Entrevistas, Literatura — 15/09/2017

José María Merino: «Cuando era joven lo que quería era publicar. Ahora quiero tener tiempo e imaginación para escribir»

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José María Merino Sánchez (La Coruña, 1941) dice de sí mismo que escribe porque no tiene remedio. Y, bien pensado, si lo inevitable ha de suceder, qué mejor que estar dispuesto para ello cuanto antes. Tal vez por eso, de niño devoró la biblioteca familiar con la misma vehemencia con la que hoy se refiere a sus maestros en el arte de la narración. Licenciado en Derecho, Merino ocupa una silla en la Real Academia Española desde 2008. En su casa, rodeado de algunos de esos mismos libros que le vieron crecer, este gallego de León nos cuenta un cuento, el de su vida.

José María Merino Leotopía

Tu padre, Bonifacio Merino, es una evocación habitual en cada una de tus entrevistas, e incluso tuvo cabida en tu toma de posesión de la silla m en la Real Academia de la Lengua Española. ¿Qué hay de tu madre, de su importancia en tu configuración como escritor?

Ambos han sido relevantes, por supuesto. Lo que sucede es que cuando me he referido a mi padre lo he hecho en relación a su vinculación con los libros, que era casi casi supersticiosa. A mi padre le recuerdo como ejemplo de la literatura formal y a mi madre de la oral o la popular. Era —como todo el mundo sabe— gallega, y tanto ella como mi abuela me contaban muchos cuentos durante mi infancia. Algunos, todavía lo recuerdo, hasta me hacían llorar. Había algunos terribles, historias de pérdidas, de abandonos, de muertes…

Es en tu núcleo familiar donde adquieres el hábito y el amor por la lectura, y lo haces en un momento en el que, cuentas, ni siquiera en la escuela estaba bien visto leer.

Conocíamos la literatura por lo que nos contaban sobre ella, pero era muy raro leer. En esa época se decía «novelas, no verlas».

No verlas… so pena de perder nada más y nada menos que nueve tesoros… 

Efectivamente (ríe). Me hablas de un folleto firmado por un padre jesuita que todavía tengo por algún lugar de casa y que circulaba por aquella época en el colegio. Se titulaba exactamente Nueve tesoros que se pierden con la lectura de novelas y hacía referencia al tiempo, el dinero, la laboriosidad, la pureza, la rectitud de conciencia, el corazón, el sentido común, la paz y la piedad. En esta última se hacía especial hincapié. La piedad, decía, «naufragaba por completo» con la lectura de novelas.

Cuando defiendo la literatura no lo hago por razones de interés profesional, sino porque a mí es lo que más me ha enseñado sobre el mundo

Y hoy en día la que naufraga es la Literatura Universal como asignatura. A partir de este curso deja de ser optativa en 2º de Bachillerato y desaparece, por tanto, de la selectividad.

Me parece una barbarie y una cuestión incomprensible, porque cuando defiendo la literatura no lo hago por razones de interés profesional, sino porque a mí es lo que más me ha enseñado sobre el mundo. Es la que me ha dado una base fundamental para entender la realidad, una serie de conocimientos que no es posible que encontremos en ningún otro sitio. Cómo somos, cómo nos comportamos, cómo actuamos, cómo podemos ser desleales, cómo podemos ser heroicos, cómo nos enamoramos… Si no hubiese literatura cada generación tendría que saber lo que es enamorarse, lo que es tener celos… Es, sin duda, el aparato más complejo que hemos inventado los seres humanos para entender la realidad, mucho antes que filosofía o la ciencia.

¿Compartes ese «miedo» generalizado a que los niños se acerquen antes de tiempo a según qué obras?

Yo de adolescente leía hasta cosas perniciosas, —como por ejemplo a Voltaire—, y me vino muy bien (ríe). No hay que tener miedo a que los niños lean lo que les dé la gana, aunque en ese momento no lo entiendan todo. A mí de niño El Quijote me daba mucha pena, no me parecía una novela. No me cuadraba eso de un héroe al que le cortaban la oreja, le rompían los dientes, lo apaleaban continuamente… ¿Cómo iba a ser eso un héroe? Y en cambio cuando cumplí los diecisiete o dieciocho descubrí que es un libro maravilloso, pero muy melancólico, que es una obra sobre los sueños, sobre el soñar…

Para ir acercándoles a estas grandes cuestiones hay clásicos como El mundo de Sofía (Jostein Gaarder, 1991) o Los narradores Cautivos (1999), que precisamente escribiste en colaboración con Antonio Martínez Menchén y Jesús Felipe Martínez, pero ¿qué me dices de las adaptaciones infantiles?

En una ocasión me encargaron una versión de El Quijote para niños y dije que ni hablar. No hay por qué reducirles El Quijote a la aventura de los molinos. ¡Pero qué estupidez! No estoy de acuerdo con convertir una de las grandes obras de la literatura universal en una historieta para niños cogiendo los elementos más superficiales y más jocosos. Prefiero que no lo conozcan.

Lo que sí se puede hacer es explicarles cómo está presente en otras muchas novelas como Huckleberry Finn (Mark Twain, 1884), Kim de la India (Rudyard Kipling, 1901) o La vuelta al mundo en ochenta días (Julio Verne, 1872). Y, por supuesto, se debe ir leyendo y comentando con ellos algún capítulo divertido, alguna conversación entre Sancho y Don Quijote… Por eso yo también defiendo que el profesorado debería tener cursos de arte dramático, para aprender a manejar la voz, aprender a expresarse y aprender a leer muy bien.

José María Merino Leotopía

Al final, ¿recae únicamente sobre ellos la labor de transmisión del aprecio y el amor por los libros y la lectura?

Tengo clarísimo que una de nuestras asignaturas pendientes es la toma de conciencia por parte de las familias con respecto a este tema. Si la reforma educativa finlandesa ha sido un éxito mundial ha sido, en parte, por la implicación de las familias. En España, en cambio, todo va al sistema educativo. Cuando era pequeño, yo no sólo tenía a mi disposición la biblioteca de libros de mi padre. Tenía mi propia colección, como la Colección Juvenil Cadete, por ejemplo. Pero ahora todo se soluciona poniendo al niño delante de la televisión. Se piensa que el sistema educativo tiene que resolver todos los problemas, que tiene que enseñarlo todo. Lo que me asombra es lo pacífico que es el profesorado, porque era para decir «a mí a los niños me los trae educados y, por lo menos, con una introducción a la ficción». Qué menos que sepan lo que es un cuento, una ficción. Lo que se les enseña ahora es el MasterChef. Es terrible. Tendría que estar prohibido. ¿Pero qué es eso de los niños con el MasterChef?

Por lo menos a lo mejor así leen, aunque sean recetas de cocina…

Ah bueno, bueno… (ríe), aunque habría que ver qué recetas, porque si están enviadas por WhatsApp, a lo mejor están en un español ininteligible…

¡También es cierto! De todas formas, la ley educativa finlandesa de la que hablas también contempla cuestiones controvertidas, como el hecho de que, desde 2016, la escritura de caligrafía simplificada sea optativa.

Es verdad que, aunque soy muy partidario de su reforma, creo que en algunas cuestiones se pasan. Escribir a mano es un arte y además a los niños les encanta. Mi nieta, que está a punto de cumplir dos años, me llena la casa de garabatos cada vez que viene. Es temible… (ríe). El juego gráfico les gusta y eso es maravilloso. Si lo fiamos todo a las nuevas tecnologías corremos el riesgo de dejar de descubrir algunas cosas y de dejar de entender otras. La escritura es una forma de dibujo y también una manera de hacer trabajar a las neuronas, de potenciar la habilidad manual… yo no veo por qué eso tiene que desaparecer.

Les encanta a los niños y a los no tan niños. Tú mismo has acompañado a algunos de tus textos con dibujos propios. Las ilustraciones de la trilogía para niños El cuaderno de hojas blancas (1996), el Regreso (1997) y el Adiós (2001) son tuyas, y también las mandalas que encabezan cada capítulo de El río del Edén (2012).

Sí, me gusta mucho el apoyo gráfico de la literatura. Cuando a la imprenta se le unieron los grabados el resultado fue maravilloso. En No soy un libro (1993), precisamente, juego con el cambio tipográfico, con la idea de que desde el punto de vista de la letra impresa y de la letra clásica tradicional, se pueden hacer cosas muy modernas.

Me asombra lo pacífico que es el profesorado, porque era para decir «a mí a los niños me los trae educados y, por lo menos, con una introducción a la ficción»

¿Te soñaste en la infancia como escritor?

No, la verdad es que no. Sí que me gustaba escribir, incluso tengo cuentos inéditos que escribí de muy chaval, pero no pensaba que iba a ser escritor. Fue cuando comencé mis estudios en la universidad cuando me lo planteé.

Y sin embargo es en esa etapa primera cuando comienzan a fijarse, de manera consciente o inconsciente, muchos de tus futuros estilemas, de los temas centrales de tu obra. Por ejemplo, eras un niño cuando cayó en tus manos Niebla (1914), de Unamuno. Su Augusto Pérez es en cierta medida tu profesor Souto, quien por cierto, regresa a las librerías con Aventuras e invenciones del profesor Souto (2017).

El tema del doble tal vez no esté tanto en Unamuno, pero sí el juego de realidad y ficción. La cuestión de dónde termina la realidad y dónde comienza la ficción. Yo creo mucho en la ficción, en cómo nos ha penetrado en muchísimas cosas. El amor cortés y el romanticismo, por ejemplo, son invenciones literarias que nos ha cambiado las conductas, nos ha hecho enfrentarnos de otro modo a la realidad.

El caso del doble, del segundo personaje, del otro yo, es un tema que me ha interesado siempre, pero tal vez más a partir de Poe o del cuento La Sombra de Andersen.

 

Esta idea también queda reflejada en La Trama Oculta (2015), una obra que reúne prácticamente todas tus obsesiones literarias. También evidencia una cierta evolución a lo largo del tiempo, una tendencia más fantástica en los cuentos iniciales que se tornan más realistas hacia el final.

Ya lo calificaba en el prólogo como de «arca de Noé» de mis cuentos. Es donde efectivamente he hecho un ejercicio de recapitulación, donde he metido —o al menos lo he intentado— todos los modelos de cuentos con los que yo he trabajado. Y también es verdad que comencé más en el terreno de lo fantástico y he ido derivando a un plano más realista, pero en cualquier caso es un realismo muy peculiar, porque la tentación de lo fantástico… esa no la puedo remediar (sonríe).

Aunque José María Merino se da a conocer como poeta, y con unos versos que buscaban ajustar cuentas, vengarse de la realidad…

Empiezo escribiendo poesía y lo hago ajustando cuentas con la realidad, pero no como venganza, sino como recapitulación racionalista o recapitulación ordenadora. Volvía a vivir episodios de mi infancia y juventud, pero lo hacía de manera diferente a como lo creía haber vivido. La literatura, en cierto modo, siempre es un  ajuste de cuentas con la realidad, porque la realidad no necesita ser verosímil, simplemente se produce.

No hay ninguna racionalidad en la historia de la humanidad. En cambio la literatura, la ficción, incluso la ficción fantástica, intenta ajustarle las cuentas a la realidad, ponerla en su sitio, decir cómo es. Precisamente la literatura realista más interesante no es la que reproduce exactamente la realidad, sino la que entra en territorios que a lo mejor la realidad no deja ver, la que ve las cosas que no son visibles.

La literatura ha de ser verosímil, como lo ha de ser también el cine. De ahí la famosa frase del profesor de análisis textual del film Jesús González Requena: «¡Qué maravillosamente (me) engaña el cine clásico!».

Efectivamente. Cuando a veces la gente me cuenta su historia y me dice que daría para una novela, les tengo que decir que no, que plasmada en una novela no se la creería nadie. ¡Les han pasado demasiados infortunios! (ríe). Tienes que conseguir que la gente se crea que ese señor que duerme por el día en un ataúd por la noche viene y te chupa la sangre. Si no consigues que el lector suspenda la incredulidad, sencillamente, has fracasado.

José María Merino Leotopía

Javier Alfaya, en el prólogo de esta primera obra tuya —Sitio de Tarifa (1972)—, decía: «Detrás de cada verso hay un sistema de referencias, que va desde el tebeo hasta Jacques Prévert, pasando por algún viejo poeta leonés, por Quevedo, por el mejor Leopoldo Panero, por César Vallejo». ¿Vuelcas de manera conscientemente todo ese imaginario referencial?

No, en absoluto. Los homenajes siempre son inconscientes, a no ser que directamente te propongas intentar reproducir el estilo, por ejemplo, de Neruda. Las influencias están dentro de ti, es algo que llevas contigo, y en ocasiones sale, pero de manera natural.  Bastante difícil es escribir y bastante tiempo y esfuerzo tienes que dedicarle ya como para encima tener que estar preocupado por ese tipo de cosas…

Después de este poemario cuentas de manera divertida que es la poesía la que te dejó a ti y no viceversa, pero tu primera novela, Andrés Choz (1976), no puede ser más poética. ¡Qué comienzo!: «La última luz se escurría por la arboleda acuchillando a las sombras largas, palpitaba el frescor del anochecer entre alientos postreros de canícula, las urracas alborotaban el matorral…».

Es que a mí la poesía me enseñó mucho. Es la mejor escuela, porque te obliga a decir mucho con  muy poco, a conseguir una dimensión muy sólida utilizando muy pocos elementos. La poesía siempre está ahí, aunque te haya abandonado, siempre queda su memoria.

¿Qué importancia le otorgas tú, como lector y como escritor, a la primera frase de una novela? Hemos hablado con autores que reconocen que si el primer párrafo no les convence, pasan a otra cosa.

Lo tengo en cuenta, pero creo que soy algo más generoso, porque hay libros que merecen la pena, pero que puedes abandonar si no avanzas hasta el final del primer capítulo. Pero claro que es importante el arranque. Yo por ejemplo, cada vez que han reeditado Andrés Choz, he vuelto a trabajar el primer capítulo, porque me parecía que no estaba todo lo terminado que debería.

Aquí entra en juego la cuestión del cuándo parar. Horacio, en su Arte Poética, aconsejaba voltear muchas veces el calamum y el stilum hasta pulir convenientemente los textos [1] ese labor limae. Escribir implica una continua labor de corrección pero, ¿cuál es el límite?

Hay que ser prudentes y, muy importante, tener a alguien de confianza que te lo lea. En mi caso, por ejemplo, es mi mujer [María del Carmen Norverto]. Ella es mi lectora. A veces me dice: «José María, esto no me gusta nada». Y yo le contesto: «Estás completamente equivocada» (ríe). Tener a alguien que te lea el trabajo —incluso que lo haga en voz alta, como decía Flaubert— es fundamental. Es verdad que hay que intentar corregir todo lo que se pueda, hacer el texto lo más expresivo y ajustado posible, pero en algún momento hay que cortar, porque si no entras en una patología…

Cuenta Stephen King en Mientras Escribo (2000) que fue su mujer, Tabitha Spruce, la que recuperó el primer borrador de la novela Carrie (1974) de la papelera y le animó a continuar la historia…

No, ese no es mi caso, creo que nunca me ha recogido nada de la papelera.

En cualquier caso, Carmen ejerce de primer «editor», de filtro inicial de tus obras. Es un recurso que tal vez el que se autoedita ni siquiera tenga.

Nos encontramos en una especie de anarquía peculiar, que también afecta al mundo de la comunicación cibernética. Ahora cualquiera puede opinar. No hay un criterio, no hay un canon. ¿Esta pérdida de canon es buena o mala? Creo que no es beneficiosa. No soy ordenancista, creo que tiene que haber una libertad, pero también tiene que existir un canon que marque qué vale y qué no vale. La autoedición me parece muy respetable, pero tener un buen editor o un buen corrector de pruebas… eso no tiene precio. Perder figuras del aparato profesional de la edición me parece peligroso.

Volvamos a tu primera novela. Desde la publicación de Andrés Choz reivindicas el género de la ciencia ficción.

Yo defiendo que la ciencia ficción es una de las grandes utopías del siglo XX, pero que ha muerto. Ahora tal vez está en el cine, en el cómic, pero en la literatura… Todos los grandes autores de referencia —Philip K. Dick, Philip José Farmer, Arthur C. Clarke— son del siglo pasado.

Cuando acabó el siglo XX salió un libro extraño que hablaba de las novelas españolas de ciencia ficción [se refiere a Las cien mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX, VV.AA, 2001] y metieron a Andrés Choz. Sabía que tenía esas dos posibles lecturas, la de novela canónica y la de novela de ciencia ficción, pero nunca pensé que iba a figurar en un listado así.

La ciencia ficción es importante precisamente porque nos permite reflexionar sobre nuestra relación con la conciencia, la física, el medio ambiente, el mundo que nos rodea…

¿No crees que la ciencia ficción es a la literatura lo que el jazz a la música, un fenómeno del siglo XX que ayudó a remover y a revitalizar el sector?

Sí, tuvo la gracia de ser un género popular que cuando yo tenía veinte años ocupaba zonas importantes en buenas librerías. No eran novelas de quiosco. Ojalá muchos best seller de ahora tuviesen la categoría de Mallorquí o de Fidel Prado…

La ciencia ficción hizo algo muy importante, que con posterioridad ha heredado el cine. Creó la distopía, el futuro terrible. Tuvo mucha inteligencia para verlo. La novela de Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth Mercaderes del espacio (1953), por ejemplo, describe a la perfección el mundo en que vivimos hoy en día. Fue un género que de pronto trajo la especulación futurista y tecnológica a la vida y costumbre cotidiana.

Lo heredó primero el cine, y ahora también las series de televisión. No sé si conoces Black Mirror. Uno de sus últimos capítulos [2] tiene como «protagonistas» a unas abejas robots. Tú también planteaste esta realidad en uno de los relatos de Las puertas de lo posible: cuentos de pasado mañana (2008).

Sí, hablo de la necesidad de crearlas porque alguien tiene que encargarse de la polinización. La gente no se lo toma en serio, pero es un asunto importante. La ciencia ficción es importante precisamente porque nos permite reflexionar sobre nuestra relación con la conciencia, la física, el medio ambiente, el mundo que nos rodea… Incluso ha dado juego para libros canónicos como Un mundo feliz (Aldous Huxley, 1932).

No conozco Black Mirror, pero me la anoto. La verdad es que no soy muy de series, porque exigen una continuidad, pero tengo amigos como Luis Mateo que sí me hablan mucho de ellas.

Y al que sólo le falta una serie es a Sabino Ordás… Este personaje que os inventáis, además de una amplia pinacoteca, tiene a su nombre congresos, prólogos de libros e incluso una tesis doctoral. Tiene más vida y producción que muchos escritores «de verdad»…

Todo comenzó a raíz de nuestra amistad con Dámaso Santos. Se había criado en Villamañán y era quien llevaba el Suplemento Cultural del diario Pueblo. Nos invitó a colaborar a Aparicio, a Luis Mateo y a mí y se nos ocurrió esta idea. Cada uno escribimos un capítulo y la verdad es que a día de hoy hay partes que ya no sé si son mías, de Luis o de Juan Pedro.

Gracias a Sabino conocimos, por ejemplo, a Ricardo Gullón, porque se interesó por él. La cosa cobró tal magnitud que tuvimos que cursar, medio en secreto, que Sabino no existía… El personaje era tan convincente que la gente —no voy a citar a intelectuales importantes de León que iban a ir a Ardón para saludar a don Sabino Ordás—, se lo creía. A uno de los congresos nos llevamos a Andrés disfrazado, el que posa en las fotos como Sabino, y la gente se lo creyó…

José María Merino Leotopía

Es el que sale fotografiado, por ejemplo, en Los Caminos del Esla (1995), ¿no?

Claro. Fue increíble. ¿Quieres creer que le habíamos puesto una camisona grande, le habíamos marcado las arrugas con lápiz de ojos y le habíamos echado polvos de talco para emblanquecerle más el pelo, y todavía hubo gente que se lo creyó? «Hombre don Sabino, ¿qué tal está usted?», le decían. Fue entonces cuando me di cuenta de lo fácil que es engañar a la gente.

¿Volverá algún día don Sabino?

Hombre tiene ya 114 años, lo veo difícil, pero…

De todas formas, no es el único «experimento» del que has nutrido a tu obra. Con tu segunda novela, por ejemplo, apuestas por jugar con la simultaneidad.

Con El caldero de  oro (1981) intenté algo dificilísimo, que es la simultaneidad de tiempos. No tenía prejuicios, era inocente respecto al lector, y contaba de antemano con que iba a haber pocos que la entendiesen. Era un recurso que pertenecía a mi tradición de lector de, por ejemplo, William Faulkner, que para mí fue muy importante. El juego de Mientras agonizo (1930) me parece interesantísimo. Cuando logras que realmente tiempos diferentes funcionen y el lector lo siga, es todo un éxito.

Borges (quien nunca escribió una novela) se preguntaba ¿para qué escribir una novela si se puede contar lo mismo en pocas páginas?

Tenía razón hasta cierto punto. Creo que el futuro está más en el cuento que en la novela, pero por el proceso de deterioro que está viviendo esta última. La novela está pasando a ser sólo de tipo best seller, novela de aeropuerto, porque los editores están desesperados por conseguir títulos que vendan mucho. Sin embargo el cuento tiene un mundo reducido, pero fiel.  Cada vez la gente lee menos y sin embargo, en los concursos en los que he estado donde hay cuentos, éstos suelen tener un estupendo nivel. Queda esa especie de catacumba. ¡Menos mal!

Hay historias, como por ejemplo El Quijote, que hay que contarlas como lo contó Cervantes, en dos partes. Pero es verdad que antes había escrito El casamiento engañoso y lo hace en treinta páginas, cuando podían haber sido quinientas. Al final depende del tema. De hecho todas las Novelas Ejemplares podían dar mucho más juego, pero las redujo a cuentos, no quiso extenderse más.

No sé si hay cosas de Borges que darían para una novela o que realmente cumplen su función quedándose en cuento. En cualquier caso no creo que sea más o menos categoría. Es un problema de expresividad. ¿Cómo lo expresas mejor, con muchas o con pocas páginas? Yo no me puedo imaginar Fortunata y Jacinta (Benito Pérez Galdós, 1887) ni Guerra y Paz (León Tolstói, 1869) en un cuento.

Olvidar un libro es como olvidar un amor que te deja de repente. Pasa un tiempo hasta que deja de dar vueltas en tu cabeza

Sobre esta «psicosis» de las editoriales, Cristina Campos nos contaba que ella se negaba a abandonar a su «criatura» a los seis meses de haberla publicado, para ponerse enseguida con la siguiente.

Lo cierto es que siempre he escrito lo que me ha dado la gana, al ritmo que me ha dado la gana. Yo ya soy mayor… Me lo paso tan bien escribiendo que ya me da igual si se publica o no, cuándo… Pero entiendo que esto se puede decir cuando uno tiene setenta y seis añitos. Me da igual porque sé que no me va a deparar ninguna satisfacción parecida a la que me ha deparado escribirlo. Cuando era joven lo que quería era publicar. Ahora lo que quiero es escribir. Poder tener tiempo e imaginación para escribir.

Pero entiendo lo que comenta Cristina. Una vez escrito el libro, tienes que olvidarlo, y no es fácil. Olvidar un libro es como olvidar un amor que te deja de repente. Pasa un tiempo hasta que deja de dar vueltas en tu cabeza. Por eso yo intento cambiar de género, pasar de la novela al cuento…Hay que poner en práctica una terapia de olvido.

¿Y del sueño? El del insomnio parece un tema recurrente entre los escritores. Está tu Tres semanas de mal dormir (2006), la Oceonagrafía del tedio de Eugenio d‘Ors (1921), el Elogio del insomnio de Alberto Ruy Sánchez (2011)…

Cuando me pidieron este nocturnario sufría un período malísimo de insomnio. El editor me pidió en un principio que hiciera referencia a mi experiencia durante un año, pero le dije que si lo alargaba tanto ¡me moría! Así que al final se quedó en un trabajo de tres semanas. Ahora ya no tengo ese mal dormir, pero he perdido los sueños…

José María Merino Leotopía

¿Qué me dices de los gatos? Beppo era el nombre del de Borges, Teodoro W. Adorno del de Julio Cortázar, ¿cómo se llama el de José María Merino?

¡No tengo sólo uno! En la casita que tenemos en Valdemorillo estamos rodeados de gatos. Está Tim Burton (que no se deja tocar mucho y es muy fea, pero una delicia), la Grisina, Cece, Lisi (en honor a la amada de Quevedo)… Me parecen unos seres fascinantes. Comprendo perfectamente que los egipcios les consideraran divinidades.

Freud aprendió español para poder leer a Cervantes. ¿Has hecho algo parecido?

Él lo aprendió para poder leer, entre otras cosas, las Novelas Ejemplares y a mí me hubiera gustado hacer lo propio con las obras de los autores rusos que tanto me fascinaron, pero me desanimé.

¿Qué lee nuevo alguien que lo bueno ya leyó?

Ahora mismo estoy metido con El Quijote otra vez. Lo que hago es releer, volver a leer otra vez a autores que he amado. Y también leo a gente joven. Por ejemplo, el libro que este año ha tenido un éxito tremendo y que hundió a todos los que salimos con él: Patria. Es una excelente novela, y ¿sabes por qué? Porque ha conseguido la simultaneidad de tiempos. Es un ejemplo perfecto de lo que hablábamos antes. Aramburu ha sabido manejar los tiempos de manera formidable. De todas formas, Fernando era estupendo desde su primera novela. Cuando sacó Fuegos con limón (1996) yo escribía en Revista de Libros y mi crítica iba precisamente por ahí. ¿Cómo es posible que la gente no se haya enterado de que existe esta novela?

Además también leo muchísimo cuento para la página que tengo en la Revista Leer. Sobre todo leo cuento español joven, y la verdad es que, como comentábamos antes, el nivel es estupendo.

¿Y en digital? ¿Lees algo?

No, no leo en digital. Sólo lo hago cuando estoy corrigiendo, antes de pasarlo a papel. Pero incluso para eso también es mejor el papel. En el ordenador se me pasan muchas cosas por alto. Es sobre el papel donde de verdad me doy cuenta de lo que estoy escribiendo. Lo que además me ha pasado con el ordenador es que, con los años, he ido perdiendo textos que tenía sólo guardados ahí y que, al actualizarse o borrarse algunas aplicaciones, se han perdido.

De todas maneras no tengo nada en contra de la lectura digital, todo lo contrario. Me parece estupendo que la gente se pueda llevar en un pequeño adminículo un montón de libros. Lo importante es que se lea.

José María Merino Leotopía

¿Y en audiolibro?

Me parece precioso, sobre todo si es al estilo americano. En España los graban con voces diferentes para cada personaje. Allí hay un único locutor para todo el libro. Es una única voz, muy buena, que te genera la sensación de estar leyéndolo tú mismo.

Precisamente en Estados Unidos el audiolibro tiene una gran acogida. ¿A qué crees que se debe que en España no acabe de cuajar?

Porque en España tampoco ha cuajado la lectura… (ríe). Porque no somos un país lector. Aquí el grupo lector de calidad siempre ha sido pequeño. Pero es que encima ahora la literatura popular ha bajado mucho de calidad. El Código Da Vinci (Dan Brown, 2003), por ejemplo, está muy por debajo de la literatura de quiosco de cuando yo era adolescente. Me pareció una porquería. Hace cuarenta años o cincuenta años lo que se llamaba literatura popular estaba firmado por autores tan válidos como Stephen King o Somerset Maugham. Ahora está plagada de obviedades, no hay una mínima finura estilística…

Musa Décima (2016), El lugar sin culpa (2006) o mejor aún, Las visiones de Lucrecia (1996) por la que ganaste el Premio Miguel Delibes de Narrativa— son obras en las que la mujer es la protagonista del relato. ¿Alguien te preguntó entonces si escribías literatura femenina?

No, nunca me lo han preguntado. Creo que es un cliché. Yo no creo en el sexo en la literatura. Si Jane Austen se hubiese llamado Frederick Austen, seguiríamos diciendo qué finura, cómo entran los personajes. Una gran novela no tiene sexo. La literatura cuando es buena…

¿Conoces el término tsundoku?

No.

Es un vocablo japonés que hace referencia a la manía que nos impulsa a acumular libros, aun a sabiendas de saber que no vamos a llegar a leerlos nunca. Yo no voy a disimular. Me declaro culpable. 

Sí, sí, yo también padezco de ello… (ríe).

¿Tendremos que adaptar el término al castellano?

Lo que pasa es que en España tampoco se amontonan muchos libros, la gente más bien se los quita de encima. El libro de segunda mano nunca ha estado tan barato como ahora. Salvo que sea un ejemplar raro, están tirados de precio. Por eso no creo que lleguemos a tener que adaptarla, nadie va a acumular libros, más que algún loco peligroso…

José María Merino Leotopía

¿Todos los escritores tienen mitificadas sus ciudades de nacimiento?

Creo que los provincianos y los grandes capitalinos más que el resto. Por ejemplo los madrileños en el siglo XIX sí mitificaban un poco Madrid, pero ahora no. Los de León sí que tenemos una relación peculiar con León, es sorprendente.

¿Puede que sea porque habéis vivido fuera?

Puede ser pero, no sé qué decirte porque hay otra gente que sigue escribiendo cosas de León y vive aquí. Pienso en Cristina Peñalosa que tiene un escenario que es muy leonés, o pienso en Luis Artigue, que también tiene mucha referencia… o sea que, sólo hasta cierto punto.

Un viejo proverbio declara que los pueblos felices no tienen historia. ¿Es esa la penitencia de los leoneses?

No, nuestra penitencia  es que tenemos demasiada historia y la hemos olvidado totalmente. Me da mucha pena pensar en el momento ridículo que estamos viviendo de enaltecimiento de nuevas nacionalidades e independentismos. El Viejo Reino ha muerto y ha muerto además, en cierto modo, por nuestra culpa. Somos responsables de haberle dejado morir.

 

Y encima es una pena que nos hayan dado la puntilla en la democracia.

Tú de todas formas llevas años reivindicando el cuidado y protección de nuestros bienes culturales. En un artículo de 1978 firmado junto con Juan Pedro Aparicio en La Hora Leonesa, por ejemplo, alertabais sobre la desprotección y el abandono en que se encontraban nuestros hórreos.

Sí, y gracias a ese artículo salió una norma de protección de los hórreos, y no se derribó el de Lario, que ahora tiene hasta una placa. En algunos pueblos nos decían que eso era una cosa asturiana, pero en fin, los leoneses hemos sido muy peculiares. En las manifestaciones en pro de la autonomía leonesa, por ejemplo, íbamos muy pocos. No había una sensibilidad.

Hablando de sensibilidad. ¿Qué me dices de estas palabras que escribiste en el verano de1981en la revista de la Casa de León en Madrid? «Parece que está naciendo una nueva curiosidad o sensibilidad turística, en la que se mezclan las referencias mágicas, las gastronómicas y las etnográficas (…) Esta moda puede ser muy positiva para potenciar ese gran recurso leonés inexplotado que es al parecer el turístico».

Pues qué te voy a decir, que creo que era  y es evidente. Menos mal que alguien inventó el Camino de Santiago y nos pilló a nosotros por el medio… Insisto en que me sorprende mucho la falta de sensibilidad. Y desde luego que el Viejo Reino haya desaparecido, metido en esa comunidad que se ocupa de otras cosas y donde además hay una voracidad centralista increíble, y que aquí no tengamos nada que decir…

Fernando Sánchez Dragó dice que al intelectual le compete la misión de catalizar, de incordiar, de actuar como detonante ¿Qué es para ti un intelectual?

No sé lo que es ser un intelectual. A lo mejor Sánchez Dragó lo sabe y él es un intelectual. Yo soy un escritor que ya soy muy mayor y que ha tenido la suerte de escribir los libros que ha querido, y que he tenido la suerte de que me los hayan publicado, pero no sé exactamente qué es un intelectual.

Te voy a proponer, para terminar, un ejercicio que pone a prueba uno de esos elementos clave de los que hablas en tus cursos sobre el proceso de escritura: la economía en la expresión. Como se recogía en una de las actividades que incluye tu Intramuros (1998), ¿cómo explicarías tu obra a alguien que no haya leído nada de José María Merino?

Me costaría mucho explicárselo… Mire yo he escrito cuentos, novelas, poemas… he escrito de todo. Y yo no sé si algo de ello merece la pena que usted lo lea.

José María Merino Leotopía

[1] «Saepe stilum vertas, iterum quae digna legi sint / scripturus, neque te ut miretur turba labores, / contentus paucis lectoribus. An tua demens / vilibus in ludis dictari carmina malis? / non ego: nam satis est equitem mihi plaudere (…)». Sátiras, Epístolas, Arte poética. Horacio. Introducción, traducción y notas de José Luis Moralejo, Editorial. Gredos. Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 2008.
[2] Black Mirror: Hated in the Nation. Charlie Brooker, 2016. Temporada 3, episodio 6.

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