Gastronomía — 21/04/2018

Cuentos gastronómicos para un año capital: el lechazo y la carne de potro

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Ya es por todos conocido que León ostentará a lo largo de este 2018 el título de Capital Española de la Gastronomía. También que, por este motivo, cada mes a partir de febrero estará dedicado a uno de los muchos productos de nuestra tierra que nos ha llevado a merecer dicho título.

En Leotopía hemos querido rendir nuestro particular homenaje a cada uno de ellos con una propuesta, esperamos, sea de vuestro agrado.

Por cada mes, un producto, por cada producto, un cuento.

El tercero de ellos, dedicado al lechazo y la carne de potro, comienza ahora mismo. Sentaos. La mesa está servida. Que os aproveche la lectura…

Lechazo y carne de potro Leotopía
Imagen tomada por Leotopía en la carnicería Picaten de León

 

ANIMALES PEQUEÑOS 

Un cuento de Máximo Ribas Criado para Leotopía

 

1. Dos ojos

Tenía el tamaño de la palma de una mano y se movía por el suelo con rapidez, como si sus músculos respondieran a disparos intermitentes de impulsos nerviosos. Su hábitat era el entorno que delimitaba la carretera, una franja de terreno repleta de vegetación salvaje y ramas secas a poca distancia del bosque. Allí podía moverse con cierta libertad, evitar la mayoría de los peligros y esquivar las miradas de los depredadores. Normalmente no se alejaba demasiado. Sabía que el bosque estaba repleto de alimañas y que hacia el otro lado, el asfalto era peligroso. Eso le decía el instinto, aunque por otro lado, la posibilidad de encontrar un pedacito de alimento hacía que mereciera la pena correr el riesgo.

El pequeño ratón de campo olisqueó el ambiente. Todos sus sentidos estaban en alerta, incluso aquellos que de manera exclusiva había desarrollado la especie de los roedores durante miles de años de evolución. Aguardó un instante dándole una nueva oportunidad a la prudencia y se dispuso a caminar. Se detuvo antes de que sus patitas delanteras de cinco dedos hubieran abandonado el suelo arenoso. Un fulgor creciente se aproximaba desde uno de sus costados. Al principio era muy ligero, tan imperceptible que podía llegar a confundirse con la luz plateada de la noche. Poco a poco ganó intensidad y el rugido que lo acompañaba confirmó el peligro. La experiencia le había enseñado que lo mejor era no llamar la atención, quedarse quieto, pasar desapercibido y localizar una vía de escape, por si hubiera que huir a la velocidad de la centella.

Los faros del coche iluminaron la carretera con más fuerza que el brillo de la luna, todavía débil en su fase de cuarto creciente. Desde aquel lugar a las afueras, la ciudad se percibía lejana, con la apariencia de un cúmulo de estrellas palpitantes. El motor del vehículo sonaba grave y profundo, como si fuera emitido desde una honda cavidad. El sonido del esfuerzo indicaba demasiados años de funcionamiento y demasiado desinterés en su cuidado. Semejante estruendo jamás habría sorprendido al roedor, que permanecía inmóvil, agazapado, observando. Cuando pasaron a su lado, las luces habían cobrado tanta fuerza como el resplandor del día, pero desaparecieron de inmediato junto al rugido de la tempestad mecánica. El velo oscuro lo volvió a cubrir todo y el hocico del diminuto ratón de campo quedó inundado por un olor espeso a gasolina quemada.

Manuel Cerdán, alias Lolo, nunca sabría que unos pequeños ojos brillantes le habían observado con atención al pasar.

 

2. Lolo

Sumido en hondos pensamientos que últimamente casi siempre estaban relacionados con la comida y el ansia de llevarse algo a la boca, Manuel sostenía el volante entre los dedos de la mano izquierda. Aunque su mente estaba lejos de allí ideando mil y una maneras de calmar el ansia, giraba con suavidad por el trazado de la carretera. Ya habían pasado cinco semanas desde «el susto», como él solía llamarlo, para restar importancia y apartar el miedo, pero pasado este tiempo no había conseguido acostumbrarse a la sensación de tener el estómago vacío. Día y noche notaba un tremendo pozo en su interior, era capaz de palparlo sin necesidad de manos ni huellas dactilares, y podía describir su tamaño exacto: desde el abismo de la garganta hasta la frontera del intestino. Una oquedad donde sólo había espacio para el hambre.

Lo peor de todo era la permanente vigilancia de Mirta. Se había tomado muy en serio su trabajo y sólo le permitía comer aquella porquería verde que le había recetado el doctor. «Alimento para el ganado, siempre hervido o crudo», decía.  Alimento que no le permitía saciarse. Porque a él le encantaba saciarse. Comer, por encima de todas las cosas. Devorar dulces, salados, ácidos, amargos, conservantes, estabilizantes y dejar los platos limpios ayudándose de una buena rebanada de pan. Por eso pesaba más de cien kilos, por eso la respiración se le entrecortaba cuando subía escaleras, por eso le dolían las rodillas y los tendones, por eso el corazón le había dado una advertencia.

Por los altavoces del coche se escapaba una suave melodía de bossa nova grabada en un cd, que tenía garabateada en su cara superior, con pésima caligrafía, la palabra lentos. Ese era el título del recopilatorio: lentos. Toda una bala en la recámara que Manuel usaba en la profundidad de la noche, cuando llevaba a una chica en el asiento de al lado y necesitaba relajar el ambiente. El disco compacto almacenaba todo tipo de grabaciones musicales, siempre de ritmo suave, desde el romanticismo melódico a la irresistible balada heavy que conseguía ablandar los corazones más duros. Entre ellas destacaban algunas pistas de emergencia, como la número quince, que contenía la grabación del Heaven de Bryan Adams, o la sesenta y ocho, con el Careless Whisper de George Michael. Cada vez que lo ponía a funcionar, Mirta se reía de él, le llamaba blandengue, le decía que no conocía peor herramienta de seducción, y que con ella no había funcionado. Pero ya llevaban juntos casi diez meses, así que tal vez estaba equivocada. Aunque como solía suceder entre ellos, nunca le daría la razón.

 

3. Ella

Mirta permanecía en silencio con la mirada vuelta hacia la ventanilla sin prestar atención al paisaje que iban dejando atrás a más de noventa kilómetros por hora. Tenía la atención clavada en el reflejo de su propio rostro, fabricado por las luces internas del coche, azules brillantes del panel de mandos y del reproductor de cd. Aquel disco hortera empezaba a amenazar con las primeras notas del Te Amo, de Umberto Tozzi. En cualquier otra circunstancia lo habría agarrado con la punta de los dedos, como quien sostiene un objeto repulsivo, y habría disfrutado viendo cómo se deslizaba en el aire desde el otro lado de la ventana. Pero era una noche especial. Después de la insuficiencia cardiaca que había dado con los enormes huesos de Lolo en el hospital, tenía la sensación de que las cosas empezaban a cambiar. Gracias a su insistencia, su novio se tomaba la vida con más tranquilidad, hacía enormes esfuerzos para corregir sus malos hábitos y agradecía la atención constante que ella le dispensaba. Ambos sabían que de no ser por la mano firme de Mirta, volvería el sedentarismo, la comida basura, la tendencia a engordar sin límites y posiblemente un nuevo «susto», o algo peor.

Lo de esa noche era un buen ejemplo de la nueva vida que comenzaban como pareja. Hacía mucho tiempo que no salían a cenar, y aún más a un restaurante de lujo, tal vez el más prometedor de cuantos había en la ciudad, aunque estuviera en las afueras. La idea había brotado de la cabezota de Lolo —con alguna que otra pista que ella solía dejar como miguitas por el camino—. Resultaba agradable comprobar que se hubiera decantado por un local especializado en comida vegetariana. Toda una sorpresa. ¿Quién sabe si no habría más al cabo de unas horas? Sin darse cuenta se estaba frotando la base del dedo anular con su pulgar. La sola idea hizo que esbozara una mueca de felicidad que apareció reflejada en el cristal, entre tonos azules. La imagen le gustó. Pensó por un momento en atraparla con la cámara de su teléfono móvil, pero desistió.

En su lugar se giró hacia su pareja y colocó suavemente su mano sobre la de él, que en ese momento descansaba abandonada en la palanca de marchas como un pulpo a la deriva. Se miraron durante un segundo que pareció durar la eternidad entera, sonrieron, se apretaron mutuamente los dedos. Hasta que Mirta desvió la mirada hacia el panel del coche en un tic imperceptible, comprobó la velocidad y apuntó en tono tan firme como sereno:

— Vas demasiado rápido, amor.

Manuel miró al frente con la boca entreabierta. Si hubiera actuado con mayor rapidez habría podido pronunciar las palabras que casi asomaban por su garganta. «Te quiero». Pero ella se adelantó haciendo añicos la magia del momento. De un modo automático levantó el pie del acelerador y redujo las marchas, para que fuera el motor quien lentamente disminuyera la velocidad.

 

4. Cerca del Mitusú

El Mitusú era un ambicioso restaurante de cocina creativa levantado desde los cimientos en mitad de la nada. Hundido voluntariamente en la naturaleza, ocupaba una enorme parcela entre terrenos de pasto y plantaciones de labor. Lo único que le conectaba a la civilización era la proximidad de la carretera nacional. Había sido bautizado como un sofisticado escenario de autor, presumía de experimentación culinaria y de una cartera de clientes muy selectiva, y con apenas dos años de vida su cocinero jefe estaba a punto de bordar una estrella en su chaquetilla, el máximo reconocimiento internacional del gremio gastronómico. La lista de espera para disfrutar en cualquiera de sus cinco salones parecía no tener fin, y cada vez que abrían sus puertas, desde la noche del viernes a la del domingo, el lleno estaba asegurado.

Aunque Mirta no lo sabía, Manuel ya se había tomado la molestia de hacer la reserva algunos meses antes del «susto». No porque tuviera ningún interés en probar los nuevos sabores de las plantaciones de algas submarinas ni la textura de la última semilla descubierta en las montañas de Japón, sino porque conocía el enorme deseo de Mirta de cenar allí. Eso la haría muy feliz. Y disfrutaba haciéndola feliz. Al contrario que él, ella era una entusiasta de la fusión culinaria natural, siempre que ésta procediera al cien por cien de la madre tierra. No consumía ningún alimento que hubiera pasado por el cuchillo de un carnicero o por las redes de un pescador, y desde que la conocía se había radicalizado con el tiempo, llegando a dudar de productos como los huevos y la leche. Que la reserva coincidiera en una fecha tan próxima a la salida del hospital y al firme juramento de cambiar de hábitos, suponía para Manuel una afortunada carambola, que parecía reforzar su propósito de volverse vegetariano. Aunque comía ensaladas y verduras preparadas con escasa alegría, echaba de menos llevarse a la boca un buen pedazo de carne. Y a cada momento, pasaba hambre.

El coche tomó un desvío hacia la derecha y cruzó bajo un enorme arco de piedra situado a la entrada, donde aparecía grabado el nombre del restaurante en un estilo modernista. Más allá se levantaba el enorme edificio, todo un laboratorio gastronómico iluminado con envidiable estilo. Como si fuera una niña pequeña Mirta dio un pequeño aplauso acompañado de un gritito agudo que no pudo contener.

—¿Lolo, no es una maravilla? —preguntó en voz alta sin esperar respuesta.

Pero Manuel ni siquiera llegó a escuchar. Todos sus sentidos se habían desactivado y sólo funcionaba uno. La especie humana venía perfeccionándolo desde hacía décadas, aunque seguía mostrándose igual de ineficaz: el radar del aparcamiento.

 

5. Sentados a la mesa

—Disculpe, creo que no le he entendido bien —apuntó Mirta arqueando las cejas—. ¿Me está diciendo que no tienen preparada ninguna alternativa al potro y al lechazo? ¿Es que hoy todo el mundo come lo mismo?

—Señorita, esta es una noche especial —insistió el encargado de sala—. Las jornadas empezaron a anunciarse hace varias semanas. Imagino que lo sabían cuando confirmaron la asistencia para la fecha de hoy.

Mirta volvió la cabeza con un latigazo del cuello. Lo primero que a Manuel le vino a la cabeza sin saber muy bien por qué, fue el poder mitológico de la gorgona Medusa, la que embruja con la mirada, atrapa y no permite escapar. Sabía que tras su rostro inexpresivo ardía el fuego de un volcán contenido, capaz de expulsar una marea de rabia de un momento a otro. Cuando casi había terminado de juntar frases en su cabeza, con las que excusarse y tratar de demostrar su inocencia, ella reaccionó de un modo completamente inesperado. Negó lentamente con la cabeza mientras levantaba las manos en señal de rendición.

Sólo unos minutos antes de que recibiera la fatal noticia gastronómica, Mirta había repetido un gesto parecido, movimiento de manos y negación con la cabeza, aunque aquella vez tenía un significado completamente distinto. Era su manera de demostrar admiración.

—¿Has visto eso? —afirmaba embelesada sin dirigirse a nadie más.

Lo que más le llamaba la atención del recibidor del Mitusú era su exquisita decoración, sencilla, minimalista y a la vez acertada. Lámparas, cuadros y ventanales por los que decía que tenía que colarse a raudales toda la luz del día. Sin decir nada Manuel observaba cada uno de sus movimientos con una sonrisa que parecía haberse congelado en su boca.

De inmediato salió a su encuentro un hombre trajeado, con medio siglo de edad y ademanes serviciales. Les dio las buenas noches, comprobó que efectivamente tenían una reserva, y comenzó un discurso de bienvenida en el que se refería a ellos por sus nombres de pila. Semejante consideración les resultó agradable. Sin perder un ápice de amabilidad el hombre les invitó a seguir sus pasos. Mientras les conducía hacia una de las cinco salas del enorme restaurante, por un pasillo forrado en madera noble que Mirta no dejó de alabar en todo momento, repasó los hitos más importantes de la escasa historia del Mitusú, explicó el significado de su nombre y dejó caer algunas pistas sobre los futuros proyectos. Una puerta decorada con innegable estilo les separaba del comedor número tres. Allí fueron recibidos por el responsable de sala, un profesional más joven que el anterior que les condujo hasta la mesa reservada. Sólo se demoró un instante para recomendarles una botella de vino, «si me permiten el atrevimiento», dijo. Después se alejó concediéndoles algunos minutos en soledad. Alrededor apenas había una docena de mesas, y a pesar del murmullo de las conversaciones que se entremezclaban con un suave hilo musical, el ambiente resultaba acogedor y tranquilo.

Una vez despojada del abrigo, Mirta reveló un precioso vestido rojo que dejaba al descubierto su hombro izquierdo. Llevaba el pelo recogido en una tensa coleta. Se había maquillado con suavidad, disimulando las imperfecciones, destacando las zonas más atractivas de su rostro. Para Manuel estaba más guapa que nunca.

—¿Sabes lo que pienso? —dijo él mientras recolocaba su enorme cuerpo en la silla—. Que ahora mismo soy absolutamente feliz.

—¿Sabes lo que pienso yo? —preguntó ella en un susurro—. Que ahora mismo soy absolutamente feliz.

La respuesta provocó en una carcajada divertida que ambos sofocaron con rubor. Mirta volvió a tomarle la mano, llevando la iniciativa como lo había hecho en el coche.

—Estoy muy orgullosa de ti, Lolo. Sé que estás haciendo un esfuerzo enorme por cuidarte. Y lo de venir aquí ha sido… ha sido una idea estupenda.

Manuel asintió en silencio dejando escapar una mueca de orgullo.

—No sé cómo te las has podido arreglar para conseguir una reserva tan pronto, pero te aseguro que nunca olvidaré esta noche.

Mirta sería incapaz de imaginar lo proféticas que iban a ser sus palabras. Nunca olvidaría aquella noche, como tampoco lo haría Manuel, que pensaba que sería buena idea ocultar la verdad acerca del asunto de la reserva. Era mejor que su novia creyera que estaba ante un tipo interesante con contactos en las altas esferas, que reconocer que había llamado al restaurante hacía casi seis meses. En resumen, quería alejarse del tipo normal y corriente que solía ser.

La conversación se prolongó con palabras acarameladas hasta que apareció un camarero, que sirvió vino en finas copas de vidrio y logró diluir el almíbar del ambiente. Antes de que pudieran brindar apuntando hacia el cielo, regresó el encargado de sala. El hombre parecía deslizarse sin hacer ruido, como una pluma arrastrada por la corriente.

—¿Por dónde prefieren comenzar? —preguntó tras explicarles las bondades de la copa de vino que no habían podido llevarse a los labios.

—A mí me gustaría probar el menú degustación vegano —apuntó Mirta—. He leído de sus bondades en la web del restaurante. Además el veganismo es una opción que estamos considerando adoptar en casa.

—Bueno amor, ya sabes que la carne tiene nutrientes imprescindibles —señaló Manuel mientras jugueteaba con un tenedor de dientes largos.

Si hubiera tenido unas gafas puestas, Mirta le habría mirado por encima de los cristales. El encargado de sala captó el gesto y acudió en su ayuda.

—El caballero tiene razón, señorita —el organismo humano necesita una cierta cantidad de proteína animal que…

—Nosotros ya no comemos carne —dijo con una sonrisa sarcástica dirigida hacia el hombre que permanecía de pie junto a la mesa—. Nos gustan los animales y preferimos verlos vivos.

—Cariño, es verdad que ahora hay técnicas que impiden el sufrimiento y…

— Lolo, cariño, en vez de defender la muerte, mejor explícale a este señor el motivo por el que no puedes comer carne.

Manuel dudó por un momento, pero se llevó un dedo al pecho. El modo en que Mirta había pronunciado la palabra cariño resultaba doloroso.

—Es por un asunto del corazón —dijo en un tono que parecía restarle importancia—. Un sustillo.

—De sustillo nada. ¿Sabe que casi se muere? —apuntó Mirta dirigiéndose al encargado—. Vio la luz, y todo.

—¿Que vio la luz? ¿Qué luz?

—La luz, el túnel, el pasillo al otro lado. Si le dejamos un poco más no vuelve con los vivos. Este es así, se fía de cualquiera. Cuéntale lo de la luz, Lolo.

El encargado de sala desvió la mirada hacia Manuel, a quien bautizó desde aquel momento como el hombre aplastado como un bicho.

—La vi, la vi.

—¿Ve cómo la vio? Se lo he dicho —afirmó ella.

—Mire caballero, si tiene un problema de corazón…

—Y de sobrepeso —apuntó Mirta—. ¿O es que no resulta evidente?

—Y de… bueno, sí… —retomó el encargado volviendo a Manuel—, sería recomendable que probara el estofado hispano-bretón con reducción de Pedro Ximénez sobre lecho de huerta local. Exquisito.

—¿Qué es estofado hispano-bretón? —preguntó con suavidad.

—Caballo Lolo, es caballo. ¿Acaso es que ahora quieres comerte un caballo?

—No es exactamente eso, señorita. Es carne jugosa de animal joven, criado en libertad, sin apenas químicos, aderezada convenientemente con…

—¿Qué otras opciones tenemos? —terció Mirta.

El encargado carraspeó llevándose el puño a la boca.

—También resulta excelente, y los clientes así nos lo reconocen, la sorpresa de lechazo horneada con madera de roble autóctono, aderezo de patatas al ajo y majada de…

—Bueno, bueno, bueno. ¡Por favor! —volvió a cortar Mirta—. La sorpresa es la que me estoy llevando yo. Pasamos del caballo al corderito. Pero esto es inconcebible. ¿Por qué no nos trae la carta de ensaladas? O mejor aún, volvamos al menú vegano.

El resto de comensales de la sala había empezado a guardar silencio alrededor, y volvía las miradas hacia la mesa en la que parecía avivarse el debate culinario.

—Señorita, hoy, y precisamente hoy, celebramos unas jornadas dedicadas en exclusiva a la carne de potro y al lechazo, y son los dos únicos platos que se sirven esta noche.

—Disculpe, creo que no le he entendido bien —apuntó Mirta arqueando las cejas—. ¿Me está diciendo que no tienen preparada ninguna alternativa al potro y al lechazo? ¿Es que hoy todo el mundo come lo mismo?

—Señorita, esta es una noche especial —insistió el encargado de sala—. Las jornadas empezaron a anunciarse hace varias semanas. Imagino que lo sabían cuando confirmaron la asistencia para la fecha de hoy.

 

6. Mensajes

—¿Sabes qué es lo peor de todo? Que tú conocías todo esto, sabías que hoy era la noche del aplauso al matarife y me has traído para que ceda y te deje comer carne. Te voy a decir una cosa: adelante. Haz lo que quieras con tu corazón y con tu vida, pero el día que te vuelva a apretar, yo no estaré ahí para verlo.

Las últimas palabras de la chica del vestido rojo le habían hecho daño. Otra vez. Lo peor de todo era que ni siquiera le había dado la oportunidad de contarle la verdad, que él no tenía ni idea de si hoy el Mitusú celebraba el día del potro salvaje o el de la quinoa, que había hecho la reserva varios meses atrás cuando las jornadas de la carne ni siquiera eran una idea y que en realidad, no le importaba la cena, sino contemplar la felicidad que desbordaba cada poro de su piel. Que era la mejor forma que conocía de agradecer su dedicación. Que sólo era una prueba de amor que no había salido del todo bien. Pero en lugar de eso Mirta se había levantado con gesto incrédulo. Humillada hasta en el último apellido había recuperado su bolso de mano, se había encaminado hacia los servicios y había logrado encontrarlos, tras abrir por error hasta tres puertas distintas. Manuel pensó seguirla, pero el encargado de la sala le detuvo con un gesto de su mano, le atenazó el grueso antebrazo y le susurró unas palabras que podría haber tomado de la obra literaria de Mario Puzo: «Tengo que pedirle que no forme un escándalo. Si lo hace verá que tiene consecuencias. Graves. Pero si se sienta y espera a que todo se calme, no pasará nada. ¿Me entiende?». La verdad era que Manuel no había entendido nada. Al menos en lo referente a la traducción de la amenaza. Pero pensó que lo mejor sería darle espacio a Mirta, dejar que arañara las paredes del baño si ese era su deseo y aguardar a su regreso para disculparse.

Mientras esperaba esquivando las miradas de reojo del resto de los comensales, notó un suave cosquilleo en el bolsillo de su pantalón. Otra vez. Y otra. Y otra. Recordó que ahí llevaba el teléfono móvil. Lo sacó. Comprobó la pantalla. Tenía varios mensajes. Conocía a la remitente. Consultó el primero.

«Imbécil».

Eso era todo. Siguiente mensaje:

«¿Cómo has podido hacerme esto?»

El siguiente parecía haber sido tecleado bajo el influjo de la ira, aunque con un poco de empeño se podía traducir:

«Ers un putdxgradzidd demierda»

En el último las palabras habían sido reemplazadas por algo más directo: el icono de un cerdo. Simple, claro, directo.

El enfado de Mirta tenía tintes épicos. Manuel pensó que, quizá, solo quizá, sería buena idea llamarla, tratar de alcanzar con ella un estado de calma zen y animarle a salir del baño con la mejor actitud posible. Mientras amasaba un plan de acción tenía que soportar el gesto firme del encargado de sala, que no dejaba de mirar por el rabillo del ojo al hombre aplastado como un bicho cada vez que pasaba cerca de su mesa. Se decidió. Buscó entre los números frecuentes de su agenda el de Mirta, y estuvo a punto de pulsar el botón verde de la llamada cuando recibió un nuevo mensaje. Esta vez no estaba tan claro. Directamente desde el baño femenino de la sala tres del restaurante  Mitusú, le llegaba el icono de otro animal. Un cordero. Manuel se quedó parado tratando de desentrañar el mensaje, y cuando lo hizo, esperó a que apareciera el siguiente bicho. Una suave vibración anunció la llegada del icono del caballo. «Lo suponía. Tiene un finísimo sentido del humor», pensó. Pero el que llegó después quebró todos sus esquemas: «¿Qué te parece si jugamos a algo? El juego de vestirte con su piel».

 

7. Un juego

Manuel sentía que se encontraba ante uno de esos momentos cruciales de la vida de las personas, en los que una mala decisión determinaría el rumbo del destino para siempre. Notaba la frente perlada de sudor y una incómoda sensación nerviosa en las piernas. Trataba de tragar saliva, pero la saliva no quería pasar.

Frente a él se disponían tres platos repletos de comida. Un poco más allá, en el otro lado de la mesa, la silla en la que una vez hubo una mujer feliz vestida de rojo volvía a estar ocupada. Mirta le observaba con el gesto firme de una figura de cera. Sus ojos le atravesaban en todo momento y de no ser porque de vez en cuando se le escapaba un parpadeo, Manuel habría pensado que el tiempo a su alrededor se había detenido. Alargó la mano derecha y cogió un tenedor. Mirta arqueó una ceja. Otro signo de vida. Pero no hizo nada más. Simplemente, esperó.

Él también había esperado un buen rato hasta que Mirta salió del baño. Cuando lo hizo no tenía buen aspecto. Los ojos hinchados delataban que había estado llorando y el impecable peinado, recogido en una cola tirante a la altura de la nuca, se había desordenado en suaves mechones que le caían por las sienes. En lugar de acercarse a la mesa se quedó allí parada, como si aguardara una invitación o algún gesto amable. Pero el gesto lo hizo ella. Levantó la mano llamando la atención del responsable de sala, que sin dudar un instante acudió a su encuentro. Manuel observaba desde la distancia sin la menor idea de la conversación, aunque no hacía falta ser muy perspicaz para adivinar que algunos de los temas calientes eran el disgusto, la confusión y el engaño. ¡Pero él no había engañado a nadie! ¡Tenía que explicárselo! Lo haría en cuanto llegara. Si es que se decidía a regresar a la mesa.

Lo hizo al cabo de un momento, caminando con paso firme a la misma altura que el encargado de sala. Manuel se puso en pie pero un gesto disimulado del hombre hizo que volviera a su asiento.

—Caballero —comenzó a decir el encargado. Mirta permanecía a su lado con el bolso colgándole a la altura de los muslos. Se mordía el labio inferior y volvía la cabeza hacia otro lado—. Su compañera me ha informado del… malentendido de esta noche. Me ha explicado, de forma más calmada, la situación en la que usted se encuentra y el grado de implicación que ella pone a diario en su cuidado. Es una buena noticia, especialmente para usted, porque tiene aquí mismo a una persona preocupada por su vida, y eso denota un profundo amor.

Manuel quiso responder, pero el encargado continuó con su tono calmado.

—Ella me ha pedido ayuda —dijo extendiendo una mano hacia Mirta, como si no quedara claro quién era la protagonista de la escena—. Ayuda para desenredar esta situación. Ayuda para perdonarle, si entiende por dónde vamos.

«El juego —pensó Manuel—. Con aquello de los animales y lo de vestirme con su piel».

—Y yo, he decidido aceptar. A cambio claro, de que ambos se vayan de aquí pagando el precio de los dos cubiertos de la reserva, de que no organicen otra escena que perjudique el buen nombre de esta casa y me aseguren que no volverán a aparecer jamás por la puerta del Mitusú.

El hombre sonreía. Mirta, a su lado, no. La invitó a tomar asiento de nuevo. Ella aceptó. Con un leve gesto de la cabeza el encargado de sala anunció que regresaría enseguida. Los labios de la mujer dibujaron la palabra «gracias», pero no emitió sonido alguno. En realidad permaneció callada durante varios minutos más, ajena a cualquier intento de Manuel por atraer su atención. Él usó las palabras cariño y amor tantas veces como le fue posible, trató de esclarecer el asunto de la reserva y terminó implorando el perdón de una persona de la que dependía más de lo que se imaginaba. Pero Mirta no dijo nada. Ni siquiera cuando un camarero empezó a traer los platos, que iba presentando al dejarlos sobre la mesa:

—Estofado hispano-bretón con reducción de Pedro Ximénez sobre lecho de huerta local.

A ese ya lo conocía.

—Sorpresa de lechazo horneada con madera de roble autóctono, aderezo de patatas al ajo y majada de hierbabuena.

También a ese. El olor a paraíso le inundó la nariz. Su estómago protestó con un rugido.

Llegó el tercero. Lo sirvió el encargado de sala sin hacer una mueca.

—Este es un pedido especial. No tiene nombre, al menos por el momento.

Entre el potro y el lechazo apareció un plato lleno de hojas y tallos verdes que a Manuel le recordó de inmediato al césped de jardín. Al menos tenía su mismo aspecto. A su lado había dispuesta con muy poca gracia una zanahoria cruda, cuatro gajos de lo que parecía una manzana, un puñado de maíz y otras cosas de tono pardusco que no supo identificar. Miró al jefe de sala sin comprender. Miró a Mirta. Miró los platos.

—Ella quiere que le diga que debe comer uno solo de los tres, que su perdón depende de que acierte. Creo que lo tiene bastante fácil, ¿no cree? Yo simplemente debo añadir, a modo informativo, que el lechazo es una carne tierna y jugosa, muy sabrosa. Que el potro destaca por su bajo contenido en grasa, y que el tercer plato es parte de lo que damos a comer a los animales estabulados.

Manuel se descubrió con la boca abierta, tratando de entender cómo había llegado a semejante situación.

—Déjenme que añada, y esta vez es un mensaje dirigido a los dos, que sólo hemos cedido a tan absurda petición bajo las condiciones antes descritas. El menú ya ha sido abonado y eso les garantiza disfrutar de la comida en una de nuestras mesas, pero les rogaría que se fueran de aquí sin armar escándalo dentro de no más de diez minutos.

El encargado de sala desapareció con una leve inclinación. Manuel buscó en Mirta un ápice de complicidad, o acaso una señal que aclarase que todo aquello era una broma, una simple lección.

—El juego está claro —dijo ella—. Elige, ahora mismo ser carnívoro o vegetariano. Elige seguir juntos o quedarte solo.

—Pero Mirta, esto es ridículo. Todo ha sido un malentendido, ya te lo he explicado, ni siquiera sabía nada de esto. Nuestra relación no puede depender de lo que yo coma.

—No pienso ir a tu funeral. Si quieres seguir conmigo, tienes… —miró la pantalla de su móvil— exactamente ocho minutos.

El sudor resbalaba por la frente de Manuel. También por las sienes. Por la espalda. Por cualquier lugar. El olor de la carne se le estaba metiendo hondo, hasta lo más profundo del cerebro. Alargó la mano derecha y cogió un tenedor. Mirta arqueó una ceja.

 

8. El final

La vuelta a casa fue el momento más tranquilo de la noche, sobre todo tras la parada de urgencia en el arcén para que las tripas de Manuel devolvieran a la tierra parte de lo que había salido de ella. Despojada de la emoción del camino de ida y una vez calmada la ira y la rabieta que estallaron en el Mitusú, Mirta llegó a quedarse dormida. Su cuerpo, agotado, sólo se había removido momentáneamente en el asiento cuando Lolo se arrimó al arcén y huyó varios metros tierra adentro. Ella lo miró.

Allí, bajo el frio de la noche y el manto de las estrellas, el hombre permaneció unos segundos arrodillado, apretándose las tripas con los brazos, que le dolían como si hubiera tragado una ensalada de alfileres. A lo lejos murmuraba el motor del coche y dentro de él descansaba el amor de su vida. Pese a todo, estaba satisfecho. Había salido victorioso evitando una severa crisis de pareja. Después de todo, él era un hombre enamorado, ¿y quién no estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por amor?

A su lado escuchó un leve rugido de hojas secas. Por un instante se asustó, temiendo que se tratara de un depredador del bosque, una serpiente nocturna o peor aún, una de esas arañas del ramaje. Permaneció inmóvil entre las sombras aguantando la respiración, hasta que un fogonazo de luz como caído del firmamento iluminó la escena. Manuuel dio un respingo y volvió a respirar cuando comprobó que Mirta había encendido las luces largas del coche tratando de llamar su atención. Gritaba algo parecido a su nombre. Era el momento de regresar.

Entre la hojarasca, el ratoncillo de campo permaneció inmóvil observando al hombre que se alejaba del lugar. Algo indescifrable en su pequeño cerebro de roedor, procedente del instinto o de alguno de los muchos sentidos propios de su especie, le había animado a aproximarse a él. Nunca le había pasado algo así. Reconocía un olor familiar en el humano, un vínculo. Pero no le había dado tiempo. Demasiada cautela, demasiada prudencia, demasiado miedo. Una luz había estallado como si fuera mediodía y el hombre se había ido, alejando también el rugido mecánico de aquel lugar. Todo quedó tranquilo, en silencio, dominado por los sonidos propios de la noche. Azuzado por un impulso nervioso que animó sus músculos, el ratoncillo también se alejó. Necesitaba regresar a la seguridad de su refugio. Después de todo, no era más que un animal demasiado pequeño.

 

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