevado hasta Santa María del Páramo. Llegamos a este municipio del sur de la provincia el mismo día que comienza su programa de fiestas. Lo hace, precisamente, con la inauguración de la colección de radios antiguas de Juan Reyero Riaño. En la Sala de Exposiciones Municipal descansan cuarenta y una de las cuarenta y tres radios de época que Juan ha logrado reunir en poco más de tres años.


EL ORIGEN DE SU COLECCIÓN DE RADIOS ANTIGUAS

Juan dedicó su vida a la música, pero llegada la jubilación, redescubrió antiguas pasiones. «Hace seis veranos visitamos el Museo de la Radio ‘Luis del Olmo’ de Ponferrada y estando allí tuve como un sueño, un sueño de verano—bromea—. Al ver todos los aparatos me entró algo… soy una persona muy activa, no valgo para estar sentado, tengo que estar constantemente haciendo cosas, así que pensé que, ya que había trabajado durante un tiempo como radiotécnico, podía intentar tener mi propia colección de radios antiguas, arregladas por mí, claro». Porque a Juan, lo que de verdad le fascina, es el aparato en sí, volver a poner en funcionamiento la maquinaria de su interior. «Si cae en mis manos una radio que ya funciona, para mí no tiene valor. Lo que me gusta es poder arreglarlas». Localizar la primera fue relativamente sencillo. Recuperó un modelo fabricado en la España de 1955 de su propio desván.

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La siguiente pieza, sin embargo, hubo de cruzar la frontera antes de acabar en su pequeño taller casero. «La compré en un viaje que hicimos a Portugal. Fue, como quien dice, mi primer bautizo. Estaba de pena, con las lámparas estropeadas, el altavoz oxidado… me costó muchísimo ponerla en funcionamiento… pero lo logré», afirma satisfecho.

Las radios antiguas descansan inertes en las estanterías y catálogos de anticuarios y mercadillos, esperando a que personas como Juan se animen a insuflarles de nuevo el sonido de la vida. Y en este proceso de búsqueda y adquisición, nuestro protagonista ha encontrado en Internet, a sus 83 años, el perfecto aliado. «La mayoría de los aparatos los he comprado por Internet. ¡Me he quedado asustado con la cantidad de gente que los colecciona y también con lo que son capaces de pagar para que se las arreglen, hasta doscientos euros!», nos cuenta.

En esta aventura, su mujer, Florentina Ámez (Nina)—Presidenta de la Asociación Comarcal de Jubilados y Pensionistas «La Paramesa»—, también ha jugado un papel importante. No sólo le ha ayudado a conseguir algunas piezas, sino que le acompaña en el proceso de restauración de las mismas. «Cuando me llegan a casa, la mayoría de radios están de pena, incluso algunas vienen con polilla. No sólo las arreglo por dentro y repongo las piezas rotas o estropeadas, también las limpio y les doy una mano de pintura», apunta Juan. Las más de cuarenta radios antiguas de nacionalidad francesa, alemana, portuguesa y española que nos rodean mientras conversamos dan buena cuenta de ello.


EL PROCESO DE RESTAURACIÓN 

Tras cada nueva adquisición, Juan procede, en primer lugar, a realizar un adecuado y detenido examen del aparato en cuestión. «Algunas radios pueden estar cuidadas por fuera, pero esconder en su interior humedades, roturas o averías en sus circuitos», afirma. Por eso, es recomendable no someter a tensión a ningún aparato antes de conocer su estado exacto. «De la mayoría de ellos he tenido que cambiar el transformador porque generalmente vienen a 125 voltios, pero a veces se me olvidaba y al enchufarlos sin más, empezaban a echar humo… En ocasiones he tenido que poner un cartelito y todo», nos cuenta divertido.

De todas formas, es en la compra de recambios donde Juan se encuentra con las mayores dificultades. «Es muy difícil localizar lámparas y que no te cobren una barbaridad por ellas», nos dice. No se trata, además, de una pieza cualquiera. El desarrollo de la Telegrafía Sin Hilos (TSH) primero y de la radio después está directamente vinculado con la aparición de la lámpara electrónica.

Las radios antiguas descansan inertes en las estanterías y catálogos de anticuarios y mercadillos, esperando a que personas como Juan se animen a insuflarles de nuevo el sonido de la vida

Es por eso que, junto con otros elementos del aparato, la lámpara sirve para identificar fácilmente la fecha de fabricación del mismo, incluso aunque carezca de marca o de cualquier referencia de identificación. «Para mí son la característica principal a través de la cual reconocer la época de la que es la radio. Varían en el tamaño, la forma, la posición… También el altavoz y la forma de la propia radio, el mueble, te da muchas pistas», reconoce.

Porque en las radios antiguas no sólo ha habido una evidente evolución tecnológica. Las peanas, los muebles de arcón, de capilla o los inspirados en el Art Deco nos hablan también de cómo era, qué le gustaba a la sociedad de cada época y qué lugar ocupaba el aparato en sus casas. A mediados de los años veinte, por ejemplo, se construyen en hermosas cajas de madera de nogal, cerezo o caoba, casi siempre con forma apaisada y mandos colocados en el panel frontal. Con el inicio de la década de los treinta los techos del mueble comienzan a redondearse (adoptando la conocida forma de capilla) y a partir de 1935 se popularizan los diales con los nombres de las emisoras. Con los años cuarenta se incorpora el llamado «ojo mágico», una lámpara de radio de color verde que facilitaba al usuario sintonizar con la estación deseada. En los cincuenta la tendencia viene marcada por un mueble mucho más reducido y apaisado, con un único altavoz y los mandos situados en la parte más baja del aparato.

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«De entre toda mi colección de radios antiguas, la más rara y la más costosa es, por ejemplo, la que tiene forma de capilla», afirma Juan. En cuanto a la calidad del sonido, lo tiene claro. «El sonido es más puro, se escucha mucho mejor cuando el material con el que se ha hecho el mueble es madera y no baquelita», (una resina sintética introducida en España a partir de los años cuarenta, pero ya popular en la América de los años veinte).

¿Cuáles son sus herramientas de trabajo? «Un buen tester para medir las corrientes o las resistencias, un oscilador de RF para ajustar los aparatos y mucha paciencia y pasión», contesta Juan. Trabaja en su propia casa, en una de sus habitaciones, en donde, de manera habitual, reposa su preciada colección. «Tengo dos bancos sobre los que trabajo, aunque uno está lleno de ‘telares’ porque no me atrevo a tirar nada… (ríe); y dos estanterías, una enfrente de otra, en las que están colocadas todas las radios, algunas apiladas encima de otras». Allí se tira «dos o tres horas por la mañana y otras tantas por la tarde».

El suyo es un coleccionismo particular. No sólo consiste en reunir el mayor y más variado número de elementos. También los arregla y vela por mantenerlos en buen estado. Para ello pone en marcha regularmente sus aparatos con el fin de verificar su correcto funcionamiento, pero también para evitar que el desuso haga de nuevo mella en alguno de sus componentes. Por eso Juan reconoce que las comprueba «casi a diario».

Mientras hablamos, varios vecinos y conocidos se acercan a Juan. Quieren felicitarle por el esfuerzo empleado y darle la enhorabuena por el resultado obtenido. Alguien le pregunta si tiene pensado seguir. «Por supuesto—contesta sonriente—, quiero llegar a los cien aparatos». La fiebre de la radio es difícil de explicar, pero afecta por igual a profesionales y aficionados, a locutores, técnicos, oyentes y románticos coleccionistas. Con más de un siglo de vida, es un medio de información y comunicación que goza de envidiable salud en plena era digital, tanta que aún se podría recurrir a eslóganes publicitarios de mediados de siglo que tendrían el mismo efecto en el presente, como ese que entonces rezaba: ¡Qué mejor cosa que la radio para pasar de un modo agradable las horas largas de las tardes y noches de otoño e invierno! ¿Por qué no abrir boca con una muestra que se remonta a los orígenes del medio? Después de todo, el calor de la radio es un buen antídoto para las estaciones frías…

Radios antiguas de Juan Reyero

Fechas: del 1 al 17 de septiembre de 2017

Lugar: Sala de Exposiciones Municipal de Santa Maria del Paramo

Horario: De Lunes a Sábado de 19:30hs a 21:30hs y Domingo De 12:00hs a 14:00hs

Entrada Gratuita

[1] Un «Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» con sonido de violín de fondo fueron los protagonistas de este primer mensaje navideño.

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