Cine, Entrevistas, Literatura — 01/08/2017

Cristina Campos: «Facebook me quita mucho tiempo para leer»

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Reconocemos a la autora de ‘Pan de limón con semillas de amapola’ (2016) en el alboroto de la Feria del Libro de León. Menuda y vivaracha, Cristina Campos Mercader (Barcelona, 1975) discurre entre la gente con un atajo de folios bajo el brazo. Son copias de una entrevista que concedió tras la publicación de su primera novela. Las reparte a cualquier interesado, ya que afronta la promoción de su obra, esa que ha conseguido llegar a la décima edición, como una parte más del proceso creativo. La receta del éxito de esta directora de casting tiene tres sencillos pasos: amasa la vida con serenidad, elige el horno adecuado y espera con paciencia hasta conseguir su punto perfecto de cocción. Esta es Cristina Campos. 

Cristina Campos Leotopía 

Naces en la Barcelona de la gauche divine, de la búsqueda de libertad, de explosión de creatividad artística y cultural. ¿Cómo recuerdas esos primeros años de infancia y juventud?

Me encantaría poder decir que he tenido una infancia llena de libros y creatividad, pero no ha sido así. Fue bastante solitaria. Mis padres estaban separados y mi madre fue una empresaria que se hizo a sí misma y tenía poco tiempo para nosotros, así que mi infancia ha sido solitaria, con mi hermano en casa. De hecho, nos cuidaba una chica filipina a la que le hago un homenaje en la novela, porque fue como una madre para nosotros.

Te refieres a Imelda, un personaje con una trama que refleja una realidad muy dura…

Imelda es en la novela una criada filipina que sacrifica toda su vida por el bien de su hija y termina descubriendo que su hija no la necesita. Es una realidad, como dices, dura, pero que sucede mucho. Era un personaje que yo quería que estuviese ahí, pero que al principio no tenía arco. Mis editoras de Planeta me dijeron que o bien lo eliminaba o bien le convertía en un personaje interesante, creaba una historia para ella, y eso hice. A mí me cuidó una filipina con una hija a la que vio una vez cada cuatro años. Renunció a su maternidad para darle una mejor vida a su hija, y se la dio, pero sólo económicamente hablando. Es un homenaje y a la vez una crítica. Los hijos nos necesitan de manera afectiva. Las carencias en este sentido son complicadas de gestionar. Si lo puedes canalizar a través de la escritura, por ejemplo, muy bien, pero sino hay que buscar otras maneras…

Tú te decides por estudiar Humanidades en la Autónoma de Barcelona. ¿Hubieras optado por otra formación de haber existido la ESCAC (Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya), por ejemplo?

Me gusta ser sincera. Yo era una estudiante mediocre, muy sencilla. Realmente he sido consciente de mi capacidad para escribir a los treinta y cinco años. De jovencita me expulsaron del colegio (de los Jesuitas) y entré en la carrera de Humanidades porque con mi media de cinco no tenía muchas más opciones. Unos amigos lo estudiaban, y aunque no sabía muy bien qué era exactamente, materias como la filosofía o el arte me gustaban, aunque tampoco me apasionaban….

¿Qué te apasionaba entonces en ese momento?

Era una adolescente sencilla, sin pretensiones. Ojalá pudiera contar que en mi vida había una magia especial… pero no. Empecé leyendo a Enid Blyton y seguí con Cristina F. (una niña rarísima, drogadicta, a la que me enganché porque tenía el mismo nombre que yo), pero no he sido una gran lectora. Realmente todo ha ido muy progresivamente…

Entonces ¿mienten los escritores cuando afirman que su gran pasión más que escribir es leer?

En mi caso, desde luego, no es así. Me encantaría decir que soy una lectora empedernida, pero no lo soy. Leo lo normal, unos diez libros al año. La novela negra es lo que me cuesta más, pero leo un poco de todo. Últimamente, por ejemplo, he leído La nieta del señor Linh del también guionista Philippe Claudel (2006), El desorden que dejas de Carlos Montero (2016), Los buscadores de conchas de Rosamunde Pilcher (1990), La verdad sobre el caso Harry Quebert de Joël Dicker (2016)…

Me encantaría poder decir que he tenido una infancia llena de libros y creatividad, pero no ha sido así

¿Cómo acabas en la Universidad alemana de Heidelberg, donde finalizas tus estudios?

Pues otra vez, porque fui mala estudiante… [ríe]. Llegué a Alemania a través de una beca Erasmus. Como todos mis compañeros pedían Londres, Italia, Francia… las plazas para Alemania quedaron libres y me la ofreció el profesor de alemán, porque lo que sí que tengo es facilidad para los idiomas. Hablo inglés, alemán e italiano. Si no hubiera ido a Heidelberg, esta novela no existiría. Si no hubiera sido una mala estudiante, me hubiera ido a Londres y no existiría, ni tampoco Random House —la competencia directa de Planeta—, habría comprado sus derechos para publicarlo el año que viene en Alemania. Fui muy feliz durante esa etapa. Me fui por seis meses, pero me enamoré de un alemán y decidí acabar la carrera allí. El pueblo alemán fue muy generoso conmigo y yo les devuelvo todo ese cariño que recibí a través de esta novela.

Es allí además donde comienza tu carrera en el ámbito audiovisual.

Sí, empecé a trabajar como coordinadora del Festival Internacional de Cine de Mannheim-Heidelberg porque el director era un enamorado de Mallorca.

Mallorca apareció muy pronto en tu vida…

¡Pues sí! Creo mucho en las casualidades. Empecé a trabajar en el mundo del cine ligada a los departamentos de producción, porque muchos alemanes venían a España a rodar anuncios. Nunca he vivido allí, pero sí que lo había visitado muchas veces en este contexto, porque la verdad es que tiene unas localizaciones preciosas para rodar.

El hecho de hablar alemán hace veinte años era un boom. Cuando regresé a Barcelona me pateé todas las productoras de cine catalanas con las que había contactado en el festival de Mannheim-Heidelberg. Una de ellas fue la de Ventura Pons, Els films de la Rambla. El día que fui a entregar el currículum me quedé encerrada en el ascensor y del susto comencé a chillar. Les hice tanta gracia que me contrataron como secretaria de producción de una de sus películas. Luego fue todo rodado, pasé de secretaria a ayudante de producción y de ahí salté al equipo de dirección, hasta que empecé a hacer castings. Además tuve la suerte de poder trabajar y heredar de alguna manera el bagaje profesional de una de las grandes directoras de casting que España ha tenido, Chata [Teresa] Estrada.

Cristina Campos Leotopía

¿Qué es más fácil seleccionar actores para Cómo sobrevivir a una despedida (Manuela Burló Moreno, 2014) o De mayor quiero ser soldado (Christian Molina, 2010)?

En ambos casos el trabajo fue maravilloso porque los dos son amigos. Con Christian estudié en los Jesuitas y ¡nos echaron juntos! [ríe]. La vida (y el cine) nos reencontró.

La dificultad no depende tanto del género o tipo de película, como del director. Hay varios factores, su exigencia, si lo tiene claro o no… Con ellos además, al ser de la misma generación, fue muy fácil. Nos lo pasamos realmente bien.

¿La generación importa?

Sea quien sea el director, coges el proyecto con el mismo amor, pero cuando es una persona de tu misma edad se genera una complicidad muy divertida. Sois dos personas con más o menos la misma experiencia, que llevan trabajando en el cine prácticamente el mismo tiempo. Cuando trabajo con directores mucho más mayores que yo al principio impone. Con Agustí Villaronga, por ejemplo, trabajé fantásticamente, pero al principio me imponía mucho, tenía miedo de no estar a la altura. De todas formas, por encima de todo está la persona. Todo depende del tipo de persona que te encuentres y la verdad es que en los diez años que llevo en este campo, sólo he tenido una mala experiencia (que guardaré para mí).

Los ojos del director y la persona que mira por el bolsillo del productor. ¿Es una buena definición de director de casting?

Sí. Ahora mismo tanto la literatura como el cine están en un momento complicado. El público va poco al cine y compra pocas novelas. Es un hecho que condiciona todo el proceso. Se entiende que con Lluís Tosar y José Coronado en el cartel va a ir más gente que si tienes a un actor de cincuenta años desconocido, que hay un montón… Los actores mediáticos tiran mucha taquilla, aunque no siempre es así la fórmula. Hay directores que no quieren mediáticos.

Seleccionar al actor que tiene una sola frase a veces es el mayor reto. Puedes tener grandes actores protagonistas y que un figurante con una frase te fastidie la película

¿Cuál es la parte más complicada de un casting?

Lo más difícil para mí siempre son los niños, encontrar niños, porque implica hacer tiradas enormes de gente. Y luego, más que en las cabezas de cartel —en los protagonistas—, el problema siempre está en los secundarios. Ellos son la familia que monta la película, pero también son para los que tenemos menos presupuesto. Seleccionar al actor que tiene una sola frase a veces es el mayor reto. Puedes tener grandes actores protagonistas y que un figurante con una frase te fastidie la película.

Convertirse en director de casting no requiere de ninguna formación oficial o formal. Dentro de este autodidactismo, ¿en qué es necesario tener una base?

Evidentemente tienes que conocer el medio, pero para mí lo más importante es tener psicología innata, saber escuchar muy bien al director y serenar al actor. Somos cuarenta directores de casting en España, y cada uno tiene sus técnicas. Yo lo que intento en mis castings es que los actores que pongo delante de la cámara estén relajados y tranquilos. Lo de tener dotes en dirección de actores es un poco mito. A los niños sí que hay que dirigirles, pero a los actores formados lo que hay que darles es sosiego y paz.

Normalmente viene gente que se ha formado durante cinco años en una escuela, a los que les haces la faena de tener que demostrar en veinte minutos si son capaces de interpretar ese papel. Hay que tratarles con cariño porque son gente que se ha preparado un texto durante tres días y que además se ven entre ellos, aunque yo trato de evitarlo. En una entrevista de trabajo normalmente no te encuentras con el resto de candidatos sentados, ellos sí, y además son amigos, porque en Madrid y Barcelona todos se conocen. Es durísimo. A mí a veces me parte el corazón, porque además hay gente buenísima, pero tienen que pasar por ahí… Mi labor es guiarles en el texto si llevan equivocado el tono y darles sosiego para que trabajen esos veinte minutos conmigo.

Lucinda Syson, directora de casting de películas como Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) o el Batman Begins de Nolan (2005) habla de un proceso en el que se suceden llamadas de teléfono y lágrimas.

Lo paso fatal cuando tengo que decir que no. Decir que sí me encanta, decir que no me cuesta un montón. Pero a veces haces casting a doscientas personas y sólo se quedan cuatro. Ahora hay unos representantes que filtran ese dolor, pero aun así… Hay muchas lágrimas, claro que las hay…

Cristina Campos Leotopía

¿Recuerdas tu casting más rápido y el más problemático?

Normalmente en dos o tres meses tengo que formar cartel, pero nunca me ha gustado correr en exceso. Mi «primer casting» fue para una campaña publicitaria, precisamente con Benito Zambrano. La directora de casting falló y la sustituí yo en el último momento. Hice todo el casting de perfil y Benito me quería matar… [ríe].

El que me llevó mucho tiempo fue el de Rec (Jaume Balagueró, Paco Plaza, 2007). Le recuerdo como especialmente duro porque fue mi primer casting de verdad. Estaba muy nerviosa, adelgacé un montón, pero ese súper esfuerzo que hice me ha permitido llegar hasta aquí. Y en el de Diario de una ninfómana (Christian Molina, 2008) pasó algo muy curioso. En cuanto leí el guion hablé con Christian porque tenía clarísimo a la actriz perfecta para protagonizar la película: Belén Fabra. Le hicimos una prueba y a Christian le pareció bien, pero aun así quiso hacer un casting por toda España. Fue el más largo, más de cuatro mil personas, casi tres meses recorriendo Valencia, Sevilla, Barcelona, Madrid… Y finalmente fue Belén la que lo protagonizó. Sabía que esa era la actriz que iba a funcionar mejor para este personaje, ese es mi trabajo. Al final no me pagan por poner a cien personas delante de la cámara, sino por mi experiencia como directora de casting.

Como buscadores de talento ¿es el teatro el espacio principal donde ojearlo y ficharlo?

Sí, es el núcleo central donde vamos a buscar. En el teatro se ve quién es buen actor, ahí es difícil disimular. El teatro es la verdad pura y en directo,  sin embargo en el cine te lo pueden maquillar, está el contraplano, está la música, maquillaje, vestuario… También es verdad que hay otras variables, como el físico o el primer plano de un actor o una actriz, que son muy importantes. El cine es imagen, y a veces hay grandísimos actores de teatro que por lo que sea no dan en cámara como el director necesita.

Seleccionar al actor que tiene una sola frase a veces es el mayor reto. Puedes tener grandes actores protagonistas y que un figurante con una frase te fastidie la película

¿Has descubierto a alguien?

Me gusta decir que a Manuela Velasco, que, pese a su trayectoria anterior, con Rec tuvo su gran momento. Pero mi gran descubrimiento, al que he encontrado de cero y luego se ha hecho famoso, ha sido David Solans. Le encontré en un casting en Reus, hizo con José Coronado su primera película [Hijo de Caín, Jesús Monllaó, 2013] y ahora acaba de protagonizar la serie de televisión Merlí (Eduard Cortés, 2015).

En Rec también descubres al que hoy es tu pareja, Jaume Balagueró. Él sí promociona tu novela en redes, pero tú de momento te escaqueas…

Yo voy sin WhatsApp y con un Nokia por la vida… [ríe]. Sí que tengo Facebook, pero estoy pensando en quitarlo porque pierdo tiempo por las noches, un tiempo maravilloso para leer aunque sea una página. Creo que de alguna manera las redes sociales son engañosas. No sé utilizarlas bien desde el punto de vista promocional. Leo lo que se publica de la novela a través del perfil de Twitter de Jaume. Además él me hace rabiar… Me dice «no leas esto que te va a sentar fatal» y luego resulta que es un comentario súper bonito. Me he enganchado por él, y ahora todas las noches le echo un vistazo.

Así que eres de las que leen todas las críticas, sean buenas o malas.

No debería pero sí. Vivo con un director de cine que ha recibido críticas preciosas que le han llenado de alegría, pero al que también han hecho críticas atroces…conozco de primera mano la parte buena y mala de leerlo y por eso decidí que no quería pasar por lo mismo. Pero la verdad es que me está compensando, porque de momento sólo he leído una mala. Todos los blogueros literarios, por ejemplo, me han hecho unas críticas preciosas. Sin ellos, yo no estaría aquí. Me han conmovido, incluso me han hecho llorar de todo lo bonito que me dicen.

Decía Victoriano Crémer en uno de sus poemas: «Un día he de morir… Pero antes quiero decir por qué he vivido y para qué». Guarda en parte semejanza con ese principio de tu novela, en el que dispones al lector a saber por qué ha vivido Anna y para qué.

«Anna había planeado su entierro cuidadosamente. Fue su amante, jugando con su pecho, quien encontró el trocito de muerte que se la llevará para siempre un año más tarde. Y ese último año de su existencia, Anna, por fin, cogió las riendas de su vida».

Cristina Campos, Pan de limón con semillas de amapola, (Ed. Planeta, 2016)

 

Me lo jugué todo en este primer párrafo. Puse mucho empeño en esas primeras líneas de la novela porque sé la importancia que tienen. Si no me enganchan las primeras tres líneas de un libro no lo compro. Con la cantidad de novelas que se publican al año, es fundamental que sea capaz de seducirme desde el principio. Lo trabajé prácticamente durante un mes, y todavía a día de hoy lo leo y pienso que quizás lo podría haber mejorado algo más… pero la frase perfecta tampoco existe.

¿Empezaste la novela por ahí?

No. La estructuré como si fuera un guion de cine, con un principio, un final, y los giros de la historia, pero el principio no era ese. Empecé buscando la personalidad de las dos principales protagonistas, de esas dos hermanas que heredan una panadería de una mujer que no conocen. Es una novela muy intimista, que profundiza mucho en los sentimientos. Fue con el tiempo, mientras trabajaba en las acciones de la novela, cuando se me ocurrió empezar así. Retraso mucho el momento en que me pongo a escribir, a teclear. Tengo que tener muy clara la estructura y, sobre todo, el final. Sin un final la cabeza se te va muy lejos.

Cristina Campos Leotopía

«La raíz de todas las historias es la experiencia de quien las inventa, lo vivido es la fuente que irriga las ficciones» decía Vargas Llosa en Cartas a un joven novelista (1997). ¿En qué medida te has alimentado de ti misma para escribir la novela o has ejercido, como diría Llosa, de catoblepas, de animal que se devora a sí mismo?

Es mi primera novela y como tal he volcado mucho de mi vida en ella. Pan de limón no es mi vida, pero está llena de mí. Tuve un compañero de vida, una pareja alemana, a la que adoré, así que tenía muy claro que quería una pareja de español-alemán. Marina, la cooperante de Médicos Sin Fronteras, es la mujer que no he podido ser, mientras que la vida de Anna refleja un poco más la mía, aunque para nada soy esa mujer. No sólo hay atisbos de mi realidad, mis amigas, mi entorno ha jugado un papel muy importante. A algunas de ellas les he «robado» sus vidas… [ríe]. Siempre les digo que ojo con lo que me cuentan, porque cambiaré los nombres o las circunstancias,  pero es posible que lo use… Ellas están emocionadas y agradecidas.

Son esa «tribu de amigas» a las que mencionas en los agradecimientos. Es especialmente emotiva la referencia a Lisi Lluch Herbert y a ese cuaderno de recuerdos de su viaje a Etiopía para encontrarse con su hijo León.

Efectivamente son una tribu de amigas, pero hay fundamentalmente dos a través de las cuales he construido el personaje de Marina. Mi mejor amiga, Clara Tarrero, es periodista y cooperante en Médicos Sin Fronteras. Cuando yo fui madre ella comenzó a trabajar como cooperante y a viajar por todo el mundo. Llegaba con historias desgarradoras que escribía como debe hacerlo un periodista —de manera fría, sin adjetivos, tal y como ha pasado—, y recuerdo que siempre le decía que si me diera a mi esos textos yo haría llorar a todo el mundo… Ella fue la base para comenzar a crear a Marina. Y la otra punta es Lisi, que adoptó a su hijo en Etiopía y que me facilitó todo tipo de información y de experiencias únicas.

A lo largo de la promoción también has hablado abiertamente de Isabel Allende y Laura Esquivel como claras referencias literarias.

Cuando empecé a escribir hice un curso de escritura creativa en el que aprendí algo fundamental  para superar el miedo a la «página en blanco». Nos leyeron un artículo de Arturo Pérez-ReverteCartas a un joven escritor— en el que aconseja que, en momentos de agobio, simplemente leas. No intentes seguir escribiendo, lee a otros, lee textos que te interesen, que sean más o menos parecidos a lo que quieras escribir… no tengas miedo de coger y «saquear» todo lo que te gusta de los demás, es «legítimo botín de guerra», lo han hecho los escritores de todas las épocas, unos con otros.

 

La Suma de los días (Isabel Allende, 2007) me acompañó mucho durante el viaje de Pan de Limón, al igual que también intento homenajear en cierta medida a Como agua para chocolate (Laura Esquivel, 1989). Los latinoamericanos tienen una manera de escribir muy distinta a la nuestra, en cómo adjetivan, esos diminutivos que saben poner de la manera perfecta en el momento perfecto… Me gusta tanto que a veces mi editora tuvo que darme un toque, porque puede pasar de ser bonito a noño o cursi.

¿Qué me dices de Munro, hay algo de su esencia en tus personajes?

La vida es muy extraña. Llevo tiempo con una edición de bolsillo de Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (Alice Munro, 2001) sobre la mesita de noche, pero todavía no lo he podido leer. Todavía no me he leído nada de ella.

Y sin embargo en vuestros trabajos coexisten valores y sentimientos arraigados a la condición femenina. En tu caso, se podría decir que todo gira en torno a la amistad y la maternidad.

Sí, mi «binomio fantástico» es pan y mujeres, pero dentro de eso está la amistad y la maternidad. El tono que le he querido dar es el de una novela intimista sobre la amistad y la maternidad. No quería dispersarme, me gusta dejar las cosas cerradas.

 

Son unos valores, además, que se contraponen necesariamente a los masculinos.

Claro, no tienen nada que ver. La amistad masculina es mucho más contenida. La femenina es generosa, se abre en canal, entre nosotras nos desgarramos por dentro para que nos escuchen. Ahora hay muchas novelas escritas por mujeres cuyos protagonistas son hombres. Yo no podría, no sabría por dónde empezar. ¡Si no hablan!

Cristina Campos Leotopía

La etiqueta de cine, arte o literatura «para mujeres» ¿qué te sugiere?

Es extraño. Ruiz Zafón podría haber elegido que los protagonistas de El laberinto de los espíritus (2016) fueran mujeres, pero parece que si los protagonistas son personajes femeninos los hombres ya no lo van a leer, ya no va dirigido a ellos también. Es absurdo. En La catedral del mar (2006), por ejemplo, los protagonistas son un padre y un hijo. Si hubieran sido una madre y su hija, en cualquier caso, nadie le hubiera preguntado si hace literatura femenina o masculina. A los escritores eso no se les pregunta, sólo a nosotras. Yo escribo narrativa y ya está.

¿Encontraste en Valldemossa tu «habitación propia», que diría Virginia Woolf?

Sí, y fue de nuevo fruto del destino, porque yo no buscaba nada en concreto y fue todo magia. Elegí Valldemossa porque me lo recomendó mi primer novio, un fotógrafo maravilloso que vive en Esporles, un pueblo a unos kilómetros de Valldemossa. Le dije que necesitaba un sitio pequeño, con molino… y me fui para allí sin saber nada de la panadería que tenían en el pueblo y de lo que me iba a influir en la novela. Estuve una semana viviendo sola, y fue una experiencia chula pero rara.

De todas formas también tengo mi habitación propia en Barcelona. Tanto Jaume como yo trabajamos en casa, así que cuando acabamos de hacer Rec nos compramos un estudio donde poder escribir y concentrarnos en el trabajo ocho horas al día.

Cuando tenías pensado titular la novela Ojalá te quedes conmigo toda la vida, ¿ya  habías dado con la receta de pan de limón con semillas de amapola?

Sí, ya la tenía… [ríe]. Además del título de la novela era y es el de uno de los capítulos. Yo propuse ese otro pero en Planeta me recomendaron Pan de limón y accedí. Me gusta trabajar con editores que me orienten y más en este caso, en mi primera novela. Al principio te duele, porque tú has invertido tiempo e ilusión en escribir esas cuarenta páginas que te recomiendan que elimines, pero la verdad es que me han asesorado de maravilla. En ocasiones pierdes la perspectiva, y algo que a ti te parece muy interesante puede llegar a aburrir al lector. Estoy muy contenta de haber trabajado con ellos, gracias a sus consejos también hemos llegado a la décima edición.

Retraso mucho el momento en que me pongo a escribir, a teclear. Tengo que tener muy clara la estructura y, sobre todo, el final. Sin un final la cabeza se te va muy lejos

¿Dónde sitúas los límites de la suspensión de la incredulidad del lector?

He intentado jugar muy poquito con el realismo mágico. Me daba pánico porque no sabía ni por dónde empezar. Tienes que ser de Latinoamérica para hacerlo bien. Creo que toda la novela es realista, que no hay ningún personaje que no te puedas creer, que tenga una vida extraña o lejana…

Tal vez el hecho de que una cooperante internacional decida instalarse en un pueblecito y poner en marcha una panadería…

Sí, es verdad que esa parte puede ser un poco inverosímil. El lector tiene cuatrocientas páginas para ubicarse y conocer a fondo toda la historia, pero el espectador de hora y media no. Es algo de lo que no me percaté cuando estaba con la novela, porque lo introduje muy poco a poco, como causa-consecuencia (no haremos spoilers), pero que nos preocupa de cara al guion tanto a Benito como a mí.

Benito Zambrano dirigirá la adaptación de tu novela ¿Qué papel vas a jugar tú en el proyecto?

Me hace muchísima ilusión. Cuando Planeta me llamó y me dijo que era la primera vez que una novela española conseguía ser seleccionada para participar en las coproducciones cinematográficas del Festival de Cine de Berlín no me lo creía… Todavía no se había publicado en España. Fue todo un honor para mí.

De momento, estoy trabajando con Benito en el guion, como coguionista. No sé si haré el casting. Depende de él. Sería muy marciano que no fuera yo, pero es su elección. Sí que tengo gente en la cabeza, pero va a ser lo que quiera Benito. No creo que llegue a verse hasta dentro de tres o cuatro años, porque financiar la película es complicado, pero creo que hay mucha intención por parte de Planeta y de Filmax.

¿Te hubiera gustado más una serie?

A Benito sí, porque hemos tenido que reducir cuatrocientas páginas de novela a cien de guion cinematográfico, lo que implica, entre otras cosas, eliminar muchos personajes. La verdad es que a mí me hace ilusión que sea una película, tiene más empaque. De cara a la venta de libros me vendría mejor que fuera una serie, la vería incluso más gente, pero el cine es tan bonito… es tan especial ver tu trabajo en pantalla grande…

Antonio Muñoz Molina decía que en su primera novela echó el resto, todo lo que sabía y tenía, que tenía la sensación de no tener nada más que contar, que se vació.

Yo estoy aterrorizada. De momento estoy volcada escribiendo el guion, sin pretensión de nada más. Y sobre todo, lo que me gustaría es que Pan de limón siga. Me gustaría intentar romper esa rueda en la que se publican setenta mil novelas al año y cada una de ellas, con suerte, tenga una vida de seis meses. Es una pena. ¿Por qué voy a escribir otra ahora mismo si esta es buena y todavía puede funcionar? Abandonarla ya, tan pronto, cuando lo he volcado todo ahí… Me aterra pensar en la siguiente, se me hace un mundo, me angustia un poco pensarlo. No quiero oír hablar de encerrarme dos años sola otra vez en una habitación.

De momento no sabría qué narices hacer en una segunda. Por eso quería leer a Munro, porque una compañera productora me habló de ella y de su manera de escribir, en forma de relatos o cuentos cortos. Es una de las ideas que me rondan. También he hablado alguna vez de un spin off sobre uno de los personajes, porque me parece bonita la idea de una novela sobrecuatro cooperantes. Pero para eso necesito un trabajo de investigación muy profundo e irme al terreno. Lo importante no es dónde suceda la historia, son los sentimientos, pero tienes que poder ambientarla bien. En Pan de limón me costó mucho escribir la parte de Etiopía porque no he estado allí, y fue un suplicio. Me pasaba el día viendo documentales y películas, documentándome…

Cristina Campos Leotopía

¿Consumes series o películas sobre escritores o en tu tiempo libre necesitas desconectar?

Mi amiga Clara me recomendó The Affair (Hagai Levi, 2014) pero no me enganchó nada. Además justamente en el primer capítulo el suegro de Noah Solloway le echa en cara que todo el mundo puede escribir un libro, pero casi nadie puede con el segundo y ya fue el remate… [ríe].

Las series tienen mucho peligro. Me enganché a A dos metros bajo tierra (Alan Ball, 2011), me la compré y hacía unos horarios desquiciantes para ver cada capítulo. Con Perdidos (J.J. Abrams, 2004) me pasé tres meses metida con esos personajes, no podía parar… Así que me pasa como con las redes sociales, prefiero no engancharme a nada porque prefiero leer, que es lo que tengo que hacer ahora mismo.

Impartes talleres de escritura para debutantes bajo el título «Cómo novelar tu vida». ¿Todos tenemos una vida digna de novelar?

Absolutamente. Todos tenemos una historia que contar. Un libro. Yo no hablo de publicar con Planeta, estoy hablando de escribir como algo bellísimo que poder hacer en tu tiempo libre. Yo ahora pagaría millones por tener un escrito de mi abuela, que fue un personaje histriónico, raro, adelantado a su época… pagaría lo que no está escrito. Si ella hubiera dejado aunque fuera un diario, o hubiera novelado su vida… algo. Por eso animo a todo el mundo a que dejen algo escrito para los que vienen por detrás. En los talleres que imparto, acabo con un ejercicio del escritor italiano Gianni Rodari que tiene una novela que se llama Gramática de la fantasía (1973). Lo que él propone es seleccionar dos palabras diferentes, enfrentadas y poner a la gente que cree que no sabe escribir a hacerlo sobre ellas. Salen unas historias impresionantes.

Mucha gente no sabe que tiene talento para escribir, pero lo tiene. Yo no lo supe hasta que el Ministerio de Cultura me dio un premio por un guion y pensé «aquí hay algo y nadie me lo ha dicho». Me he pasado suspendiendo toda mi vida, tengo mala memoria, la universidad me costó mucho y tras tres guiones guardados en el cajón no me imaginé llegar hasta aquí con un bestseller

¿Qué te hizo no abandonar tras esos tres guiones guardados en un cajón?

Yo me rendí, tiré la toalla. Estoy aquí porque me encontraron. Soy honesta. Me encontró Planeta. Son un grupo con diferentes áreas de negocio, entre ellas alguna relacionado con lo audiovisual. Les había presentado hace tiempo uno de mis guiones, se enteraron de mi premio, me conocieron y aquí estamos. Pero yo ya había tirado la toalla, me dedicaba a hacer mis castings y hacía dos años que ya no escribía nada. Si a mí no me encuentra Planeta… yo les debo la vida a estos señores. Les estoy profundamente agradecida.

Cristina Campos Leotopía

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