Historia & Arte, Sociedad — 22/09/2017

Repostería textil, el arte de pintar con aguja

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Como la de muchos oficios tradicionales que malviven en la actualidad, esta historia comienza en la Edad Media, cuando las casas nobles encargaban la confección de paños decorados con su escudo de armas para recubrir las postas de sus caballos. De camino a la guerra, protegían sus bienes y se distinguían del resto usando estas piezas artesanas. De ahí que, en sus orígenes, respondieran al nombre de tapices de mula. Con el tiempo, pasaron a convertirse en elementos más ornamentales, colocándose primero en las caballerizas y, más tarde, al comprobar su capacidad para proteger y entibiar las estancias, cubriendo las paredes de sus propias viviendas. Denotaban pertenencia a un linaje nobiliario, con lo que también era habitual que engalanaran palcos, sobrepuertas o balcones. Se llaman reposteros y dan nombre no sólo a la pieza en sí, sino también al propio oficio del que se dedica a elaborarlos.

Este es el caso de Rosa Luz Nogal Villanueva (León, 1963) quien, tras formar parte de la primera promoción de estudiantes de Artes Plásticas en León, se especializó en el estudio y confección de textiles. «No sé de dónde me viene esta vena artística, que digo yo… [risas], porque en mi familia nadie se había dedicado a nada relacionado con la artesanía. Puede que el primer impulso lo recibiera durante mi paso por el colegio. La profesora de dibujo de las Teresianas vio algo en mí y siempre me tuvo muy en consideración».

Desde hace veinte años comparte este amor por «la costura y las fibras» con sus alumnas del Taller Municipal de Artes Plásticas de León, uno de los pocos espacios que quedan en España dedicados en exclusiva a la elaboración y puesta en valor de esta técnica textil. Sus trabajos han participado en numerosas exposiciones y muestras, tanto locales como nacionales. La última de ellas, por ejemplo, les ha llevado hace unos meses a trasladar y exponer sus piezas más representativas al Festival Internacional de Patchwork 2017 en Sitges.

Pese a todo, reconoce que las obras textiles lo tienen más difícil para entrar en el circuito del arte. «La pintura y la escultura son consideradas como Artes Mayores, así que siempre se les da más importancia que al resto». ¿Existe un conflicto entre el arte y la artesanía?, preguntamos. Rosa Luz contesta sin dudarlo: «Para mí es exactamente lo mismo. La artesanía es arte, lo tengo clarísimo, aunque también soy consciente de que desde fuera no se valora de la misma manera. Por ejemplo, mucha gente dice que ‘va a manualidades’. No son manualidades, es artesanía. Confeccionamos arte. Es una labor pedagógica que hay que ir haciendo poco a poco».

La repostería es una de las artes textiles más desconocidas para el gran público, un hecho que Rosa Luz vincula, en primer lugar, con la problemática de su terminología. «El término se ha ido devaluando con el tiempo. Al hablar de repostería lo primero que le viene a la gente a la cabeza es una tarta. Lo mismo ha pasado con la restauración, que se piensa inmediatamente en los cocineros. Creo que debería primar su acepción artística». Por otro lado, entiende que el desconocimiento de la técnica también responde a una visión equivocada de la misma: «Se puede pensar que es muy laboriosa, y no es así. Lleva tiempo, claro que sí, pero es un tiempo en el que además te puedes evadir de tus problemas cotidianos», afirma haciendo referencia a los aspectos terapéuticos del tejido manual. «Psicológicamente es una actividad estupenda. Tengo alumnas que son psicólogas y lo recomiendan a muchos de sus pacientes».

Los tapices, de los que la repostería se diferencia por su técnica de confección, resultan más reconocibles para la mayoría, aunque, como afirma Rosa Luz, «gran parte de las piezas que lucen en los despachos y salones institucionales a día de hoy siguen siendo escudos y pendones fabricados con la técnica del repostero». En León conservamos en San Isidoro el Pendón de Baeza, el Pendón que preside el despacho del alcalde de la ciudad, el repostero con armas de un obispo en el Museo de la Catedral de Astorga o los que embellecen los salones del Conde Luna.

Sin embargo, más allá de su empleo como enseña de pertenencia y vinculación con un emplazamiento y su historia, el arte de la repostería también ha evolucionado hacia tendencias radicalmente nuevas y dispares. De hecho, a partir del siglo XVI los reposteros dejaron de trabajar prácticamente en exclusiva la temática heráldica para comenzar a incluir motivos y composiciones más variadas. «No solo reproducimos o trabajamos con temas clásicos. Me gusta empezar por ahí porque es nuestro origen, pero también confeccionamos piezas textiles más coloristas y modernas. Hemos llegado hasta el naif, con reposteros basados en artistas como Picasso».

 

El proceso de producción de un repostero comienza, precisamente, con la selección del tema a plasmar. Una vez elegido, se amplía para obtener lo que denominan técnicamente cartón, una suerte de plantilla que orientará todo el proceso. Es entonces el momento de seleccionar las telas e hilaturas a emplear, de hacer el patronaje y despiezar el cartón en función de sus necesidades, de teñir las telas y fibras utilizadas y de, con paciencia y maña, ir superponiendo y entretelando las distintas piezas mediante la técnica de cosido de cordón. Una vez montado, el siguiente paso es la elección de su fondo, el enmarcado y el anclaje de la obra.

En este último punto Rosa Luz también aclara que aunque tradicionalmente los reposteros siempre han sido de colgatura (diseñados para suspenderse o engancharse en un asta, poste o similar), también elaboran caminos de mesa, pies de cama e, incluso, añadidos o aplicaciones para la ropa. «En la moda actual hay muchas prendas rematadas con aplicaciones que, al final emplean la misma técnica que nosotros».

El tejido y los materiales seleccionados son claves en la obtención de un resultado óptimo. Acompañando a las herramientas básicas de costura y tejido (aguja, tijeras y dedal) el dibujo en tela se hace a base de materiales tan ricos y nobles como la seda o los tisúes, que se combinan con otras más sencillas y naturales como el algodón.

 

¿Cuáles son las claves de su conservación? Las mismas que para cualquier otra obra de arte: no exponerlas al sol directo y evitar la humedad y los cambios de temperatura. «Antes era más problemático porque se empleaba una masa especial para lograr dar rigidez al tejido que atraía a los insectos y descomponía con el tiempo a los más delicados, como la seda. Ahora lo hemos sustituido por la entretela y evitamos todo ese tipo de problemas». El cambio y la innovación facilitan el trabajo sin perjudicar la esencia tradicional; también el ingenio tecnológico, que aparece como respuesta a un problema en absoluto baladí: el síndrome del túnel carpiano. «Necesitamos hacer muchos metros de cordón al día. Normalmente lo hacíamos a mano, retorciendo poco a poco cada uno de los hilos, hasta que inevitablemente con el tiempo se empiezan a notar las molestias. La solución vino de la mano de la hija de una alumna, que nos construyó una pequeña máquina de madera con un motor y un interruptor que va dando vueltas al hilo de manera automática. Eso nos hace la labor mucho más fácil».

 

Un rápido vistazo alrededor confirma la creencia popular de que el del textil es un sector predominantemente femenino. Dice Rosa luz que en veinte años de profesión, ningún hombre ha sido alumno suyo. «Incluso alguno ha llegado a venir el primer día y, al verse entre tantas mujeres, le ha dado corte y no ha vuelto. Hoy en día la aguja está desprestigiada en el mundo del hombre, por lo menos en el ámbito de lo cotidiano. La verdad es que no lo entiendo, porque históricamente no ha sido así. Los primeros bordadores eran hombres, fue en su entorno donde surgió el tema». Tal vez ahora, cuando se hace necesario un cambio generacional que asegure la pervivencia de un oficio con siglos de tradición, sea un buen momento para que la dinámica social dé otra vuelta de tuerca, y el varón tome la aguja sin complejos, para plasmar un sentimiento creativo que sólo se dibuja con paciencia y golpe de puntada.

Suena el timbre que anuncia el cambio de hora en el Taller Municipal de las Artes Plásticas de León. Buen momento para despedirnos de un oficio centenario, mientras dejamos por escrito nuestra apuesta por el cambio y la renovación. Bien sabemos —porque lo somos—, que el leonés presume orgulloso de su historia. Es turno, por tanto, de cuidarla. Que sean nuestras acciones las que nos hagan dignos herederos del paso del tiempo.

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