Literatura, Ocio — 30/01/2017

El Ágora de la Poesía o los versos libres de León

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«[…] tan oscura que en ella siempre es de noche, y tan fría que nunca deja de parecer enero». El propio Francisco de Quevedo, poeta del siglo de Oro español, describió con estas palabras la rigurosísima prisión en la que permaneció encerrado varios años, cuando los muros del Parador de San Marcos de León eran los de un convento real. Desde entonces han pasado casi cuatro siglos en los que el tiempo ha trabajado con pulso firme para cambiar el paisaje. Nada queda de aquella torre que ahogaba la libertad del maestro don Francisco —aunque no es descabellado interpretar a partir de sus escritos que sus grilletes estaban en un sótano—, ni de los usos que se dio al edificio en los tiempos del odio sin paz. Hoy San Marcos ya no es jaula sino palacio de oro y lejos de estar varado junto al río se integra con orgullo en la ciudad. A su paso avanza el camino hacia Compostela y frente a la fachada coloreada de luces amarillentas, el peregrino apoyado en el crucero sigue descansando los pies doloridos. Al fondo, un ágora, el Ágora de la Poesía.

Ágora de la poesía de León

Es de noche, y hace tanto frío que nunca deja de parecer enero, decía el maestro de las letras. El sentido común de los leoneses ha dejado la plaza vacía cuando el termómetro oscila entre uno y dos grados positivos, y a la hora de la digestión de la cena sólo de vez en cuando alguien cruza en diagonal o pasa por allí. Pero hay en este rincón abierto, ajeno al tumulto urbano y en la dirección del este cardinal, un espacio semicircular con aire de teatro clásico reservado para la poesía hasta la medianoche. La cita es inamovible desde hace tiempo. El último viernes de cada mes se reúne la asamblea de poetas aficionados y amantes de los versos, indomables ante el desaliento o la adversidad de las temperaturas. «En días así podríamos quedar más temprano», se quejará alguien a medida que avance la velada, añadiendo en tono de humor: «no hace falta que seamos héroes». Pero lo son. Y como tales, dan muestra de su valor manteniendo viva la llamada de la poesía, desvistiéndose por dentro para dejar sus sentimientos a la intemperie y al juicio de un público que no puede por menos reconocer la osadía con aplausos sinceros.

Poetas y oyentes van llegando al encuentro a cuentagotas. Casi todos se conocen porque, según parece, quien prueba la experiencia del Ágora de la Poesía suele repetir. «Más que una familia son muchas familias, porque no se crea ningún grupo cerrado», afirma Ramiro Pinto, uno de los impulsores del evento desde el principio. «El lema del Ágora es la idea madre: la poesía no compite, la poesía se comparte». Pinto habla con orgullo de lo que para muchos es un punto de referencia donde transmitir el cariño a la poesía y de cómo las personas que participan, tanto los que van a recitar como los que prefieren escuchar con los ojos cerrados, cuidan la idea.

Entre ellos está El Caminante, un tipo entrañable con apariencia de buhonero modelado en la imaginación de un escritor, que oculta su nombre y su mirada bajo el ala de un sombrero oscuro. «La magia de este encuentro está en la libertad. Puede venir todo el que quiera, y eso es lo bonito». Sus palabras, no exentas de emotividad, tienen la rúbrica perfecta con una pregunta de implícita respuesta que él mismo lanza al frío de la noche: «¿Veis puertas aquí?» Pues eso.

 

Poco a poco el Ágora de la Poesía del 27 de enero va tomando forma. Alguien enciende un foco que hace retroceder a la penumbra. Se coloca un micrófono más por símbolo que por necesidad. La acústica del lugar recoge y proyecta la voz como si la poesía se leyera en el gran teatro griego de Epidauro. El micrófono tiene una función silenciosa: es una mano alzada, una petición del poeta-lector para invocar el silencio y hacerse escuchar.

Ágora de la poesía de León

Antes de empezar, el frío es un tema de conversación recurrente, y el reparto de chocolate caliente se agradece como una bendición. Un rápido vistazo a los presentes revela que no hay edad, o dicho de otro modo, hay muchas edades entre los participantes del Ágora de la poesía. Felicia y Felisa pueden presumir de estar entre las mayores. La primera reconoce el estímulo que han sido para ella las clases de educación cultural de adultos a la hora de lanzarse a escribir. Sus textos hablan de la naturaleza y de los recuerdos de juventud y dice no escribir poesía sino relatos poéticos ya que no comparte el respeto reverencial al canon métrico. La segunda, es de la misma opinión. Recita de memoria y llama «vivencias» a unos poemas que versan sobre injusticias, el tiempo entre las estaciones o a la añoranza al pensar en su hija. Porque ya lo dijo El Caminante: «No se explica una poesía sin amor».

Ana Ibis es cubana, habla con ese acento edulcorado de los que vienen del otro lado del mar y tiene la mirada cargada de nostalgia por tanto y tanto que ha dejado atrás. Ella guarda lo que escribe, no se expone, se reserva, pero disfruta declamando los versos de quien admira.

 

Perpendicular a la Gran Vía de San Marcos, el tráfico discurre con suavidad. Los que pasan por allí miran curiosos y se acercan, pero no parecen entender. ¿Qué pasa ahí? ¿Qué hace esta gente? No saben que muchos escriben, recitan, escuchan porque les arde el alma. Aplausos discretos y sinceros. Sale el siguiente. Se acerca al micrófono. Explica la historia que le ha empujado a escribir. Cuando se recuerda a amigos o familiares que se han ido, suele costar trabajo terminar. Se comparten las mantas sobre las piernas y los hombros. El público del Ágora de la Poesía se estrecha como si buscara protección. Entre ellos también hay chicos jóvenes, savia nueva que camina a contracorriente sin rubor y que mantendrá viva la llama en el futuro. «Son poetas anónimos», dice él. «Mis amigos se ríen si les digo que un viernes por la noche voy a una lectura de poesía», apunta ella. Para bien y para mal, este es el mundo que nos ha tocado vivir.

 

El resto de la velada transcurre por los mismos cauces, los de la cercanía, la libertad, la ilusión. A las puertas de la medianoche se ha extendido un halo de magia que lo envuelve todo, un extraño sentimiento de hermandad. Hay algo que une a todos los que se reúnen aquí una vez al mes. Quizá sea un impulso por comunicar, una herida de esas que va dejando a su paso la vida o el deseo de tratar de sanarlas con versos propios o ajenos.

El Ágora de la Poesía ha motivado el contacto, pero también las tertulias y los encuentros más allá de la plaza. Sus organizadores, sus responsables que a fin de cuentas son todos los que se juntan alrededor del micrófono, no tienen ningún otro reto que dejar al Ágora vivir, que ruede libre y tome su propio camino, que motive revistas con el trabajo de los poetas anónimos o libros de poesía basados en noches como esta.

«Para mí la poesía es el lenguaje del sentimiento. Algo muy difícil de traducir. Es comunicación y sensibilidad en medio de una sociedad donde todo es cálculo, razón, geometría», resume Ramiro Pinto. Y cuando le preguntamos por el porvenir, por los Ágoras que aún le restan a este 2017, Ramiro nos remite a una estrofa compuesta por versos ajenos que es una declaración de intenciones:

«Deja pasar el viento sin preguntarle nada, 

su sentido es tan sólo ser el viento que pasa…»

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